OPINIÓN · ENSAYO · SETIEMBRE 2026 · ANTISEMITISMO AL DESCUBIERTO
WOKISMO Y COMUNISMODOS VARAS Y NINGUNA VERGÜENZA
Sobre una moral que se declaró provisoria y sobre otra que nunca se firmó
BERNARDO BORKENZTAIN
«Necesitan un código moral particular, práctico y al mismo tiempo elástico, como unos buenos tirantes.»
LEÓN TROTSKY, Su moral y la nuestra, 1938.
Lo dice de sus adversarios.
En mayo de 2026, en una entrevista larga, Óscar Andrade dijo dos cosas separadas por unos pocos minutos. Primero, que hacer piruetas para no condenar el genocidio en Gaza es una línea roja que no se puede transitar nunca, y que no se lo explica ni a sí mismo. Después habló del presidente que había hecho esas piruetas. Dijo que fue una equivocación visitar un portaaviones nuclear al salir de un Primero de Mayo antiimperialista. Y que no por eso Yamandú deja de ser nuestro compañero, que es el presidente de la República y que militamos para que gane.
No hay contradicción ahí. Hay dos varas, y las dos funcionan perfectamente. La línea roja aplica hacia afuera. Hacia adentro aplica el compañero.
Lo interesante no es que Andrade tenga dos varas. Todos tenemos dos varas, y quien diga que no, miente o no se revisó nunca. Lo interesante es que en su tradición eso no es una falla que haya que disimular. Es doctrina escrita, publicada, defendida con argumentos y disponible en cualquier biblioteca desde hace casi noventa años.
Wokismo es un término despectivo, acuñado por la derecha estadounidense y usado como cachiporra. Lo uso igual, por dos razones. La primera es de oficio: «progresismo identitario» cansa a la tercera vez que se lee y acá habría que escribirlo treinta. La segunda no es de oficio. No creo que esto tenga nada que ver con el progreso, así que no le voy a prestar la palabra.
De eso quiero hablar, y empiezo por el título que descarté.
I
LA TENTACIÓN Y LA CITA

Iba a titular esto «los comunistas no tienen moral». Me gustaba. Tenía filo, era corta, y me sacaba una espina vieja.
No la voy a usar. Es falsa, y me deja peor parado a mí que a ellos.
Sí tienen una moral. Está escrita y la vienen defendiendo hace un siglo. Decir que no tienen ninguna les entrega la refutación más barata que existe, que consiste en abrir el libro y señalar la página donde está escrita. Lo que no tienen es una moral universal, y eso no lo tengo que demostrar yo.
Hay dos cosas que se mezclan todo el tiempo, y yo también las mezclé.
En el ambiente del agravio, favorecer al propio no está escrito en ninguna parte. Emerge de lo que ese ambiente premia y castiga, sin que nadie lo haya decidido y sin que nadie pueda mostrar dónde se votó. Por eso ahí la explicación tiene que ser de incentivos: no hay otro lugar donde buscarla.
En la tradición de Andrade no hay nada que explicar. Favorecer al compañero es regla, y está redactada y defendida por escrito. Es una obligación que asumieron por escrito y que cumplen. Buscarle una causa oculta a una conducta que su autor declaró de antemano es perder el tiempo y, de paso, subestimarlo.
Trotsky escribió que las normas éticas obligatorias para todos son un fraude milenario de la clase dominante, diseñado para paralizar la rebelión de los explotados. Escribió que la moralidad de un acto depende de la naturaleza de clase de quien lo ejecuta y del fin histórico al que sirve. Lenin, en sus tesis de 1920 sobre las cuestiones nacional y colonial, escribió que el Partido debe desechar los principios abstractos o formales sobre la igualdad y sostener en su lugar la diferencia entre naciones oprimidas y naciones opresoras.
Eso no lo deduje yo de la conducta de nadie. Lleva firma, fecha y argumento propio. Un hipócrita esconde su regla. Acá la regla salió publicada, con editorial y año.
