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LA ASIMETRÍA DEL DELIRIO

La asimetría del delirio: desinstalar una mentira cuesta veinte veces más que instalarla

La asimetría del delirio: desinstalar una mentira cuesta veinte veces más que instalarla

Desmentir cuesta diez veces más que mentir. Y aun así, casi siempre llega tarde.

Por Bernardo Borkenztain | OPINIÓN
Vaso de agua limpia con una gota de tinta negra cayendo — la contaminación es instantánea, la purificación es imposible
Una sola gota. Un segundo. Sin retorno.

Imaginate que te doy un vaso de agua limpia. Cristalina. Y después, con un gotero, le dejo caer una sola gota de tinta negra. Una sola. ¿Cuánto te cuesta ensuciar el agua? Nada. Un segundo. Un movimiento de muñeca.

Ahora te pido que saques la tinta. Que vuelvas a dejar el agua transparente. ¿Cómo hacés? ¿Filtrás? ¿Destilás? ¿Usás procesos químicos complejos? Te va a llevar horas, te va a costar plata, y lo más probable es que nunca, jamás, el agua vuelva a ser exactamente la misma.

La preocupación por las fake news parte de un diagnóstico equivocado. La mentira no es una novedad: desde que existe el lenguaje existe la posibilidad de torcerlo. Lo que cambió es otra cosa: la proporción de esfuerzo entre fabricar una mentira y desmantelarla. Fabricar cuesta nada. Desmantelar cuesta todo, lleva años, y con frecuencia no alcanza.

La instalación: barato, rápido, sin garantía

Para instalar una mentira no necesitás pruebas, ni revisión de pares, ni siquiera coherencia interna. Solo necesitás un enunciado que le raspe la llaga al miedo o al resentimiento de quien lee. El mecanismo funciona por eso mismo: porque no le exige nada a nadie.

Romper una ventana lleva un segundo. Fabricar el vidrio, cortarlo a medida, limpiar los pedazos y volver a instalarlo lleva días y cuesta plata. En política, en salud pública, en cualquier arena donde circulan ideas, el vándalo siempre llega antes y se va sin pagar los vidrios.

Si yo ahora salgo en X y digo que en el sótano del Palacio Legislativo están criando lagartos humanoides para reemplazar a los senadores, me toma diez segundos escribirlo. Si le agrego una foto borrosa generada por IA, un minuto más. Listo. No me costó nada. Y si encima el algoritmo decide que eso genera “engagement”, en dos horas tengo a miles de personas discutiendo si los lagartos son de izquierda o de derecha.

La desinstalación: caro, lento, y encima no funciona del todo

Acá es donde la cosa se pone espesa. Para desmentir mi estupidez de los lagartos, alguien tiene que: pedir acceso al Palacio, filmar el sótano, entrevistar a los funcionarios, revisar los planos arquitectónicos, consultar a biólogos que expliquen que los híbridos humano-reptil son biológicamente inviables, y compaginar todo eso en un informe serio.

¿Cuánto tiempo lleva eso? Días. Semanas. Y cuando el informe esté listo —cuidadosamente redactado, con fuentes, con firma institucional y todo— el ciclo de noticias ya dio cuatro vueltas. La mentira de los lagartos quedó en la memoria de miles de personas; el desmentido quedó en la página 8 de un PDF que nadie descargó. O peor: el propio informe se reinterpreta como parte del encubrimiento. “Claro que no encontraron lagartos, los movieron antes de que llegaran las cámaras”.

“El mentiroso juega con las reglas de la termodinámica a su favor: el desorden es infinitamente más fácil de crear que el orden.”

Existe una ley para esto, formulada en 2013 por el programador italiano Alberto Brandolini, conocida como el Principio de Asimetría de la Estupidez (o Bullshit Asymmetry Principle):

“La cantidad de energía necesaria para refutar una estupidez es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirla”.

Brandolini fue generoso. Dijo “un orden de magnitud” (diez veces más). Yo te diría que se quedó corto. A veces es cien, a veces es mil veces más costoso. Y a veces, el costo es infinito porque el daño es irreversible. Y si Brandolini te parece demasiado académico, lo mismo lo decía la sabiduría popular con más sal y menos diplomas:

Barril de madera con una gota cayendo — el proverbio de la asimetría irremediable
Una cuchara alcanza. En cualquier dirección.
“Una cuchara de basura en un barril de vino genera un barril de basura.
Una cuchara de vino en un barril de basura… también.” — Proverbio de la asimetría irremediable —

La contaminación siempre le gana a la pureza. No importa cuánto vino tenés: una sola cuchara de porquería arruina todo el barril. Al revés, esa cuchara de vino no salva nada. Y la proporción, como vas a ver, nunca cambia de bando.

