Opinión · Ensayo · Octubre 2026
Sabés cuántas bancas sacó Smotrich. No sabés quién es el primer ministro del Líbano.
«Con los números que tenemos ahora, no hay gobierno.»
Mansour Abbas, líder de Ra’am, al Canal 12 de la televisión israelí, con el escrutinio en curso, 28 de octubre de 2026

El martes 27 de octubre Israel votó, y en Montevideo hubo gente que siguió el recuento como si se jugara la intendencia de Canelones. Sabían cuántas bancas le daban las bocas de urna a Otzma Yehudit. Conocían el umbral de Smotrich al decimal. Y estaban al tanto de que esta vez iban separados, porque Netanyahu quiso juntarlos en una sola lista y Ben Gvir le dijo que no. Tenían opinión formada sobre la aritmética de un parlamento de ciento veinte bancas en el que no van a votar nunca, en un país que la mayoría no pisó, en un idioma que no leen.
El test. Pregúntenle a esa misma persona cómo se llama el rey de Jordania. Después, quién es el primer ministro del Líbano. Ni hablar del presidente de Egipto, o del de Siria.
Abdalá II, en el trono desde 1999. Nawaf Salam, primer ministro libanés desde febrero de 2025. Abdel Fattah al Sisi, presidente de Egipto desde 2014. Ahmed al Sharaa, presidente de transición de Siria desde enero de 2025, después de la caída de Bashar al Asad. No son datos de especialista. Jordania tiene más refugiados palestinos registrados que ningún otro país del mundo, el Líbano los aloja en campamentos desde 1948 y Egipto tiene la única frontera terrestre de Gaza que no es con Israel. Si a alguien le importara de verdad la suerte de los palestinos, esos nombres serían lo primero que buscaría. Antes que el de cualquier ministro israelí.
No los tiene. Tiene a Ben Gvir, a Smotrich, a Gallant de rebote. Del rey hachemita, nada.
I · Lo que rinde y lo que no
Villanos útiles y nombres inútiles
Los nombres que se conocen son los que rinden.
Ben Gvir es un villano perfecto: cada declaración suya confirma gratis todo lo que el militante ya traía puesto. Habla de expulsiones, provoca en el Monte del Templo, reparte armas, y el militante sale a decir «¿vieron?». Smotrich hace lo mismo con corbata. Son los dos políticos israelíes que mejor le sirven al antisionismo de exportación, y por eso son los dos más conocidos afuera. No hace falta estudiar para saber de ellos. Alcanza con scrollear.

Abdalá II no le sirve a nadie. Conocerlo obliga a saber que Jordania anexó Judea y Samaria en 1950, que casi ningún país reconoció esa anexión y que durante diecisiete años nadie marchó por eso en ninguna capital europea. Obliga a saber que en setiembre de 1970 el ejército jordano aplastó a las organizaciones palestinas armadas, con miles de muertos, en lo que los propios palestinos llaman Septiembre Negro. Y a enterarse de que Jordania firmó la paz con Israel en 1994 y de que esa paz, fría y todo, lleva treinta y dos años sin romperse.
Ningún cartel de «apartheid» apunta a Beirut.
Salam es peor para el relato. Su gobierno carga con Hezbollah, una milicia que llegó a tener más armas que el ejército nacional y que arrastró al país a una guerra en nombre de Gaza. Y carga con una ley de 2001 que les prohíbe a los refugiados palestinos ser dueños de una casa en el Líbano, además de vedarles el ejercicio de decenas de profesiones. Ningún cartel de «apartheid» apunta a Beirut. El nombre de Ben Gvir, en cambio, se cotiza como una credencial: mostrarlo es mostrar que uno está del lado correcto. La consigna es más corta y no pide el dato.
II · Doce mil kilómetros, un sillón y wifi
El ciberfariseo se define por la distancia
Le tengo puesto un nombre técnico, y lo uso como se usa una categoría en biología, no como insulto: ciberfariseo. Es el adicto a la validación ajena que descubrió la dosis más potente de todas, el aplauso de su tribu por haber hecho lo correcto. Señala y se indigna en público, con la disciplina de un rito. Necesita combustible, y el combustible son otros, sus muertos y sus guerras.