Y una vez que está firmado, cambia el estatuto de todo lo demás. Cuando alguien que suscribe eso aplica una vara a Gaza y otra a Cuba, no está siendo incoherente: está siendo fiel. El doble estándar no es una traición al marco, es el marco. Pedirle consistencia universal a quien escribió que la consistencia universal es un fraude de clase equivale a exigirle a un ajedrecista que mueva el alfil en línea recta.
El chiste del epígrafe no lo hice yo. Trotsky describe un código moral práctico y elástico como unos buenos tirantes, y lo dice acusando a otros: a los moralistas centristas que predican una ética universal. En el mismo párrafo sostiene que esos señores están dispuestos a la renegación, la perfidia y la traición, y que en la esfera sagrada de sus intereses personales el fin justifica los medios. Un texto dedicado a demostrar que el fin justifica los medios cuando lo aplica una clase. La frase que mejor describe la doctrina es una acusación que la doctrina le hace a otro.
Sesenta años después, un dirigente comunista se explicó a sí mismo con una franqueza que agradezco.
En marzo de 2013, ante la Unión de Juventudes Comunistas de Aragón, Pablo Iglesias habló de Fort Apache, el programa que conducía en HispanTV, el canal en español de la radiodifusora estatal de la República Islámica de Irán. Se hizo él la pregunta incómoda: mucha gente puede decir que si son de izquierda cómo aceptan hacer un programa para un gobierno como el de Irán, que es una teocracia. Y se contestó: a los alemanes les interesaba poner un tren a Lenin para desestabilizar Rusia; a los iraníes les interesa que se difunda en América Latina y en España un discurso de izquierda porque afecta a sus adversarios. La geopolítica es así, agregó, y no vamos a ser los únicos imbéciles que no hagan política cuando todo el mundo la hace.
La analogía del tren la eligió él.
Iglesias no negó la naturaleza del régimen. La enumeró. No alegó desconocimiento ni le faltó ningún dato: tenía el dato y siguió. Lo que decidía era a quién le servía.
Y la enumeración incluía, según su propia formulación posterior, que Irán es un Estado que asesina comunistas. El que cobraba era el dirigente comunista.
Trece años antes de esa charla, Lenin había instruido a los partidos comunistas del mundo sobre este punto. Está en el mismo documento donde manda desechar la igualdad formal. Tercer punto: combatir el panislamismo y las tendencias similares, que buscan combinar el movimiento de liberación antiimperialista con el fortalecimiento de janes, terratenientes y mulás.
Nadie firmó un pacto. Nadie tuvo que hacerlo. La instrucción sigue publicada y no hay ningún documento donde alguien explique cuándo dejó de regir.
(Las declaraciones de 2013 están registradas en video y reproducidas por varios medios, todos de posición opuesta a Iglesias. No encontré confirmación en un medio sin interés en el caso. Queda dicho.)
II
DOS MORALES QUE NO SE PARECEN EN NADA
Yo tenía dos cosas metidas en la misma bolsa y no son la misma cosa.
Existe una versión muy difundida, sobre todo en la derecha cultural anglosajona, según la cual el wokismo es hijo del marxismo. Marcuse lo engendra, Lenin aporta el método, Trotsky le cambia los pañales descartables hipoalergénicos perfumados. Es una escena cómoda y no ocurrió nunca. Basta poner las dos morales una al lado de la otra.
La moral comunista clásica exige un sujeto duro. Lenin lo escribe en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. El pequeño propietario arruinado por el capitalismo adquiere fácilmente una mentalidad ultrarrevolucionaria, pero es incapaz de serenidad, de organización, de disciplina y de firmeza. Y esas veleidades son inconstantes y estériles: mudan en sumisión, en apatía, en imaginaciones fantásticas. Su programa educativo no es de consuelo: es trabajo práctico, colectivo y físico. El sujeto que esa tradición quiere producir se vuelve fuerte para vencer y se traga la incomodidad sin chistar.
La moral del agravio produce exactamente lo contrario. Ahí el estatus se consigue exhibiendo el daño. Lo que cotiza es la vulnerabilidad declarada, y la posición de máxima autoridad la ocupa quien fue más lastimado. Lenin habría despreciado a la totalidad de ese ambiente, con una prosa que hoy sería impublicable.
