Ya a principios del siglo XX, Carlos Vaz Ferreira advertía del peligro de los enfoques simplificadores para la resolución de problemas que, por su complejidad, no admitían ser reducidos a esquemas sencillos, como los sociales o psicológicos. Su crítica se dirigía a quienes “pensaban por sistemas” en oposición a quienes lo hacían “por ideas relevantes”. Hay una interpretación de la ciencia y la tecnología, el reduccionismo, que procede de esa manera. Es decir pretende deducir todos los comportamientos del mundo a partir de sus formas básicas, esto es los átomos y sus componentes. Según éste, conociendo el valor de todas las variables del Universo, en un momento dado, y las ecuaciones que rigen el comportamiento de las mismas, todo lo que ocurra a cualquier escala puede ser predicho (visión optimista que tiene su origen en Laplace). Por el contrario, hay una versión apócrifa de la teoría del caos que repite de manera incoherente el absurdo asunto de la mariposa en Sydney y el huracán en Miami (ejemplo rechazado por su propio creador, Edward Lorenz, como inverificable). Ésta postula que determinadas situaciones no solamente son impredecibles, sino que tampoco son explicables a posteriori porque existen causas cuyos efectos las exceden, tanto como un tornado puede sobrepasar en violencia a las perturbaciones locales del aire producidas por una mariposa. Así se utiliza a la ciencia, siempre desde fuera de ella, tanto para un barrido como para un fregado, atribuyéndole el poder de explicarlo todo, mediante supuestas ecuaciones o fundamentando la verdad de que en ciertas ocasiones es imposible prever nada. Para empeorar todo la ciencia tiene mucho más poder para demostrar falsedad (basta encontrar un ejemplo que niegue lo que se afirma), que verdad. Esto se ve claramente en los debates a favor y en contra de la prohibición de fumar en espacios públicos, en los que los opositores resaltan que la “teoría del fumador pasivo” es solamente una eso, una teoría y por lo tanto no está demostrada, poniendo así los argumentos que la utilizan en entredicho y cargando sobre los prohibicionistas el peso de la prueba. El problema ocurre porque la mayoría de las personas tiende a creer cualquier argumento que venga sucedido de la coda “y esto ha sido demostrado científicamente” aceptando su verdad de la misma manera en que un espectador de teatro acepta el pacto ficcional y suspende el juicio propio sin hacerse las preguntas obvias: ¿Dónde? ¿Por quién? ¿De qué manera? Por retomar la analogía teatral, para que la ciencia tenga un verdadero poder explicatorio en cuestiones cotidianas, es imprescindible que se produzca un distanciamiento brechtiano que rompa ese asentimiento acrítico y tácito que muchas veces hace que aceptemos como verdaderas tesis absolutamente contradictorias (o piénsese sino en materia de economía, como en Argentina los mismos peronistas que adoraban a Menem y su práctica neoliberal, adoraron también a Kirschner y su manejo fuertemente intervencionista). Por lo anterior, vemos que la tendencia denunciada por Vaz Ferreira se vuelve epidemia entre quienes pretenden fundamentar supuestas verdades desde la ciencia pero sin tomarse la molestia de aprender algo sobre ella. Y piénsese en lo terrible que resulta que a un nivel retórico puedan hacerlo porque, al simplificar, se puede probar casi cualquier cosa. La solución es extremadamente sencilla: abandonar la comodidad de aceptar las verdades que nos ofrecen sin cuestionarlas y pensar de manera crítica. Podría aducirse sin embargo que acabo de caer en el pecado de simplificación que estoy denunciando y es verdad, ahora, yo tenía apenas 4000 caracteres para escribir la columna, Ud., ¿qué excusa tiene?
Bernardo Borkenztain