La palabra decisiva es ajenos. El colono que quema olivares en Judea y Samaria no es un ciberfariseo: es un extremista que pone el cuerpo en el lugar del conflicto y que debería estar preso. El miliciano de Hamás tampoco. Es un asesino con una causa. Los dos están involucrados, más o menos radicales, en una guerra que les pasa por la casa. El ciberfariseo milita a doce mil kilómetros, en un sillón, con wifi. Lo define que el conflicto no le cuesta nada.

Los hay de los dos lados. El sionista de redes que festeja cada barbaridad de Ben Gvir como si fuera un gol es tan ciberfariseo como el que tiene la sandía en la bio. Hay un tercer tipo, que no es judío ni israelí: el evangélico sionista o el derechista que usa a Israel como bandera contra «el progresismo», y al que Israel le importa lo mismo que Gaza le importa al propali. Como arma.
El ciberfariseo milita a doce mil kilómetros, en un sillón, con wifi.
Entre el ciberfariseo judío de la diáspora y el propali hay una diferencia de fondo, y tiene que ver con lo que cada uno arriesga. Lo escribí en «El dolor del apróstata». Para muchísimos judíos el sionismo nunca fue una ideología que se tiene: es parte de lo que se es. Israel es la respuesta a la pregunta de adónde ir si vuelve a pasar. Cuando ese judío reacciona, y a veces reacciona mal, lo hace ante un peligro que siente como propio y que no es imaginario. En noviembre de 2024 hubo cacería de hinchas israelíes en las calles de Ámsterdam, y el primer ministro holandés habló de ataques antisemitas. Nassim Taleb lo llama la piel en el juego. La exposición al costo es lo único que prueba que una convicción existe.
El propali no tiene piel en el juego. Tiene una causa barata de exhibir y cara de auditar. Palestina le sirve para el señalamiento virtuoso, porque la bandera lo coloca entre los buenos sin pedirle nada a cambio, y le sirve de chivo expiatorio, porque le entrega un culpable universal sobre el que descargar todo lo que no entiende del mundo. Que aloje a un refugiado no se lo va a pedir nadie. Que explique la Línea Verde, tampoco. La lista de consignas se aprende en una tarde y no cambia nunca.
III · Malcolm X, Detroit, 1963
El negro de la casa
Noviembre de 1963, Detroit. Malcolm X pronuncia el discurso que se conoce como «Message to the Grass Roots» y distingue entre el esclavo del campo y el esclavo de la casa. El de la casa vivía mejor, comía las sobras de la mesa del amo y se identificaba con él hasta el ridículo: si la casa se incendiaba, peleaba contra el fuego con más ganas que el dueño; si el amo se enfermaba, el esclavo decía «estamos enfermos». Malcolm no describía a una persona. Describía una función.
Esa función tiene hoy un ocupante judío. Es el que firma el comunicado poniendo por delante «como judío» y se para en primera fila de la marcha para que nadie lea los carteles de atrás. Es también el que guardó silencio el 7 de octubre de 2023, cuando asesinaron a unas mil doscientas personas en un día, y encontró la voz recién cuando Israel respondió. Tiene todo el derecho a ser antisionista, a odiar a Netanyahu y a pensar que Israel no debería existir. Lo que describo es qué hace con ese derecho y para quién.

Lo que hace es arrodillarse ante quien lo desprecia para que lo dejen en paz. Eso tiene un nombre viejo, cobardía, y una comparación que se impone, la más dura de todas, y la hago sabiendo lo que pesa: el kapo. Con una diferencia que no juega a favor de ellos. El kapo tenía el campo. Tenía la muerte al lado como alternativa concreta, todos los días, y cualquier gesto de compasión podía costarle la vida. Estos no tienen ni eso. Se arrodillan sin que nadie los obligue, a cambio de algo mucho más barato que la vida: un lugar en la marcha y que no los echen del grupo. Es la lógica del kapo sin el campo, que es la versión sin excusa.
Malcolm no describía a una persona. Describía una función.