Son dos economías morales que no se parecen en nada, y hoy conviven en el mismo bloque y hasta se necesitan. Llegan al mismo lugar por caminos opuestos: una hace la excepción por doctrina, la otra la hace porque no rinde preguntar.
El comunista es auditable. Dejó el método por escrito, con nombre de autor, año y editorial. Uno puede ir, leerlo y decirle: esto es lo que firmaste, y esto es lo que hiciste con eso.
El otro escribió muchísimo y no firmó nada. Hay bibliografía por metros, hay cátedras, hay revistas, hay un vocabulario entero. Lo que no hay es un documento que alguien reconozca como obligatorio: ninguna corriente sale a decir acá está, esto suscribimos, mídannos con esto. Y por eso no hay nada que auditar. No se puede acusar a nadie de traicionar un texto que nadie firmó.
La moral que se declaró provisoria resulta, al final, más transparente que la que se cree universal.
III
EL MOSTRADOR SE AGRANDA SOLO
En 2016 el psicólogo australiano Nick Haslam publicó un trabajo sobre lo que llamó concept creep, el estiramiento de los conceptos. Estudió seis palabras de su disciplina: abuso, acoso, trauma, trastorno mental, adicción y prejuicio. Encontró dos movimientos.
Uno horizontal, que hace que la palabra abarque fenómenos que antes eran otra categoría: el acoso pasó del patio de escuela a la oficina y después a la pantalla, y la adicción dejó de requerir una sustancia. Otro vertical, que baja el umbral: trauma dejó de nombrar lo que amenaza la vida y pasó a nombrar una semana mala.
A Haslam conviene citarlo entero, porque su honestidad es la parte útil. Buena parte de ese estiramiento es progreso. Hubo daños reales que durante décadas no tuvieron nombre y por eso no tuvieron reparación, y ponerles nombre fue una conquista. Quien la niegue está defendiendo el mundo donde a una mujer golpeada se le decía que eran cosas del matrimonio.
El problema no es que la expansión sea mala. Es que como trae cosas buenas no tiene freno interno. Cada tramo nuevo agranda la población que puede reclamar el estatus, y cada ampliación se justifica con el mismo argumento con que se justificó la anterior, que era legítimo.
Ahora apliquen eso a las palabras que a mí me ocupan.
Colonialismo era la administración de un territorio por una metrópoli en beneficio de esa metrópoli. Hoy nombra a un Estado sin metrópoli, cuya población descendía en buena parte de refugiados de los países que los habían expulsado. Apartheid era un régimen jurídico sudafricano con leyes de registro racial y prohibición de matrimonios mixtos. Hoy nombra una situación donde dos millones de ciudadanos árabes votan, tienen partidos propios y jueces en la Corte Suprema. Genocidio era la intención de destruir a un grupo como tal, y era el nombre técnico de lo que le pasó a parte de mi familia.
Cada una de esas tres palabras merece su propia columna y las va a tener, porque discutirlas en serio lleva más espacio del que hay acá y porque la controversia sobre ellas es real y no se resuelve con una definición de diccionario. Lo único que me interesa señalar ahora es el movimiento, que en los tres casos es el mismo: vertical. Se baja el umbral, no se cambia de categoría. Y como cada bajada individual se puede defender con un argumento razonable, no hay ningún punto del recorrido donde alguien pueda decir «acá nos pasamos» sin quedar del lado de los que niegan.
Por eso es tan difícil de discutir. No hay un mentiroso a quien señalar, y una discusión sin culpable no le sirve a casi nadie.
IV
EL QUE NO TIENE OBRA
Nietzsche sirve para nombrar esto, pero el error que se comete con él es tan frecuente que conviene desactivarlo primero.
Se suele decir «mala conciencia» para nombrar esto. Está mal. En La genealogía de la moral son dos cosas distintas y consecutivas. El resentimiento es el tratado primero: la moral que no puede afirmarse a sí misma y por eso empieza diciendo no a un afuera, la valoración reactiva que necesita un enemigo para constituirse. La mala conciencia es el tratado segundo: la crueldad que no encuentra salida hacia afuera y se vuelve contra uno mismo. Lo que nos ocupa es el primero.
