“… Mírenme si si ya llegué acá estoy Mírenme la espera terminó Mírenme sé que soy el mejor Mírenme quiéranme tóquenme soy yo soy yo…”
Roberto Musso
René Girard lo identificó con precisión: las sociedades humanas canalizan la violencia colectiva hacia una víctima única cuyo sacrificio restaura la paz social. El antropólogo francés demostró que este mecanismo trasciende culturas y épocas. Lo que no previó fue su perfecta adaptación al entorno digital.
En el ritual del Yom Kippur, descrito en Levítico 16, encontramos el origen exacto del término “chivo expiatorio”. El sumo sacerdote Aarón debía tomar dos machos cabríos: uno se sacrificaba a Yahvé, el otro recibía todos los pecados del pueblo y era enviado al desierto para Azazel.
Este segundo chivo no era culpable de los crímenes que cargaba, pero su expulsión purificaba simbólicamente a la comunidad. Hoy, ese mismo mecanismo opera en redes sociales bajo una forma secular: los ciberfariseos construyen chivos expiatorios digitales para purificar su ortodoxia y mantener el control del debate público.
Lo que pasó con las declaraciones de Yamandú Orsi en la ONU lo ilustra en toda su enorme y patológica magnificencia. El presidente condenó duramente las acciones israelíes en Gaza: las llamó “desproporcionadas e inhumanas”, exigió que cesaran inmediatamente las hostilidades, pidió protección para los civiles palestinos. Cualquier observador honesto reconocería que esa condena no puede ser más dura. Sin embargo, sectores del Frente Amplio expresaron – y siguen expresando – su “decepción” profunda.
El motivo es simple: Orsi no usó exactamente la palabra “genocidio”. Nueve letras de moda que pesan más que el sufrimiento que se supone que denotan. Hoy es más importante gritar “genocidio” en todos los foros que hacer algo sustantivo para aliviar el sufrimiento de los palestinos. Y digo de los palestinos, porque vamos a ver que – tanto para la ONU como para estos sectores críticos de Orsi, resulta obvio que el sufrimiento del resto de la humanidad es irrelevante (el de los palestinos también, pero no nos adelantemos).
Esta obsesión con las palabras y no con los hechos no es casual. Es la demostración perfecta de un fenómeno que denomino ciberfariseísmo. Los fariseos eran una secta judía de la época del segundo templo, y se ganaron la enemistad de los evangelistas porque su interpretación de la ley era demasiado literal, y priorizaban la literalidad de la ley por encima del espíritu de la misma, actitud que, según los evangelistas, Jesús repudiaba.
Eran como “influencers” avant la lettre que vivían para mostrar su piedad y no para que su piedad los salvara. Sin historias de Instagram ni peleas en X/Twitter, desfiguraban sus rostros para exhibir sufrimiento performativo; sin hashtags, montaban espectáculos morales en las plazas: “cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas; porque ellos desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que están ayunando” (Mateo 6:16-18).
Estos ciberfariseos de hoy, utilizan su hipermoralismo para alimentar un sistema de control social que funciona con códigos de pureza ideológica. Al ciberfariseo no le importa si las políticas funcionan; le importa que suenen bien, que repitan las palabras correctas, que alimenten lo que se conoce como el nutriente narcisista: esa gratificación psicológica de sentirse moralmente superior y que obtiene de la dopamina de las respuestas en redes sociales.
Esa es la trampa: necesita que sus gritos resuenen en las redes sociales. Por eso de todas las tragedias del mundo solo le duele Palestina y dentro de esa entelequia Gaza. Esta selectividad se evidencia dramáticamente: mientras Gaza genera miles de artículos, los 200 cristianos asesinados en Nigeria el 16 de junio apenas merecen una mención. Ni siquiera el Papa los menciona. No cotiza en “likes”, no alimenta al narcisista.
No solamente obtiene placer de ser percibido como moralmente sensible, lo obtiene de ser el que se para en el pedestal de la moral superior y señala al culpable de todos los males. Y Netanyahu es el enemigo que todos amamos odiar. Reconozcamos que al mundo no le cuesta nada odiar a los judíos, y en este caso lo que pasa en Gaza realmente es un tema de elegir si es masacre o genocidio, así que no nos olvidemos de que Hamas en los túneles sí tiene comida de sobra (ellos mismos hicieron un video para mostrarlo el día 666 del conflicto) mientras los civiles y los rehenes sufren la tragedia.
