“…Uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer un tipo que un día fue feliz. Y me han dicho que dicen, que dijo que se tropezó en la calle con un sueño y se entretuvo, y desde entonces no estuvo para nada ni para nadie. Y a salvo de su conciencia estrenó nuevas sensaciones y asombrado, comprobó que le iban bien…”
Joan Manuel Serrat
En su obra “Lógica Viva”, Vaz Ferreira plantea una distinción fundamental entre “pensar por sistemas” y “pensar por ideas a tener en cuenta”. Según el autor, la primera forma de pensamiento consiste en aplicar de manera mecánica un sistema general a todos los casos que se presentan, mientras que la segunda implica considerar reflexivamente cada caso en particular y tener en cuenta diversas observaciones y reflexiones para alcanzar respuestas o soluciones adecuadas.
A pesar de que “pensar por sistemas” puede ofrecer seguridad y tranquilidad, Vaz Ferreira advierte que también puede llevar a la unilateralidad y al error. Por otro lado, “pensar por ideas a tener en cuenta” puede resultar útil para abordar situaciones complejas, pero también puede ser arriesgado si no se consideran todas las verdades relevantes.
En esta época estamos cada vez más acotados al “pensar por sistemas”, porque hemos perdido la capacidad de escuchar y considerar el argumento del otro para poder intercambiar, ya que no necesariamente cualquier discusión de tema tiene que ser controversial.
Vamos a decir algo obvio, pero al perder la posibilidad de integrar la otra posición en una discusión para entenderla, pero no solamente con el fin de refutarla, sino para identificar alguna “idea a tener en cuenta”, hemos terminado asumiendo las diferencias de opinión en una actitud más parecida al berrinche de un niño de tres años que la de un adulto en posición de análisis.
Y de eso a negar la validez “a priori” de un punto de vista divergente del propio, hay apenas un paso para negar directamente el derecho a disentir, lo que, automáticamente, nos pone a un paso de negar lisa y llanamente al otro, pero no entendido como un ser humano, sino como su “ideología”, que, al ser inaceptable, pasa a ser inexistente.
Al ser humano concreto le queda las circunstancias clásicas del “homo rete”: insultos en las redes, descalificación, cancelación y, por supuesto, demonización. Y terminamos viendo la vida con una paleta de colores planos a la manera de Torres García, pero sin su habilidad para leer el espacio.
Al no poder identificar lo obvio, que es que toda postura debidamente fundamentada debe tener alguna cosa atendible, las redes y su subproducto la sociedad se pueblan de personas que no entienden que no existe relación de necesidad entre que alguien sea de derecha implique que sea malo o egoísta, ni que el ser de izquierda tiene nada que ver con ser poco racional o que no le gusten a uno las cosas buenas.
Tratemos de no caer nosotros mismos en el pecado que queremos exorcizar.
EL PROBLEMA DE LA MERITOCRACIA
En su libro “The Rise of the Meritocracy”, Michael Young presenta una visión crítica de una sociedad en la que el mérito se convierte en el único criterio para determinar el acceso a la educación y al empleo. Según Young, este sistema crea una sociedad dividida en dos clases: una clase meritocrática compuesta por personas talentosas y educadas, y una clase no meritocrática compuesta por personas menos talentosas y educadas. En esta sociedad, la clase meritocrática se beneficia de un acceso privilegiado a los recursos y oportunidades, mientras que la clase no meritocrática se queda atrás y sufre de exclusión y discriminación.
A pesar de la crítica de Young a la meritocracia, el concepto ha sido adoptado por muchos como un modelo ideal para el gobierno y la organización social. Los defensores de la meritocracia argumentan que es la forma más justa y eficiente de distribuir los recursos y las oportunidades, ya que asegura que los individuos más talentosos y capacitados sean los que asuman los roles más importantes y responsables en la sociedad.
Sin embargo, los críticos señalan que la meritocracia puede perpetuar la desigualdad y la exclusión social, ya que puede resultar en una falta de diversidad y representación en las posiciones de poder y autoridad. Utilizando otros términos porque sería anacrónico, el propio Platón defendía una estricta prelación de méritos que culminara en el “filósofo rey” como el mejor gobernante posible.
Lo opuesto a la meritocracia sería un sistema de gobierno o de organización social en el que el acceso a ciertas posiciones o privilegios no se otorga en función del mérito y la capacidad de cada individuo, sino en función de otros factores como la riqueza, el estatus social o la afiliación política. Este tipo de sistema se basaría en la idea de que ciertas personas tienen derecho a ciertos privilegios simplemente por su posición social o por su pertenencia a ciertos grupos o clases, en lugar de tener que ganarlos por su talento o habilidad.
Esto puede dar lugar a la perpetuación de la desigualdad y la discriminación, ya que algunos individuos pueden ser excluidos de ciertas oportunidades y recursos simplemente por su origen o condición social. El propio Vaz Ferreira, que citábamos antes, al ejemplificar sobre ideas a tener en cuenta, refería (voy a actualizar el contexto léxico) a que, elementos que son dogma y tabú para el liberalismo extremo de mercado, como el derecho de la herencia, son, en realidad antiliberales, porque permiten que mucha gente parta de una plataforma que niega la verdadera condición de ejercer sus méritos. Porque no pueden argumentar que su riqueza se debe al mérito y el esfuerzo, porque su origen es nacer en una familia que ya lo era de antes.
