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La baratija del libelo colonial

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Antisemitismo al descubiertoPieza cuatro

o cómo se rebaja la definición para cobrar la sentencia al precio de Argelia

Por Bernardo Borkenztain

«Lo que observamos no es la naturaleza misma, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación.»

Werner Heisenberg, Física y filosofía, 1958.

ILa frase que vino con un boomerang adentro

En mayo de 2023, Brecha publicó una columna llamada «Ya es hora de una autocrítica» que le reprocha a la izquierda uruguaya no haber roto del todo con lo que llama, con todas las letras, «el proyecto colonial, racista y supremacista llamado sionismo». No es una frase suelta ni un exabrupto de redes: es el eje de un texto largo, aparecido en el semanario que se considera heredero de Marcha, y escrito con la seriedad de quien cree estar diciendo algo evidente.

En medio de ese texto hay otra frase. Una que funciona como argumento de autoridad moral, casi al pasar, para explicar por qué a los uruguayos nos cuesta tanto ver lo que la columna ve. Dice así: «El colonialismo está en el ADN de Uruguay, un país creado por los intereses del imperialismo británico».

Es cierto. Es enteramente cierto, y esa es la parte incómoda. No hay una sola palabra de esa oración que yo quiera discutir. El Estado en el que nací se selló en una convención de paz firmada en 1828 bajo mediación británica, entre dos imperios de segunda mano que preferían un colchón antes que una frontera común. Y a menos de un año de jurar su primera Constitución resolvió el problema de sus habitantes originarios con una operación militar. La columna de Brecha lo dice mejor de lo que suele decirse en este país, donde el asunto se despacha con un párrafo de manual escolar.

Esa columna no advirtió que acababa de escribir, en sus propias páginas, la refutación de su propia tesis. La dejó ahí, a mitad de camino, como quien apoya un arma cargada sobre la mesa y sigue hablando de otra cosa. Este capítulo trata de eso: de qué pasa cuando se toma esa frase en serio, mucho más en serio de lo que la tomó quien la escribió, y se la aplica con la misma vara a los dos lados del océano.

Antes conviene establecer que el cargo existe, que es local y que no es marginal, porque siempre aparece alguien a decir que uno se fabricó el enemigo. El día en que escribo esto, Caras y Caretas publica una entrevista al politólogo Christian Mirza, vocero de la Coordinación por Palestina y exdirector de Derechos Humanos del Ministerio de Desarrollo Social, donde sostiene que el Estado de Israel es «el último proyecto europeo de colonialismo por asentamiento». En febrero de 2026, a propósito de una resolución del Consejo Directivo Central de la Universidad de la República, Alma Bolón publicó en La Izquierda Diario una tribuna sobre «las condiciones de existencia y expansión del Estado colonialista, racista y supremacista de Israel». Dos meses después, BDS Uruguay y el colectivo Judíxs contra el genocidio palestino firmaron en Brecha una carta que define al sionismo como «una ideología colonialista surgida en Europa central y del Este a fines del siglo XIX». Y la propia Brecha tituló, en una entrevista al historiador palestino-estadounidense Rashid Khalidi, «El sionismo siempre ha sido un proyecto colonial».

Hay un detalle cronológico que conviene guardar. En agosto de 2016, siete años antes del 7 de octubre, Brecha ya traducía y publicaba un artículo de Ben White sobre «el colonialismo de asentamiento en Palestina» y «el colonialismo sionista». Nadie sostiene que el marco haya nacido con la guerra de Gaza, y sería tonto sostenerlo: la bibliografía es de 1967 y de 2006. Lo que el dato muestra es otra cosa, y es sobre nosotros: cuando el marco llegó a Montevideo no llegó como reacción emocional a unos muertos en la televisión. Llegó antes, tranquilo, en horario de oficina. Así que tampoco puede excusarse como un desborde del dolor.

IILa toga

De los cinco libelos, este es el único que llega con notas al pie. Los otros cuatro se gritan; este se cita. Y como se cita, intimida, que es exactamente para lo que sirve una toga. Corresponde entonces presentarlo en su mejor versión, porque desarmar un muñeco de paja no le sirve a nadie y menos que a nadie a quien quiere entender algo.