Como sus antecesores, los ciberfariseos contemporáneos han desarrollado un sistema sofisticado donde el poder no reside en controlar acciones sino en controlar interpretaciones. No necesitan que Orsi modifique sus políticas; necesitan que use su lenguaje. El control de la narrativa es más importante que el control de los hechos.
La crítica de Jesús a los fariseos es devastadoramente aplicable: “Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas” (Mateo 23:4). Los sectores que exigen pureza lingüística a Orsi no han desarrollado ninguna política alternativa más efectiva para aliviar el sufrimiento palestino; simplemente demandan conformidad simbólica. Solo quieren que los admiren por su perfección moral.
La Magia de las Palabras Sagradas
¿Por qué exactamente “genocidio” y no “masacre” o “crímenes de lesa humanidad”? No es cuestión de precisión legal o política. Es pura magia verbal. “Genocidio” opera como palabra sagrada que confiere poderes especiales a quien la pronuncia. Para el ego narcisista, esos poderes resultan irresistibles. No es metafórica, sino literalmente un tipo de adicción: a la validación ajena.
Primero: es el mantra que lo convierte a uno instantáneamente en paladín de la justicia absoluta. Es estar del lado de las víctimas del peor crimen imaginable. Segundo: transforma a Israel de actor político discutible en encarnación del mal puro. Nada de matices, nada de contexto. Tercero: es un pase VIP al club de los moralmente puros. Si uno no dice “genocidio”, no puede entrar, “fidelio” quedó desactualizada y no hay suspicacia que valga.
Cuarto: permite obtener la catarsis emocional que todo narcisista de bien exige. Toda esa impotencia política acumulada, a falta de una Santa Inquisición, se puede exorcizar con toda legitimidad con una remera que tenga impresa una tajada de sandía. Con permiso de Dios y la Corona (británica y española nada menos). Y quinto: por si fuera poco, lo libera a uno de la molesta responsabilidad de pensar críticamente. ¿Para qué un análisis complejo cuando una palabra mágica lo resuelve todo?
El Nutriente Narcisista en Acción
Ahí está la clave del nutriente narcisista. Estos sectores no necesitan que Orsi haga más por Palestina. Necesitan que diga la palabra mágica para poder citarlo, para validar su pureza moral, para sentirse parte de una cruzada dirigida desde Torre Ejecutiva. Es puro combustible psicológico.
Orsi los dejó con hambre. Sin esa palabra específica, no podían usar la autoridad presidencial para validar su pureza moral, no podían citarlo en sus redes sociales como evidencia de estar del lado correcto de la historia. El presidente los privó de la gratificación que buscaban.
De ahí la “decepción”. La efectividad real de la diplomacia uruguaya para aliviar el sufrimiento palestino no era el punto . Lo que necesitaban era poder usar las palabras del presidente como munición para su propia construcción identitaria. Buscaban validación simbólica, no soluciones prácticas. Solo por eso se explica que pongan a exaltados como Boric o Petro, que tienen el país en serias crisis de gobierno, por delante de Orsi, que lo lleva bastante bien, solo porque no les dio el gusto. Esta reacción revela más sobre las necesidades psicológicas de los críticos que sobre la efectividad política de Orsi.
Gaza vs. Sudán: El Laboratorio de la Hipocresía
Los datos revelan la selectividad fundamental de este ciberfariseísmo en el contraste entre la obsesión con la terminología sobre Gaza y el silencio sepulcral sobre Sudán. La comparación es pertinente porque las situaciones son parecidas ya que en ambos casos hay desplazamientos masivos con destrucción de infraestructuras, asesinatos, pero con una población mucho mayor en Sudán.
Mientras los ciberfariseos exigen que se use “genocidio” para describir las aproximadamente 62,000 víctimas de Gaza en todo el conflicto (según datos del Ministerio de Salud palestino), ignoran sistemáticamente el conflicto sudanés que ha producido más de 61,000 muertes solo en el estado de Khartoum entre abril 2023 y junio 2024, según investigación de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, con más de 28,700 fatalidades documentadas por ACLED a nivel nacional hasta noviembre 2024.
Esta selectividad no responde a la gravedad objetiva de las crisis sino a su utilidad para el señalamiento virtuoso. Gaza permite criticar a Israel (enemigo occidental aceptable) y descargar antisemitismo sublimado bajo barniz humanista. Sudán involucra africanos matando a otros africanos, lo que no proporciona superioridad moral sobre otros occidentales ni permite la gratificación de atacar al “imperialismo” (algo que gratifica especialmente a la izquierda progresista identitaria).
