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Un millón de moscas también se equivocan

«Si tenemos que elegir entre estar muertos y ser compadecidos, o estar vivos con una mala imagen, preferimos estar vivos y tener la mala imagen.»
— Golda Meir

I. El castillo que se defiende solo por partes

En la Inglaterra normanda levantaban una clase de fortaleza barata y astuta. Sobre un montículo de tierra, la mota, plantaban una torre estrecha, incomoda, sin nada de valor adentro salvo la posibilidad de resistir. Al pie, en el llano, se extendia el patio amurallado: los establos, el grano, los talleres, la vida entera. El patio era lo que importaba y lo que peor se defendia. La torre no valia nada y era inexpugnable. Cuando llegaba el enemigo, la gente soltaba el patio y se encerraba arriba; cuando el enemigo se cansaba y se iba, bajaban de nuevo a vivir donde siempre habían querido vivir.

En 2005 el filósofo Nicholas Shackel le robó la imagen a los castillos para nombrar una trampa de argumentación que hasta entonces no tenía apodo. La llamó la falacia de la mota y el patio, motte and bailey, y describe un movimiento que una vez que uno lo ve ya no puede dejar de verlo. Consiste en sostener en público una posición jugosa y difícil de defender (el patio, donde uno de verdad quiere estar) y, apenas alguien la ataca, replegarse a una posición modesta e inatacable (la torre) como si esa hubiera sido siempre la única cosa que se estaba diciendo. Pasado el asedio, se vuelve a bajar al patio. El truco no está en ninguna de las dos posiciones por separado, que pueden ser las dos legítimas de puertas adentro. Está en usar la solidez de la torre para blindar lo que se hace en el patio, y en negar que uno baja.

No conozco terreno donde esta fortaleza se haya construido con más prolijidad que el del antisionismo contemporáneo. Y la torre, en este caso, es una sola frase.

II. La torre: una frase que no se puede refutar

La frase es esta: criticar al gobierno de Israel no es ser antisemita. Y hay que empezar concedíendola entera, sin un pero escondido en la manga, porque es verdad y porque es el corazón honesto de todo el asunto.

Es verdad. Criticar al gobierno de Israel no solo no es antisemitismo: muchas veces es lo contrario, es tratar a Israel como a cualquier otro país, que es exactamente lo que un antisemita jamás hace. Se puede detestar a Netanyahu. Se puede considerar que la Ley del Estado-Nación de 2018 es una ley iliberal que degradó a la minoría árabe a ciudadanos de segunda categoría simbólica. Se puede pensar que los asentamientos en Cisjordania son un despojo, que la ocupación corrompió a la sociedad israelí, que tal operación militar fue desproporcionada. Todo eso es crítica política de una democracia, y quien la hace no le debe una disculpa a nadie. El sionismo es un nacionalismo, y ningún nacionalismo está exento de crítica por decreto.

Esa es la torre. Es alta, es sólida, no tiene una sola grieta. El problema nunca fue la torre. El problema es lo que se hace cuando el visitante se va y se puede bajar al patio.

III. El patio: donde de verdad se vive

En el patio no se pide que Israel cambie de gobierno. Se pide que Israel no sea. La consigna que corea la marcha, del río al mar, no describe una frontera a negociar: describe un territorio del que un Estado, el israelí, tiene que desaparecer para que el mapa quede limpio. El vocabulario del patio no habla de políticas sino de esencias: Israel es una entidad, no un país, y una entidad no se reforma, se disuelve.

Y acá viene el movimiento, la coreografía completa de la mota y el patio. Uno señala el patio: observa que lo que se está pidiendo es que un país desaparezca, y pregunta qué ocurre mientras tanto con los judíos que viven en él. Y en el acto, sin transición, el interlocutor sube a la torre y contesta que él únicamente critica a un gobierno. La acusación se disuelve en la frase inatacable. Y cuando la conversación termina, se baja otra vez al patio, a la consigna, al desmantelamiento.

Arriba se argumenta, abajo se vive.

Hay una manera sencilla de saber cuándo alguien está en la torre y cuándo bajó al patio, y es una prueba de lógica antes que de política. La crítica a un gobierno presupone el derecho de ese gobierno a existir. El que critica una política reconoce, sin decirlo, al sujeto que la aplica. El que niega al sujeto ya no está criticando: está pidiendo otra cosa.