Y eso es una piedra en el zapato de los liberales/tarios, porque si la riqueza (único parámetro aceptable del éxito en la vida de una persona, junto con su contracara, la fama) procede (como las estadísticas muestran claramente) más de las condiciones de partida que de lo que la persona haga con su trabajo, se cae el modelo.
Un hecho es innegable: la riqueza puede perderse, la movilidad social descendente es muy fácil de padecer con malas inversiones o decisiones, pero la ascendente es un mito, para el quintil inferior, la posibilidad de enriquecerse legalmente es virtualmente inexistente.
De ahí nace la adoración que tienen liberales neoclásicos y libertarios por esa suerte de superhombre del mercado que es el “self made man” o emprendedor exitoso que, partiendo de cero, tomó riesgos, desarrolló habilidades de alto valor de mercado y logró amasar una fortuna que le permitió, por ejemplo, retirarse joven o, quizás, ser el sujeto creador de riqueza que permite el “derrame” (otro dogma del neoliberalismo) que plantea que los pobres se benefician de las migas que caen de la mesa del semidios.
Si uno lo mira así, es claro que uno entiende por qué Ernesto Talvi tiene el fetiche de abrazarlos, pero veamos las ideas a tener en cuenta.
Una cosa de la meritocracia es innegable: permite discriminar a lo más competentes de los menos, entendiendo como competencia la capacidad específica para una tarea o función y no una propiedad intrínseca del individuo.
En las funciones superiores de la sociedad, como áreas de gobierno, universidades, hospitales, etc., no solamente un sano régimen meritocrático es deseable, sino que no se puede pensar en uno mejor. Si me van a operar, quiero al mejor cirujano del mundo, y si voy a viajar en avión, exijo al mejor piloto que haya.
Podemos ver que en las áreas de gobierno esto no pasa, porque la necesidad de poner personas de confianza lleva a que, por ejemplo, la temprana muerte de Jorge Larrañaga llevara al presidente a poner en el Ministerio del Interior a un político de su confianza, pero sin ninguna preparación ni vocación por el tema de la seguridad ciudadana.
Obviamente, no es privativo de este gobierno tener varios “amiguismos”: los anteriores con los Sendic, Placeres y otros caían en el mismo pecado, que parece ser imposible de erradicar de la política.
Un ejemplo de lo que queremos mostrar: el reduccionismo de que todo es como yo digo o equivocado, si uno mira el debate público, los actos de mala administración de “el otro” siempre son criminales, mientras que los propios van de comprensibles a justificados. Pensemos en los casos de Marset y Morabito. Son muy comparables, pero… ya sabemos.
Volviendo a la meritocracia, vemos que, para elegir un profesor titular, un general o un ministro parece ser el mejor de los modos, pero esto no aplica a todas las circunstancias: solamente funciona en el sector alto de las necesidades sociales.
Realmente hay que ser un miserable para sostener que, si de la totalidad de las personas que de niñas tuvieron déficit alimentario, de vestimenta y de acceso real a la educación ninguna llega al éxito (recordemos, se identifica con riqueza) eso es solo porque no se esforzaron o no tomaron riesgos. Simplemente en el mazo que les dieron esa carta no existía. En ese estrato, el quintil inferior de la sociedad, la meritocracia apunta más a poder ejercer la violencia para sobrevivir que a elegir si las cuantiosas sumas del MIDES las colocan en bonos del tesoro o en criptoactivos.
Ahora bien, reconocer esta verdad evidente de ninguna manera implica que uno se mueva por la envidia al rico (léase, recordemos, supremo emprendedor que se hizo a sí mismo) porque sostiene que debe aportar más en impuestos por tener más riqueza, en especial en la forma de los impuestos a la herencia, que de todas maneras siempre nace de un error de cálculo. Eso solamente nace de la observación de que en un país es inmoral que haya niños que no tengan las necesidades básicas cubiertas, y hoy en día no es solamente casa, comida, salud y educación. Hoy implica también un ambiente saludable y sin violencia, contención fuera de los horarios escolares y acceso a la conectividad. (Plan Ceibal, por ejemplo).
Entonces, si la inmensa mayoría de una población es protegida de la vulnerabilidad extrema, es verdaderamente posible pensar en que se puedan realizar oposiciones para acceder por ejemplo a cargos, e incluso a ciertas carreras, algo que es tabú en Uruguay también. Pero solamente si todos parten de situaciones ni siquiera iguales ni comparables, alcanza con que sean compatibles con la dignidad de ese sagrado inviolable que es la persona humana. Parece poco, pero no lo es.
Ahí sí, es posible pensar en fortalecer la competencia, en estimular y promover la toma de riesgo y la innovación, porque los resultados no van a depender de ningún derrame hipotético que nadie vio, sino de algo muy concreto, el esfuerzo, la tenacidad y la capacidad sí son excelentes discriminantes, pero solamente si la escalera de ascenso no son las cabezas de los más desprotegidos.
En fin, que un mundo mejor sí que es posible.
Bernardo Borkenztain