La genealogía empieza en un lugar que a mucho militante actual le sorprendería, y no es una universidad. En 1965, el Centro de Investigaciones de la Organización para la Liberación de Palestina publicó en Beirut una monografía de Fayez Sayegh titulada «Zionist Colonialism in Palestine». Ahí está armado, entero y antes que en ninguna otra parte, el marco que hoy se cita como hallazgo académico: el sionismo como empresa de colonización de poblamiento, con su lógica de exclusión y de reemplazo del nativo. No fue una hipótesis de trabajo sometida a revisión de pares. Fue el documento de posición del departamento de investigación de una organización política en guerra, escrito para una función, y la cumplió. Cuarenta y siete años más tarde, en 2012, la revista Settler Colonial Studies lo reeditó como texto fundacional del campo. Mírese ese orden dos veces. Y midamos la afirmación, que si la estiro me la voltean: Wolfe y Veracini no copiaron a Sayegh, construyeron una teoría propia con casos propios, y sería falso decir que se limitaron a heredarla. Lo que sí ocurrió, y es bastante, es que el caso israelí no entró en ese campo por descubrimiento sino por recepción. Llegó ya formulado, ya nombrado y ya cargado por quien lo había armado como arma. La academia lo tradujo, lo reformuló y le puso las notas al pie décadas después.

Diez años después llegó la coronación institucional, y la firma el mismo hombre. En noviembre de 1975 la Asamblea General de las Naciones Unidas votó la Resolución 3379, que declaraba al sionismo una forma de racismo, empujada por el bloque soviético, los Estados árabes y buena parte del movimiento de no alineados. El principal redactor de aquel texto fue Fayez Sayegh. La misma persona que había escrito la monografía de Beirut estaba, una década más tarde, poniéndole el sello de las Naciones Unidas.

Digamos hasta dónde llega el expediente y dónde se termina, porque a mí me tocó resistir la tentación de estirarlo. La documentación soviética disponible, empezando por el archivo Mitrokhin, prueba una relación estrecha entre el KGB y las organizaciones palestinas desde fines de los años sesenta. El reclutamiento de Wadie Haddad en 1969, los envíos de armas autorizados por Brézhnev en 1970 y, más tarde, el fichaje de dirigentes de primera línea. Todo eso es posterior a 1965. El archivo no sostiene que la monografía se haya encargado en Moscú, y yo no lo voy a sostener. Lo que sí queda establecido es otra cosa, y alcanza: el vehículo que llevó esa tesis hasta el estrado de la Asamblea General estaba, para 1975, encastrado en el aparato soviético.

Y ahí viene lo que más me importa, que es lo que pasó después. La resolución fue derogada en diciembre de 1991, apenas se derrumbó la Unión Soviética que la había impulsado. Podría pensarse que con eso el asunto quedó saldado. No quedó saldado nada. La derogación tardó dieciséis años y ocupó dos párrafos de un cable de agencia, mientras la ecuación había tenido dieciséis años de aulas, de cátedras, de resoluciones derivadas y de sentido común. Diez años más tarde, en 2001, la conferencia de la ONU contra el racismo en Durban terminó con Estados Unidos e Israel retirándose y con un foro paralelo de organizaciones no gubernamentales aprobando una declaración que acusaba a Israel de racismo y de apartheid. Lo derogado había vuelto, y volvió con auspicio internacional. Ya vimos en el capítulo anterior lo que cuesta desmontar una falsedad frente a lo que cuesta emitirla; una institución no es la excepción a esa aritmética, es su demostración más cara. Un enunciado que hay que anular formalmente y que sobrevive a su propia anulación no era una descripción del mundo. Era un artefacto.

Recién después, y con esa herencia ya adentro, viene la parte universitaria. En junio de 1967, en el número especial de Les Temps Modernes que Sartre dedicó al conflicto árabe-israelí, el historiador y orientalista francés Maxime Rodinson publicó un ensayo titulado «Israël, fait colonial?». Rodinson era judío, marxista, militante comunista, hijo de dos inmigrantes rusos asesinados en Auschwitz en 1943. Su tesis, traducida al inglés como libro en 1973, sostenía que la implantación israelí en Palestina se inscribía en el patrón general de la expansión colonial europea del siglo XIX, y que los árabes de Palestina tenían sobre esa tierra los mismos derechos que los franceses sobre Francia.

Tituló con signo de interrogación, sí, pero no nos hagamos los distraídos: contestó que sí. Lo que sus herederos le borraron no es el signo, son las salvedades que puso al lado de la respuesta. En ese texto y en los que le siguieron sostuvo que los judíos israelíes constituían ya una nacionalidad nueva, un hecho nacional con cultura propia y con derechos colectivos. Criticó de frente la ilusión de repetir el guion argelino, porque la analogía no se sostenía. Describió el conflicto como el producto trágico de dos pueblos empujados uno contra otro por fuerzas que ninguno controlaba. Y pidió negociaciones con reconocimiento de las dos comunidades. La consigna se quedó con el diagnóstico y tiró el resto de la historia clínica.