IV. La partida de nacimiento

Si hay en el siglo veinte una nación con la partida de nacimiento más documentada, más multilateral y más votada, es precisamente Israel. En 1922 la Sociedad de las Naciones aprobó el Mandato para Palestina. En noviembre de 1947 la Asamblea General de la ONU votó la Resolución 181, el plan de partición, por treinta y tres votos contra trece. Los judíos aceptaron la partición; los Estados árabes la rechazaron y le declararon la guerra al día siguiente de la independencia, en mayo de 1948. Y en mayo de 1949 Israel fue admitido como Estado miembro de las Naciones Unidas. Cuatro documentos, cuatro sellos.

Pakistán nació el mismo año, 1947, del mismo modo, con una violencia infinitamente mayor. Nadie corea que Pakistán es una entidad ilegítima que debe desmantelarse. De todas las naciones nacidas en aquella oleada de descolonización, hay exactamente una a la que se le somete la existencia misma a juicio permanente. Una. Y da la casualidad de que es la judía.

V. La vara que mide a uno solo

Natan Sharansky propuso la prueba de las tres D: demonización, doble rasero y deslegitimación. No es antisemita criticar a Israel. Es antisemita aplicarle a Israel, y solo a Israel, una vara que consiste en negarle el derecho a existir que a ninguna otra nación del planeta se le discute.

En 2023 la Asamblea General de la ONU votó catorce resoluciones de condena contra Israel y siete contra todo el resto del planeta junto. En el Consejo de Derechos Humanos, desde 2006, nueve de treinta y tres sesiones especiales fueron sobre Israel; diez de treinta y cinco comisiones de investigación apuntaron solo a Israel; y el Ítem 7 de su agenda es el único punto permanente del mundo consagrado a un solo país. Mientras tanto, en Sudán se libra desde 2023 una guerra que vació ciudades enteras y repitió en Darfur matanzas étnicas — la llaman, con exactitud amarga, la guerra olvidada.

VI. ¿Y entonces qué debió hacer Israel?

En varias ciudades de Occidente las plazas se llenaron de marchas contra Israel el 8 de octubre de 2023, un día después de la masacre, cuando todavía se contaban los cuerpos y ni un solo soldado israelí había entrado a Gaza. La ofensiva terrestre no comenzó hasta el 27 de octubre. La condena a la respuesta israelí fue anterior a la respuesta.

Se le concede al crítico todo lo que pide: que la respuesta fue desproporcionada, brutal. Y entonces se le pregunta, sin trampa: ¿qué debía hacer Israel el 8 de octubre? La pregunta casi nunca encuentra respuesta, porque cualquier respuesta honesta desarma el discurso.

VII. El juzgado de la historia, en horario central

Todo esto aterriza en el living de cualquier casa un martes a la noche. En el programa Esta Boca Es Mía, la panelista Soledad González sostuvo que la historia va a registrar a los partidos uruguayos cómplices de un genocidio que, según ella, ya está probado. El marco no discute, condena de antemano.

VIII. Lo que la frase significa y lo que la frase hace

«Criticar al gobierno de Israel no es antisemitismo» es, como oración, impecable. Pero si uno sale a mirar qué hacen esos argumentos en la calle, tiene más probabilidad de desembocar en «del río al mar» que en una objeción concreta a una política concreta. La crítica puntual es la excepción estadística. La negación de la existencia es la norma.

La desinformación más resistente de todas no es la que engaña al que escucha. Es la que ya engañó al que la dice.

IX. No pienses en el elefante

¿Criticar a Israel es antisemitismo? es una pregunta tramposa: es el elefante de Lakoff. Contestar que no, sin querer, valida la torre entera. Hay que negarse a entrar por esa puerta. La pregunta única que importa es otra: lo que se dice, ¿le reclama a este país que cambie o le reclama que no exista?

X. La fortaleza de la mala fe

La mota y el patio no es un error de razonamiento: es una técnica. Alberto Brandolini le puso nombre a esa economía perversa en 2013: refutar una falsedad cuesta un orden de magnitud más de energía que producirla.

La próxima vez que alguien le jure que solo critica a un gobierno, no discuta la frase, que es verdadera. Pregúntele, con toda calma, dónde vive.


Serie «Antisemitismo al descubierto», pieza 3 de 7. Fuentes principales: Shackel (2005) sobre motte-and-bailey; Sociedad de las Naciones (1922), Resolución 181 de la ONU (1947) y admisión de Israel (1949); Sharansky (2004), 3D Test of Anti-Semitism; UN Watch (2024) sobre resoluciones de la AGNU; Lakoff (2004), Don’t Think of an Elephant!; Brandolini (2013). Nota de proceso completa disponible a pedido.

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