La diferencia numérica es devastadora: un estudio de la London School of Economics documenta que aproximadamente 32,000 artículos de medios internacionales referencian el conflicto en Gaza versus apenas 3,400 para Sudán —una proporción de casi 10 a 1 pese a niveles comparables de sufrimiento humano. Esto produce 0.922 artículos por muerte en Gaza versus 0.230 artículos por muerte en Sudán. Esta desproporción revela que el ciberfariseísmo instrumentaliza selectivamente el sufrimiento ajeno según su conveniencia narcisista.
Si la Batalla es en el Barro, Ganan los Cerdos
La controversia sobre la palabra “genocidio” ilustra perfectamente una dinámica que trasciende el caso específico: el establecimiento de reglas de enfrentamiento que predeterminan los términos del debate antes de que este comience. Como reza el dicho popular: “Discutir con un idiota es como jugar ajedrez con una paloma: no importa lo bueno que seas, la paloma derribará las piezas, defecará en el tablero y se pavoneará como si hubiera ganado”.
Los sectores que exigen pureza lingüística a Orsi no buscan debate genuino sino subordinación simbólica. Han establecido un marco donde solo existe una palabra aceptable para describir Gaza, convirtiendo cualquier alternativa —por devastadora que sea— en evidencia de tibieza o complicidad. Esta operación trasciende el análisis político para convertirse en chantaje moral: o usas nuestros términos exactos o revelas tu barbarie civilizacional.
Orsi ha demostrado que es posible rechazar estas reglas impuestas sin ceder un ápice en la sustancia. Su resistencia no es capricho temperamental sino principio sistemático de preservación de la autonomía intelectual presidencial.
El Futuro del Liderazgo Democrático
La resistencia de Orsi al ciberfariseísmo representa algo más que una decisión táctica sobre terminología específica. Prefigura un modelo de liderazgo democrático que puede mantener criterio independiente frente a las presiones uniformizadoras de la era digital.
Este modelo no implica indiferencia ante las demandas sociales legítimas, sino capacidad de distinguir entre demandas sustantivas y demandas performativas. Orsi ha demostrado sensibilidad ante el sufrimiento palestino mediante acciones concretas, pero se ha negado a alimentar el narcisismo moral de sectores que necesitan exhibición pública de pureza ideológica.
La paradoja es reveladora: quienes critican a Orsi por “tibieza” están, en realidad, exigiendo subordinación a sus propias necesidades psicológicas. La verdadera tibieza habría sido ceder a estas demandas para evitar incomodidad política. La fortaleza consiste precisamente en mantener criterio independiente cuando es políticamente costoso.
Al rechazar las reglas de enfrentamiento impuestas, Orsi ha preservado algo esencial: el derecho presidencial a la abstención ideológica, la libertad de no participar en sistemas de significado que no comparte, la capacidad de mantener reservas intelectuales que no pueden ser colonizadas por demandas externas de pureza moral.
Conclusión: Las Nueve Letras de la Discordia
Orsi no es tibio. Su posición revela fortaleza política excepcional que opera simultáneamente en dos niveles: firmeza diplomática ante la guerra y resistencia intelectual ante el postureo moral. En el plano internacional fue demoledor con Israel. Calificar acciones como “desproporcionadas e inhumanas” no constituye halago diplomático. Quien caracterice esto como “tibieza” revela más sobre su hambre narcisista que sobre la efectividad presidencial.
La verdadera fortaleza se manifiesta en su negativa a subordinar el criterio presidencial a demandas de pureza ideológica. Orsi demostró que pueden mantenerse posiciones críticas sin pagar peajes lingüísticos. Recordando aquella memorable frase de Chevy Chase en Saturday Night Live cuando parodiaba a Gerald Ford: “buenas noches, mi nombre es Yamandú Orsi, yo soy el presidente y ustedes no”.
Esta resistencia establece precedente crucial: la Presidencia no será rehén del señalamiento virtuoso, incluso cuando provenga de sectores aliados. Es mensaje claro para el PITCNT y otros que, en ausencia de Mujica, podrían verse tentados de “pulsear” la autoridad presidencial. En esta prueba, Orsi demostró fortaleza que sus críticos confunden con debilidad. La historia juzgará no por nueve letras específicas, sino por haber preservado la dignidad institucional frente a la subordinación simbólica.
Bernardo Borkenztain