El resentimiento, en esa descripción, es un mecanismo de producción de valor para quien no tiene otro. El fuerte se valora a partir de lo que hace; el reactivo se valora a partir de lo que condena. No es una diferencia de bondad: es una diferencia de método. Uno afirma primero y el otro necesita un malvado como paso previo a cualquier afirmación propia.
Traducido a hoy, y sin ninguna hipótesis sobre la interioridad de nadie: en un ambiente donde el estatus se consigue denunciando y no haciendo, va a haber mucha denuncia y poca obra. Y no todos los que denuncian son lo mismo. Está el que leyó y sabe lo que hace, está el que repite lo que escuchó, está el que calcula qué le conviene a su carrera y está el que se lo cree con toda el alma. Los cuatro producen el mismo tuit. Esa es justamente la prueba de que el mecanismo no depende de lo que haya adentro de cada uno. No porque la gente sea despreciable, sino porque es lo que paga. Cambien la estructura de premios y las mismas personas se comportan distinto. Esa es la parte que Nietzsche no vio, porque él estaba describiendo tipos humanos, y es la parte donde yo no lo sigo.
Hay que decir además de dónde viene el préstamo, porque no es inocente. Nietzsche escribía contra el socialismo y contra el cristianismo de su tiempo, y hay un tramo de su vocabulario que la peor gente del siglo XX supo aprovechar. Tomo el mecanismo y dejo el resto en el estante. Quien quiera usar eso para descalificar el argumento, que lo intente: el mecanismo funciona igual sin él.
Donde el resentimiento se junta con Girard, el circuito casi se cierra. El resentimiento provee el afecto y el chivo expiatorio provee la unanimidad. Falta todavía un tercer elemento, el que impide que el sistema se caiga cuando la víctima protesta.
V
QUIÉN NO IMPORTA
A Herbert Marcuse lo leí de grande, sin la conversión que produce leerlo a los veinte. Eso probablemente me hace peor lector y mejor testigo.
Su argumento de 1965 es este. En una sociedad de medios concentrados, la tolerancia neutral es una farsa: tratar por igual al que tiene el aparato y al que no lo tiene equivale a tomar partido con anestesia. Peor todavía, las mentes ya vienen preformadas por el consumo y por un lenguaje que estabiliza los significados para repeler la contradicción, de modo que el debate libre no libera nada, ratifica. A eso lo llama falsa conciencia, y concluye que romperla exige una tolerancia deliberadamente parcial: ampliar la de la izquierda, restringir la de la derecha. Admite sin eufemismos que eso equivale a censura y precensura.
Antes de seguir tengo que corregir algo mío. En un borrador anterior de esta columna escribí que la lista de Marcuse incluía expresamente la discriminación por raza y por religión, y que la izquierda le había amputado ese renglón. Era una imagen linda y era falsa. Fui a los textos y no está: la mención del racismo aparece recién en una carta pública de 1970, donde sostiene que la libertad de expresión no debería extenderse a la defensa de la esclavitud, el genocidio y el racismo disfrazados de necesidades patrióticas. Lo escribo acá porque una serie sobre citas mal atribuidas no puede corregirse en silencio.
Lo que encontré en cambio es peor.
Marcuse dice que la tolerancia indiscriminada se justifica en los debates inofensivos, en la conversación, en la discusión académica, y que es indispensable en la empresa científica y en la religión privada.
Ahí está todo.
La religión no queda protegida por respeto. Queda protegida por irrelevancia, en la misma lista que las charlas inofensivas. Es tolerancia por insignificancia, y funciona mientras la religión sea privada. Un pueblo cuya identidad es a la vez religiosa, nacional y colectiva no entra en esa categoría por construcción: en cuanto es pueblo, en cuanto es Estado, en cuanto pesa, sale del amparo. No hizo falta ninguna excepción. La categoría ya estaba diseñada para no cubrirlo.
Fíjense además en la discusión académica, que figura en esa misma lista de lo inofensivo. Unas páginas más adelante, el mismo ensayo pide nuevas y rígidas restricciones a las enseñanzas y prácticas de las instituciones educativas que encierran la mente en el universo establecido del discurso.