Y como en el discurso de Malcolm, el negro de la casa existe porque el amo lo necesita. La tribu propali lo exhibe como certificado de que lo suyo no es antisemitismo: si hasta tenemos judíos. Es su ciberfariseísmo más fino, el maquiavélico, el que usa a otros como combustible sabiendo exactamente lo que hace.
IV · La tesis
El boomerang
El ciberfariseo propali presionó a Israel durante décadas de manera obsesiva, sin encontrarle nada bueno a nada. Si Israel se retiraba, era una maniobra. Cuando negociaba, una trampa. Si se defendía, genocidio. Y si no se defendía, nadie se enteraba, porque los muertos judíos no generan contenido. Esa presión no consiguió lo que decía buscar, un Estado palestino y una vida digna para los palestinos. Consiguió dos cosas, y las dos van en la dirección contraria.
La primera: en Israel, «izquierda» pasó a ser mala palabra. Las encuestas posteriores al 7 de octubre registraron el derrumbe de la identificación con la izquierda entre los israelíes judíos. No hace falta mucha sociología. El israelí mira hacia afuera y ve que la izquierda occidental, la que en teoría defiende a las mujeres y a los homosexuales, le pone la alfombra a una organización que fusila opositores y que en 2016 ejecutó a uno de sus propios comandantes acusado de homosexualidad.
Y ve otra cosa, que pesa más que cualquier discurso. España, Irlanda y Noruega reconocieron un Estado palestino el 28 de mayo de 2024, con más de cien rehenes todavía en Gaza. Francia lo hizo el 22 de setiembre de 2025, con cuarenta y ocho. Macron lo anunció «por la paz entre el pueblo israelí y el pueblo palestino», y lo único que condicionó a la liberación de los secuestrados fue la apertura de una embajada. Hamás cobró el premio diplomático con los rehenes en su poder.
Hamás cobró el premio diplomático con los rehenes en su poder.
Ve a Pedro Sánchez y a Emmanuel Macron como líderes que le hablan a la calle, débiles, ineficientes. Ve el cartel que apareció en la puerta de una mercería de via Statuto, en Milán, avisando en italiano que los israelíes sionistas no eran bienvenidos. El dueño lo sacó a las veinticuatro horas diciendo que no eran antisemitas ni racistas y que se refería a la masacre de civiles. El israelí que pasó por esa vereda lo leyó igual. El que viaja a Europa con una kipá o una estrella de David aprende rápido a esconderla. Después de eso, se entiende que «izquierda» le suene a amenaza.
La segunda es peor. Se instaló la convicción de que a los palestinos no se les puede ceder un milímetro, porque cualquier concesión será leída como debilidad y cobrada como derrota, y porque el mundo occidental, y la izquierda en particular, va a estar del otro lado igual. Acá la tesis se juega la credibilidad, así que lo digo con precisión: el ciberfariseo no enseñó eso. Lo enseñaron la Segunda Intifada, con sus colectivos explotando en Jerusalén; la retirada de Gaza en 2005, que terminó con Hamás en el poder y cohetes sobre Sderot; y el 7 de octubre, que fue la refutación más sangrienta posible de la idea de que la tierra se cambia por paz. El ciberfariseo selló la lección. El israelí que, después de todo eso, miró hacia afuera buscando un interlocutor que le dijera «tu miedo tiene sentido, pero hay otro camino» se encontró con marchas que festejaban a los asesinos cuando todavía no se habían enterrado los muertos. Y sacó la única conclusión que se podía sacar: si ceder no sirve, y además nadie me va a reconocer haberlo intentado, entonces no cedo. Es una conclusión empírica. Tiene poco de ideología y mucho de memoria.
V · Lo que dijeron las urnas
La prueba del 27 de octubre
La elección muestra los dos efectos al mismo tiempo, y los números todavía no están cerrados.
La buena noticia primero. Los ciudadanos árabes de Israel votaron como nunca: la participación en el sector rondó el ochenta por ciento, por encima del récord de 1999, según la estimación del Canal 12. La participación general fue del 77,7 por ciento, la más alta desde 1999, según la Comisión Electoral Central. Es la mejor noticia de la jornada y debería ser la refutación más contundente del libelo del apartheid: en ningún apartheid de la historia la minoría oprimida tuvo en la mano la llave de la mayoría.