La fabricación del marco

  • Origen político
  • Recepción académica
  • Llegada a Montevideo
  1. 1965Fayez Sayegh publica «Zionist Colonialism in Palestine» en el Centro de Investigaciones de la OLP, Beirut
  2. 1967Maxime Rodinson, «Israël, fait colonial?», en Les Temps Modernes
  3. 1975Resolución 3379 de la Asamblea General. Redactor principal: Sayegh
  4. 1991Derogación de la 3379, al caer la Unión Soviética que la impulsaba
  5. 2001Durban. Lo derogado vuelve, con auspicio internacional
  6. 2006Patrick Wolfe funda el campo. Lorenzo Veracini publica «Israel and Settler Society»
  7. 2012Settler Colonial Studies reedita a Sayegh como texto fundacional
  8. 2016Brecha traduce y publica «el colonialismo de asentamiento en Palestina»
  9. 2020Rashid Khalidi, «The Hundred Years War on Palestine»
  10. 2023«El proyecto colonial, racista y supremacista llamado sionismo», Brecha
  11. 2026«El último proyecto europeo de colonialismo por asentamiento», Caras y Caretas
El aparato académico no descubrió el caso israelí. Lo recibió ya formulado y ya cargado, y le puso las notas al pie décadas después.

La formulación teórica dura vino después, y no vino de Medio Oriente. En 2006, en el Journal of Genocide Research, el antropólogo australiano Patrick Wolfe publicó «Settler colonialism and the elimination of the native», el texto que fundó el campo tal como se lo usa hoy. Su tesis cabe en seis palabras que se volvieron consigna: «invasion is a structure not an event». La invasión es una estructura, no un acontecimiento. El colonialismo de asentamiento no se define por un episodio de conquista sino por una lógica permanente que Wolfe llamó lógica de eliminación: el colono no viene a explotar al nativo, viene a reemplazarlo, porque lo que quiere no es su trabajo sino su tierra. Y agregó una precisión que sus divulgadores suelen saltear: esa lógica «es inherentemente eliminacionista, pero no invariablemente genocida», y no se reduce a la matanza, porque también elimina la asimilación forzada, la disolución del título indígena o el borrado jurídico del nativo como sujeto con reclamo sobre la tierra.

El otro arquitecto del campo es Lorenzo Veracini, historiador de la Universidad de Swinburne y editor en jefe de la revista Settler Colonial Studies. Su definición es elegante y sirve para pensar: los colonos «vienen para quedarse», son fundadores de órdenes políticos que traen consigo una capacidad soberana propia. No son funcionarios de una metrópoli: son un poder nuevo que se planta. Veracini publicó Israel and Settler Society en 2006, el mismo año del artículo de Wolfe. Y en 2020 Rashid Khalidi, titular de la cátedra Edward Said en Columbia, publicó The Hundred Years' War on Palestine: A History of Settler Colonialism and Resistance, 1917-2017, el libro que puso el marco en las mesas de novedades del planeta.

Ese aparato es real y tiene gente seria adentro, y hay una parte de la crítica que hay que darle por buena, aunque no sea la que reclama. Una ocupación militar que lleva casi seis décadas, con dos regímenes jurídicos coexistiendo en el mismo territorio según quién sea el habitante, y con una política de asentamientos sostenida, subsidiada y protegida por el Estado, es un objeto criticable con dureza. Así lo critican jueces israelíes y cientos de miles de israelíes en las plazas. La expansión sobre tierras donde jamás hubo presencia judía y donde vive gente que lleva generaciones ahí es un despojo, y no necesita ninguna teoría importada para nombrarse. Fíjese que acabo de describir el problema entero sin usar la palabra, y no perdí nada. Retenga ese detalle, porque de él depende todo lo que sigue.

No se sostiene, ni siquiera ahí, la premisa que el marco necesita: que el que llega sea ajeno. Porque justamente en Cisjordania, buena parte de lo que se llama colonización es un regreso a lugares de los que a los judíos los echaron, y no en el siglo XII. En Hebrón hubo comunidad judía continuada hasta agosto de 1929. El Barrio Judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén cayó ante la Legión Árabe el 28 de mayo de 1948 y sus habitantes fueron expulsados. Cincuenta y ocho sinagogas, algunas de siglos, fueron destruidas o profanadas. Y durante diecinueve años ningún judío pudo rezar en el Muro, pese a que el artículo VIII del armisticio de 1949 garantizaba el acceso a los lugares santos. En Gush Etzion había tierra comprada por judíos desde 1928 y cuatro kibutz levantados entre 1943 y 1947; cayeron el 12 y el 13 de mayo de 1948, y en Kfar Etzion murieron ciento veintisiete personas, quince de ellas fusiladas después de rendirse. El lugar volvió a poblarse en setiembre de 1967, y lo repoblaron los hijos de los que habían muerto ahí.