La lista de lo que no importa no se sostiene ni dentro del propio texto.
Y cuando alguien señala esto, la respuesta llega con el instrumento del propio Marcuse dado vuelta. Casi nunca se discute el dato. Se discute la capacidad de percibir de quien lo trae: está condicionado, está capturado, no puede ver, es sionista. Y no es una figura retórica. Hay un antecedente uruguayo donde esa sospecha, sola y sin más trámite, bastó para suspender un curso universitario. Eso es falsa conciencia usada como forma de no contestar, y es el uso más perverso posible de la idea, porque Marcuse la formuló para abrir el espacio de la negación y acá se la emplea para clausurarlo. Un dispositivo que declara síntoma a toda objeción no tiene fondo: sirve para cualquier cosa, contra cualquiera, y quien lo empuña nunca se equivoca.
Contra eso, y esto sí lo escribió él, queda su propia frase del epílogo de 1968: tolerar la propaganda de la inhumanidad vicia los objetivos no solo del liberalismo sino de toda filosofía política progresista.
No hace falta ninguna lista. Alcanza con esa oración y con mirar quién queda afuera.
VI
LA MARCHA LARGA TIENE DOMICILIO
Todo esto puede sonar a discusión de biblioteca. Hay un programa y dos fechas uruguayas.
Alrededor de 1967, el dirigente estudiantil alemán Rudi Dutschke acuñó una consigna: la larga marcha a través de las instituciones. La imagen venía de la Larga Marcha del ejército comunista chino, y la idea era producir el cambio radical formando parte de aquello que se quiere cambiar. Marcuse le escribió en 1971 para decirle que consideraba esa noción el único camino efectivo, y en Contrarrevolución y revuelta, en 1972, la explicó así: trabajar contra las instituciones establecidas trabajando dentro de ellas, no simplemente carcomiéndolas desde adentro sino haciendo el trabajo, aprendiendo a programar computadoras, a enseñar en todos los niveles de la educación, a usar los medios masivos, a organizar la producción; y la marcha larga incluye el esfuerzo concertado por construir contrainstituciones.
Nadie se infiltró en ningún lado. Estaba escrito, publicado y firmado por el filósofo más leído de su generación. Aprender a enseñar en todos los niveles y construir contrainstituciones. En letra de molde, en un libro que se consigue.
En 2024, la Facultad de Humanidades suspendió preventivamente un curso sobre laicidad por la sospecha de que su docente fuera sionista.
En agosto de 2026, la Facultad de Ciencias Sociales lanzó el curso de educación permanente «Palestina e Israel, Nakba, conflicto y genocidio. Visiones desde la Udelar», con el respaldo institucional explícito de AFFUR, el PIT-CNT, FUCVAM, el semanario Brecha y la Coordinadora por Palestina. El programa no presenta genocidio, limpieza étnica ni escolaricidio como categorías en disputa académica: los pone como ejes temáticos, sin una sola voz docente que sostenga la posición contraria.
El criterio mínimo acá no es que el curso no deba existir. Es más modesto y más difícil de discutir: un programa universitario que da por resueltas tres calificaciones jurídicas que están en disputa ante tribunales internacionales tendría que incluir a alguien que sostenga la otra posición. No incluye a nadie. Y la facultad que dos años antes suspendió un curso por la sospecha de que el docente pensara distinto es la vecina de enfrente.
Educación permanente. Contrainstituciones. Respaldo sindical.
Nadie necesita haber leído a Marcuse para hacer eso. El programa estaba escrito igual, y ejecutarlo sin conocerlo es peor que copiarlo: quiere decir que ya no hace falta el texto.
VII
LA CONCESIÓN QUE LE DEBO
Marcuse tenía razón en algo que sigue siendo cierto y que la derecha no quiere escuchar: la neutralidad formal, en condiciones de desigualdad material grosera, no es neutral. Dar el mismo micrófono al que tiene la agencia de publicidad y al que tiene un volante fotocopiado produce un resultado que se parece a la justicia y no lo es. Eso es verdad y no tengo con qué refutarlo.