Galería del horror: cuando la mentira gana por goleada

Andrew Wakefield y el mito de las vacunas (1998)

En 1998, un médico británico llamado Andrew Wakefield publicó un “estudio” en The Lancet. El tipo agarró 12 niños —doce, contados con los dedos de las dos manos y dos más— falseó los datos y afirmó que la vacuna triple viral causaba autismo. El artículo tenía menos rigor que una columna de barrio, pero estaba firmado por alguien con bata blanca y título.

El costo de desinstalarlo fue más de doce años de investigaciones, millones de libras esterlinas, estudios con cientos de miles de niños en Dinamarca, Finlandia y Estados Unidos que no encontraron relación causal alguna. Wakefield perdió su licencia médica en 2010. The Lancet retractó el artículo. ¿Y?

Y nada. Hoy, 25 años después, seguimos teniendo brotes de sarampión en Europa y Estados Unidos porque hay padres aterrorizados que siguen creyendo la mentira de 1998. La verdad científica llegó, con sus carpetas llenas de datos y sus sellos de goma, pero la mentira ya había tomado otra forma: ya no era un dato, era un miedo. Wakefield instaló el miedo en 12 minutos; la ciencia lleva 25 años tratando de sacarlo y todavía pierde.

Las armas de destrucción masiva de Saddam (2003)

Olvidate de la Comedia Nacional y mirá la presentación de Colin Powell ante la ONU en febrero de 2003. Setenta y seis minutos en el Consejo de Seguridad. Frasquitos con polvo blanco que supuestamente era ántrax, fotos satelitales que no mostraban nada verificable, y una narrativa que Powell había construido durante días con cuidado.

Le costó una mañana de PowerPoint y la credibilidad acumulada en décadas de carrera. El resultado: invasión a Irak, derrocamiento de un gobierno y, detallecito menor, más de 200.000 civiles muertos (dependiendo de quién cuente, hasta un millón).

La desinstalación llegó un año después. En 2004, la propia CIA tuvo que admitir que no había armas. No había programa nuclear. No había nada. Powell mismo dijo después que esa presentación fue una “mancha” en su carrera. Qué tierno. Decile eso a los 200.000 muertos. La verdad llegó, sí. Pero la verdad no resucita gente. La asimetría acá no se mide en tiempo, se mide en sangre.

El Pizzagate y el fusil de asalto (2016)

Unos trolls en 4chan y Reddit inventaron que Hillary Clinton manejaba una red de tráfico infantil desde el sótano de una pizzería en Washington llamada Comet Ping Pong. No había nada que respaldara eso. Y al principio, sí, daba risa.

Pero la risa se acaba cuando Edgar Maddison Welch, un hombre de 28 años, lee eso, carga su rifle AR-15 y maneja desde Carolina del Norte hasta Washington para “investigar por sí mismo”. El tipo entró a los tiros. Por suerte no mató a nadie.

¿Saben qué encontró? Que la pizzería ni siquiera tenía sótano. Se entregó a la policía. Fin de la historia, ¿no? No, qué va. Hoy, en 2026, entrás a ciertos foros y te encontrás con gente que te jura que el sótano existía y que lo taparon con cemento antes de que llegaran las cámaras. La inexistencia arquitectónica de un sótano no es argumento suficiente para quien ya decidió creer. Nunca lo fue.

“Solo usamos el 10% de nuestro cerebro”

Acá no hay mala fe. Hay algo más difícil de combatir: el confort. No importa cuántos neurocientíficos te expliquen que el cerebro está activo todo el tiempo, que es el órgano metabólicamente más caro que tenés, y que la evolución no regala kilo y medio de tejido neuronal para que uses 150 gramos. La explicación entra por un oído y sale por el otro.