Se puede pensar que ese regreso fue una mala decisión política, que hipotecó la paz, que había que resistir la tentación. Yo mismo lo pienso de buena parte del proyecto de asentamientos. Lo que no se puede es llamar colono, en el sentido técnico de un marco que exige ajenidad, al que vuelve al pueblo del que lo expulsaron y donde está enterrado su abuelo. Ahí la categoría no describe: rebautiza.

IIIEl precio del título

De ahí sale la operación que quiero discutir, que es el viaje hacia atrás. Un diagnóstico que sirve para juzgar la administración de un territorio ocupado desde 1967 se exporta entero y sin aduana hasta el Primer Congreso Sionista, y termina describiendo la fundación del Estado, el movimiento que lo hizo y, en la versión de la calle, a cada persona que vive ahí.

Hay que nombrar la maniobra con precisión, porque no es la misma que describí en el capítulo anterior. Allá el que argumentaba se replegaba a una posición inatacable y bajaba después a la que de verdad quería sostener. Acá no se cambia de posición: se cambia el precio de la palabra.

Funciona así. Colonialismo, en su sentido pleno, es un título caro. Exige metrópoli, envío, protección, extracción, tributo y pasaje de vuelta. Israel no paga ninguna de esas cuotas, como se verá enseguida. Y entonces, en vez de retirar el cargo, se rebaja el título hasta que el acusado pueda pagarlo: colonialismo pasa a significar cualquier situación en la que un grupo se instala donde vive otro y lo desplaza. A ese precio lo paga cualquiera. Es colonial la conquista árabe del año 636, son coloniales los turcos en Anatolia, los bóers, los normandos en Inglaterra y los criollos del Río de la Plata. Y si se afloja un poco más, que es exactamente lo que hay que hacer para que el caso israelí entre cómodo, son coloniales también los turcos en Alemania, los marroquíes en Barcelona y los iraquíes en Malmö. La palabra deja de distinguir, que es lo que le pasa a toda moneda emitida sin respaldo.

Quiero ser preciso acá, porque el paralelo no es el que parece. No estoy diciendo que esa gente sea colona: estoy diciendo que la definición barata la incluye, y que nadie, empezando por el que la usa, acepta esa conclusión. Y hay un matiz que Adela Cortina nombró mejor que nadie cuando acuñó la palabra aporofobia, el rechazo al pobre. Lo que se señala casi nunca es al extranjero: es al extranjero pobre. Nadie escribió jamás una tesis sobre el colonialismo de asentamiento de los jeques del Golfo que compran temporada en los balnearios de lujo, y son extranjeros, y llegan sin un solo abuelo enterrado en la zona, y transforman el lugar bastante más que el que reparte pedidos en bicicleta. El albañil marroquí de la misma costa, en cambio, sí aparece en el vocabulario de la invasión. Mismo origen, misma distancia recorrida, misma ausencia de raíces: la única variable que cambió es el saldo bancario. La etiqueta no la reparte la historia ni la demografía. La reparte la conveniencia del que señala. Cuando una definición produce consecuencias que ni su propio dueño acepta, y se aplica según quién sea el señalado, eso ya no es un concepto: es una etiqueta con destinatario.

La maniobra no es replegarse. Es cambiar el precio de la palabra hasta que el acusado pueda pagarla.

Y el paralelo, si uno se anima a apretarlo, corre en la dirección contraria a la que se supone. Ninguna de esas comunidades reclama presencia ancestral en la tierra a la que llegó, ninguna venía escapando de una expulsión de ese mismo lugar, ninguna resucitó la lengua que ahí se hablaba. Es decir que, medidas con los tres criterios de este capítulo, están todas más cerca del modelo barato que el caso judío. Y a ninguna se le exige que se vaya, ni se le discute el derecho a estar, ni se le pide que devuelva nada, y está muy bien que así sea. La única población del planeta a la que se le aplica el título, y a la que se le cobra en la moneda cara, es justamente la única que puede documentar tres milenios en el mismo lugar. La vara no mide a uno solo. Mide exactamente al revés.