Y tenía razón en algo más.
Marcuse describió el señalamiento virtuoso antes de que existiera, aunque no lo llamó así. Describió cómo un ambiente puede volver rentable la exhibición de la posición correcta. La diferencia, y es enorme, es que para él eso era un instrumento con una finalidad política declarada: romper la falsa conciencia y llegar a algún lado. Había un proyecto, había un destino, había un costo asumido y explicitado.
Lo que veo hoy no tiene proyecto. El ciberfariseo, que es como llamo a esto y de dónde viene esa palabra lo expliqué en otra parte, no está rompiendo ninguna falsa conciencia. Está buscando una descarga. La denuncia calibrada para el aplauso de la tribu, la piedad que necesita testigos o no existe. Y el chute de saberse del lado bueno sin haber averiguado nada.
Marcuse quería una contraeducación. Lo que hay es un timeline.
Esa es la concesión, y no es chica: los autores que critico eran más serios que quienes hoy los invocan sin haberlos leído. Iglesias, al menos, citó a Lenin correctamente.
VIII
DE VEINTE PESOS, SIETE
Debería decir desde dónde escribo.
Mi izquierda no empieza en 1917. Empieza en Batlle y Ordóñez y llega hasta Tabaré. Es la izquierda que construyó un Estado que funciona, que estatizó cuando había que estatizar y que nunca necesitó declarar provisoria la moral universal para hacer nada de lo que hizo. No hubo que suspender ninguna ética de clase para sacar la ley de ocho horas.
Y tiene un criterio que aplico a todo, incluso a esto. De cada veinte pesos que se sacan para redistribuir, tienen que llegar siete u ocho al destinatario. Si llegan tres porque el resto se lo comió la estructura, los cargos de confianza y los amigos colocados, eso no es izquierda: es un sistema de empleo con retórica. La diferencia entre las dos cosas es aritmética, no ideológica, y esa aritmética es la que a mí me importa.
Digo esto como socialista liberal, no como derechista, y sé perfectamente que decirlo así en Montevideo garantiza que la mitad de mis lectores traduzca la frase como una confesión.
Del semanario que aparece en la lista de respaldos del curso no voy a hablar mucho, entre otras cosas porque nunca fui lector suyo. Puedo decir algo más chico y más honesto: antes no lo despreciaba. El cambio no es que me haya vuelto enemigo. Es que dejé de suponerle buena fe por defecto, y esa suposición era gratis y la perdí, y no la voy a recuperar por un editorial.
Perdí gente por escribir estas cosas. Es un precio barato. No lo digo con heroísmo, lo digo con alivio: cuando el costo de decir algo es perder a quien te dejaba de hablar por decirlo, el costo estaba mal calculado desde antes.
Lo único que revisaría de mí mismo, y lo revisaría en serio, son las formas. En los conceptos no me muevo. Pero hubo veces en que grité, y gritar es la manera más eficaz de conseguir que el otro no escuche. Es exactamente el mecanismo que denuncio, y lo practiqué, con una reincidencia que todavía no terminé de erradicar. Estas columnas son mi intento de un camino distinto al de insultar idiotas.
No espero convencer a nadie que ya haya cerrado el asunto. La fusión de identidad no se disuelve con un argumento, y quien tenga el credo pegado a la cara va a leer esto como un ataque a la cara.
Lo que sí me alcanzaría, y lo digo sin falsa modestia porque es literalmente todo lo que pido, es que un lector se pare frente a un solo dogma. Uno. El que sea. Que agarre una de las cinco consignas que repite y se pregunte, no si es justa, sino si podría explicarla frente a alguien que la conozca bien.
Si la respuesta es que no, ya está. No hace falta que cambie de posición. Alcanza con que registre que estuvo sosteniendo con el cuerpo algo que no verificó con la cabeza, y que eso, en alguien que se define por su lucidez, es más grave que estar equivocado.
Trotsky nunca pretendió lucidez. Pretendió eficacia, y lo escribió. Los que lo citan sin haberlo leído quieren las dos cosas, y no van a poder tenerlas juntas.