Votaron, además, porque los empujaron. El 23 de setiembre la Comisión Electoral Central inhabilitó las dos listas árabes, y la Suprema Corte tuvo que revertirlo el 2 de octubre. El día de la elección hubo autos con banderas del Likud recorriendo Jerusalén con el llamado islámico a la oración a todo volumen, arengando a votar porque «los árabes están votando». Smotrich escribió en X que la participación en el sector árabe era «sin precedentes» y advirtió que podía llegar al gobierno una «peligrosa izquierda». Ben Gvir es el emblema de esa forma de hacer política, y el ciudadano árabe le respondió de la única manera que una democracia permite: en las urnas.
En ningún apartheid de la historia la minoría oprimida tuvo en la mano la llave de la mayoría.
La mala noticia viene con una advertencia metodológica. El conteo completo de Times of Israel da cincuenta y tres bancas al bloque de Netanyahu, cuarenta y ocho al de Eisenkot y diecinueve a las dos listas árabes. Ynet publica cincuenta y cuatro, cuarenta y nueve y diecisiete. La confirmación oficial de la Comisión Electoral Central está prevista para el 4 de noviembre. Con cualquiera de esas cuentas, la suma de Eisenkot con las listas árabes pasa de sesenta y uno, que es lo único que hace falta saber.

Eisenkot no la hizo. Dijo que las posiciones de los partidos árabes sobre Hamás y sobre la guerra le impiden gobernar con ellos, y no lo dijo porque los ciberfariseos se lo prohíban. Lo dijo porque su electorado no se lo perdonaría. La negativa, de todos modos, vale para gobernar y no para todo: su bloque ya habla de usar esos mismos votos para reemplazar al presidente de la Knesset, Amir Ohana. La desconfianza dejó de ser un estado de ánimo de la calle. Es un dato con el que el candidato del centro hace sus cuentas.
Mansour Abbas, el líder de Ra’am, lo resumió con el escrutinio en curso, en el Canal 12: «Con los números que tenemos ahora, no hay gobierno».
El bloqueo favorece a Netanyahu, que sigue en el cargo como primer ministro interino, denunció un robo electoral en los votos árabes, y el director de la Comisión Electoral salió a calificar esas denuncias de infundadas. Puede preferir una nueva elección antes que entregarle el gobierno a Eisenkot. El propali que soñaba con ver a Ben Gvir afuera de la foto contribuyó, con décadas de odio sin matices, a sostener al hombre que lo nombró ministro.

Los mejores votantes de Ben Gvir no votan en Israel. No lo necesitan: le hacen la campaña desde afuera, gratis, y todos los días.
VI · Sin garante
Mi condición de apróstata
En «Yo, apróstata» tomé prestado de Darwin Desbocatti un neologismo espléndido y volví a usarlo en «El dolor del apróstata». El apróstata es el que no logra tragarse que A sea igual a no-A: el que no puede aceptar que se defienda a las mujeres mientras se aplaude a quienes las apedrean. La palabra arrastra además una raíz griega que me gusta cada vez más: aprostasios, el meteco de la Atenas clásica que no tenía un prostátēs, un garante, y quedaba por eso legalmente desprotegido. La homofonía con la próstata es deliberada, y con perdón.
Escribir esta columna me deja en ese lugar. A Ben Gvir lo considero una vergüenza para el sionismo. A los propalis, sus mejores agentes electorales. Ninguna de las dos tribus me va a proteger: para unos soy un sionista con coartada; para los otros, un judío que le hace el juego al enemigo. Salir de la tribu tiene un costo, y el costo es la intemperie.
Una aclaración, porque no corrijo en silencio. En «La granja de odio del antisionismo» usé la misma palabra al revés: llamé apróstata al fusionado, al que no puede apostatar porque su identidad y su credo se volvieron una sola pieza. Lo dejo escrito y lo convierto en material. El militante que se queda callado cuando le preguntan por el rey de Jordania es un apróstata fallido. La duda la tiene, y ese silencio es la prueba; le falta la salida, porque salir le costaría la tribu, y la tribu es todo lo que tiene. El apróstata y el fusionado comparten la intemperie como posibilidad. Uno la eligió. El otro le tiene terror.