Sale la película Lucy (2014) con Scarlett Johansson y el mito aparece de vuelta, sin que nadie lo haya invitado. La mentira ofrece algo que la neurofisiología real no puede darte: la verdad te dice que sos lo que sos y que tu cerebro ya trabaja al máximo. La mentira te promete que todavía no empezaste. Frente a esa oferta, la corrección científica llega tarde y con las manos vacías.

El efecto zombie: mentiras que caminan después de muertas

Hay un fenómeno que los psicólogos cognitivos llaman efecto de influencia continuada: incluso cuando una persona acepta que una información era falsa, esa información sigue influyendo en sus conclusiones. No por necedad: por cómo funciona la memoria. Es como una mancha de humedad en la pared; podés pintarla arriba, pero el hongo sigue ahí abajo, comiéndose el revoque.

Elizabeth Loftus lleva décadas estudiando algo que incomoda bastante: que podés implantar un recuerdo falso en la memoria de una persona con una facilidad que no te esperás. En sus experimentos, les decían a sujetos adultos que de chicos se habían perdido en un shopping —cosa que nunca había ocurrido—. En pocas semanas, entre el 25 y el 30% de los participantes no solo recordaba el episodio: lo describía con detalles inventados, colores, personas, la cara de quien los rescató.

Si podés implantar el recuerdo vívido de algo que nunca pasó en quince minutos de laboratorio, ¿qué no puede hacer una mentira que llega con foto, con audio, con el nombre de alguien que reconocés? Loftus siguió a sus sujetos durante años. El recuerdo falso persiste, no siempre ni del todo, pero lo suficiente como para cambiar comportamientos reales. La memoria no guarda registros: reconstruye cada vez que la convocás. Y cualquiera que llegue primero puede influir en esa reconstrucción.

¿Por qué la corrección no alcanza?

Brendan Nyhan, politólogo de Dartmouth, publicó en 2010 un hallazgo que todavía incomoda a los que trabajan en comunicación: el efecto rebote. Cuando corregís a alguien con datos reales, en determinados contextos, la persona no solo no cambia de opinión: se afirma más en la creencia errónea. La corrección funciona como gasolina al revés.

El mecanismo es más biológico que político. Si esa creencia forma parte de tu identidad —de tu tribu, de tu visión del mundo, de la gente que te importa— aceptar el error no es solo corregir un dato: es perder algo de identidad en el proceso. La corrección no le compite a la mentira: le compite a la tribu, al grupo, a la sensación de que sabés algo que otros no saben. Y casi siempre pierde esa pelea.

Los padres que no vacunan no cambian de postura cuando les mostrás los estudios post-Wakefield. Los que creyeron en el sótano de la pizzería no revisan nada cuando les mostrás el plano del edificio. No es ignorancia simple: la mentira ya cumplió otra función que la verdad no puede reemplazar. Les dio pertenencia, un enemigo reconocible, la satisfacción de saber algo que los demás ignoran. La corrección no ofrece nada de eso. Llega sola, con sus tablas y sus notas al pie, y espera que alcance. Casi nunca alcanza.

La cuenta la paga alguien

La mentira viaja en ascensor y la verdad sube por la escalera. Y encima la escalera está rota y nadie llama al técnico. La pregunta que el debate sobre desinformación evita, porque incomoda, es simple: ¿quién paga el costo de desinstalar una mentira? No el mentiroso, eso está claro. El mentiroso ya cobró su rédito —electoral, económico, reputacional— y sigue. El costo lo pagan los que invierten años en rectificar, los que financian los estudios epidemiológicos post-Wakefield, los que reconstruyen lo que la mentira fue demoliendo. Y los niños que no se vacunaron porque sus padres creyeron un fraude de doce páginas publicado en 1998.

Desde la química sé que hay reacciones irreversibles. Quemás papel y obtenés ceniza. Podés analizar la ceniza, catalogarla, publicar un paper sobre su composición elemental. Pero no vas a recuperar el papel. La invasión ya ocurrió. Los niños ya no se vacunaron. El hombre ya entró con el rifle. Establecer después que todo era mentira es necesario. Y también, casi siempre, inútil para los que ya pagaron el precio.

La asimetría solo se achica en el momento anterior a la instalación. Una vez que la mentira echó raíz, las correcciones llegan en apuros. A veces no mueven nada. A veces, como mostró Nyhan, la empeoran. El único momento en que el costo de desinstalar todavía es manejable es el segundo antes de que la primera persona le dé reenviar.

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