Queda una pregunta que este texto no contesta y que me viene molestando desde la primera línea. Si la moral escrita se puede auditar y la otra no, ¿de dónde saca su autoridad la que nadie firmó? Alguien la sostiene, alguien la aplica y alguien decide a quién alcanza. Esa parte todavía no tiene nombre.
Fuentes y verificaciones
Trotsky, L. (1938). Su moral y la nuestra. La comparación del código moral con «unos buenos tirantes» está en la sección «Un episodio edificante», referida a los moralistas centristas. Verificado contra edición en español y contra la traducción inglesa de The New International (mayo de 1938), donde figura como «like good suspenders».
Lenin, V. I. (1920). Tesis sobre las cuestiones nacional y colonial, para el II Congreso de la Internacional Comunista. Rechazo de los principios abstractos o formales de igualdad; distinción entre naciones oprimidas y opresoras; e instrucción, en el tercer punto, de combatir el panislamismo y las tendencias similares que buscan combinar el movimiento de liberación con el fortalecimiento de janes, terratenientes y mulás.
Lenin, V. I. (1920). La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, capítulo IV. Caracterización del pequeño propietario arruinado que adquiere mentalidad ultrarrevolucionaria pero es incapaz de serenidad, organización, disciplina y firmeza. Verificado contra edición en español.
Iglesias, P. (marzo de 2013). Conferencia ante la Unión de Juventudes Comunistas de Aragón. La analogía del tren precintado de Lenin y la formulación sobre el interés iraní en difundir un discurso de izquierda están registradas en video y reproducidas por múltiples medios, todos de posición opuesta al orador. No hallé confirmación en un medio sin interés en el caso; la limitación queda consignada en el cuerpo del texto. Las facturas de 2016 por 12.600 euros, en cambio, constan en documentos remitidos a sede judicial. La cifra de 9,3 millones y la financiación de Podemos están disputadas, entre otros por Ignacio Cembrero en La España de Alá, y por eso no se usan acá.
Marcuse, H. (1965). «Repressive Tolerance», en A Critique of Pure Tolerance, con el epílogo de 1968. La tolerancia indiscriminada como justificada en debates inofensivos, conversación y discusión académica, e indispensable en la empresa científica y la religión privada. Las restricciones rígidas a la enseñanza. La frase sobre la propaganda de la inhumanidad, del epílogo. Corrección expresa: la lista del ensayo no menciona discriminación por raza ni religión; la mención del racismo es de la carta «The True Nature of Tolerance», de 1970.
Dutschke, R. (c. 1967) y Marcuse, H. (1972). Contrarrevolución y revuelta, Beacon Press, pp. 55-56: la larga marcha a través de las instituciones, el aprendizaje de enseñar en todos los niveles y el esfuerzo concertado por construir contrainstituciones. Carta de Marcuse a Dutschke de 1971. Advertencia de procedencia: esta cita circula mayoritariamente en sitios de derecha; se cita por el libro y la página, nunca por ellos.
Haslam, N. (2016). «Concept Creep», Psychological Inquiry, 27(1), 1-17.
Nietzsche, F. (1887). La genealogía de la moral, tratados primero y segundo.
Andrade, Ó. (mayo de 2026). Legítima Defensa 2.ª Dosis, Caras y Caretas, 18 de mayo de 2026; declaraciones recogidas también por FUCVAM.
Udelar. Curso «Palestina e Israel, Nakba, conflicto y genocidio», Facultad de Ciencias Sociales, agosto de 2026. Suspensión preventiva del curso sobre laicidad, 2024.
Sobre lo que este texto no hace. No se atribuyen estados mentales a colectivos ni rasgos de carácter a militancias, no se postula ninguna coordinación oculta y no se usa la palabra alianza ni la palabra infiltración, porque nada de eso hace falta: todo lo que se afirma acá está publicado por sus autores. Quedaron fuera las escalas de victimismo interpersonal, que miden individuos, y la cadena que va del estiramiento conceptual a la indefensión aprendida, cuyo eslabón final corrigió el propio Seligman en 2016.
Rojo: lo que está escrito · Azul: lo que nunca se firmó
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