Salir de la tribu tiene un costo, y el costo es la intemperie.
Tampoco me voy a dar el lujo de salir limpio. El test del rey de Jordania vale para mí. Si mañana alguien me pregunta por el gabinete iraní o por los cancilleres del Golfo, la pregunta incómoda es si lo que yo sé tiene también la forma de lo que me conviene saber. El apróstata no es Aquiles. No ofrece una identidad nueva a la cual afiliarse. Ofrece, como mucho, un mapa.
VII · Coda
Abdalá
Abdalá II. Veintisiete años en el trono. Heredó de su padre la paz con Israel y la sostuvo con guerras alrededor, con la calle en contra y con millones de palestinos adentro de sus fronteras.
Si el ciberfariseo supiera ese nombre, tendría que preguntarse por qué Jordania tiene paz con Israel desde 1994 y él todavía no.
Fuentes y verificaciones
- Al Jazeera, «Arab parties on course for 17 seats in Israel election», 28/10/2026 (participación árabe y récord de 1999 según Canal 12; cita de Mansour Abbas; autos del Likud en Jerusalén).
- Al Jazeera, «Israel election turnout hits 77.7%, highest since 1999», 27/10/2026 (Comisión Electoral Central).
- Times of Israel, conteo completo: bloque de Netanyahu 53, de Eisenkot 48, listas árabes 19. Ynet: 54, 49 y 17. Confirmación oficial prevista para el 4/11/2026.
- Times of Israel, liveblog del 28/10/2026, y Reuters, 19/10/2026 (Smotrich en X: participación árabe «sin precedentes», «peligrosa izquierda»).
- Wikipedia, «Elecciones parlamentarias de Israel de 2026» (inhabilitación de las listas árabes el 23/9 y fallo de la Suprema Corte del 2/10).
- Times of Israel y The Media Line (Ben Gvir rechaza la lista conjunta con Sionismo Religioso pedida por Netanyahu).
- NPR, 30/10/2026 (Eisenkot y los partidos árabes); Times of Israel (su bloque busca reemplazar a Amir Ohana en la presidencia de la Knesset).
- Times of Israel (el director de la Comisión Electoral rechaza las denuncias de fraude); Haaretz, 29/10/2026 (un alto mando policial las llama «baseless spin»).
- Israel Democracy Institute (bloque de Netanyahu en 2022: 64 bancas).
- Reuters, 28/5/2024 (reconocimiento de España, Irlanda y Noruega); DW (Macron, 22/9/2025); Arab News (la embajada francesa condicionada a la liberación de los rehenes).
- Il Giorno, «Cartello e polemiche: “Sionisti non graditi”. Rimosso in 24 ore» (via Statuto, Milán).
- BBC Mundo (Ámsterdam, noviembre de 2024; declaraciones del primer ministro Dick Schoof).
- The New York Times, 2/3/2016, y Haaretz, 3/4/2024 (ejecución de Mahmoud Ishtiwi por Hamás).
- Malcolm X, «Message to the Grass Roots», Detroit, 10 de noviembre de 1963 (Teaching American History).
- Wikipedia, «Nawaf Salam» y «King of Jordan»; Swissinfo (Septiembre Negro, 1970); ley libanesa 296 de 2001 sobre propiedad de refugiados palestinos.
- Nassim Nicholas Taleb, Skin in the Game (2018).
- Columnas propias citadas: «Yo, apróstata»; «El dolor del apróstata»; «La granja de odio del antisionismo». El término apróstata es de Darwin Desbocatti.
Las imágenes de esta columna son alegóricas y fueron generadas con inteligencia artificial. No representan personas reales ni hechos documentados. Toda la responsabilidad del texto es del autor.
Cómo citar: BORKENZTAIN, B. (2026). Los mejores votantes de Ben Gvir no votan en Israel. Zenodo. https://doi.org/10.5281/zenodo.23809718
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