Lo que convierte eso en libelo y no en un error de método es el paso siguiente. Habiendo comprado el título en su versión barata, se lo gasta en la versión cara. Nadie pide desmantelar Anatolia. Nadie exige que los criollos devuelvan el Río de la Plata ni que los normandos se vuelvan a Normandía. Del único caso que se compró con descuento se cobra el precio completo, el de Argelia: expulsión, repatriación, desaparición del Estado. Se argumenta con la definición ancha y se factura con la estrecha.

Por eso mi tesis en este capítulo no es que la acusación esté exagerada, ni mal calibrada, ni aplicada con demasiado entusiasmo. Es que es falsa. Falsa en el sentido llano de que los hechos que la definición fuerte exige no ocurrieron. Y falsa también en el sentido más incómodo: porque la definición débil, la única que abarca este caso, no autoriza ni una sola de las conclusiones que se sacan de ella.

Queda probarlo. Pero antes de pasar la factura hay que pagar lo que se debe, que es bastante.

IVLo que hay que conceder, y sin peros

El método de esta serie es siempre el mismo, y acá voy a extremarlo, porque en este capítulo la parte que hay que conceder es más grande y más fea de lo que a mí me gustaría.

Empiezo por la peor. En 1896, en Der Judenstaat, Theodor Herzl escribió que un Estado judío en Palestina formaría «un pedazo del muro de Europa contra Asia, la avanzada de la civilización frente a la barbarie». Está ahí, en el capítulo donde compara Palestina con Argentina y le ofrece al sultán otomano sanear las finanzas turcas a cambio del territorio. Es un argumento de venta dirigido a las cancillerías europeas y no un programa de administración de nativos, y el vocabulario civilización-barbarie era el aire que respiraba cualquier europeo culto de 1896, incluido Sarmiento, a quien seguimos poniéndole el nombre a las escuelas. Y aun así es una frase espantosa. Quien la usa como gotcha tiene el derecho de usarla.

Sigo. El banco que financió al movimiento sionista se llamó Jewish Colonial Trust, se constituyó en Londres en marzo de 1899 bajo la ley inglesa de sociedades y fue el antecesor del Anglo-Palestine Bank y del actual Bank Leumi. La institución que administró las aldeas agrícolas del barón Edmond de Rothschild se llamó, desde 1924, Palestine Jewish Colonization Association. Rishon LeZion, fundada en 1882, y Petah Tikva, refundada en 1883 con dinero del mismo Rothschild, se llamaban en hebreo moshavot y en todos los papeles de la época, colonias. A Petah Tikva se le dice hasta hoy Em HaMoshavot, la Madre de las Colonias. La palabra estaba en el nombre propio de las dos instituciones centrales del asunto.

Concedo también el paraguas jurídico imperial, que es la parte que a mi propio argumento le conviene esconder y por eso mismo va adelante. La Declaración Balfour de 1917 fue una carta de una potencia imperial en guerra. El texto del Mandato que la Sociedad de las Naciones aprobó después no solo reconoció la conexión histórica del pueblo judío con esa tierra. Le encomendó a la administración británica facilitar la inmigración judía y alentar el asentamiento cerrado de judíos sobre el suelo. Y le dio a la Agencia Judía el rango de cuerpo público reconocido. Y cuando los árabes de Palestina se levantaron entre 1936 y 1939, el que aplastó la revuelta fue el ejército británico. Todo eso ocurrió y está en los papeles. Quien quiera el mejor expediente contra mi tesis lo tiene en esas dos décadas, y prefiero entregárselo yo.

Y el documento más duro de todos: Vladimir Jabotinsky, en «El muro de hierro», publicado en ruso en noviembre de 1923, no se escondió detrás de ningún eufemismo. Escribió que la colonización sionista debía detenerse o proseguir sin atender a la población nativa. Que la colonización solo puede tener un objetivo, y que los árabes de Palestina no pueden aceptar ese objetivo. Que toda población nativa del mundo, civilizada o no, resiste a los colonos mientras tenga la más mínima esperanza de librarse de ellos. Son de las páginas más lúcidas y más frías que se escribieron sobre el conflicto, y las firmó el padre de la derecha sionista, del que desciende políticamente el Likud.

Queda una precisión filológica, que no es una coartada sino un dato. Cuando aquella gente escribía «colonia» en 1899 no estaba diciendo lo que decimos nosotros cuando lo leemos en 2026. Colonia era, en el vocabulario administrativo del siglo XIX, la palabra corriente para un asentamiento agrícola de inmigrantes, la misma con la que en esos mismos años se nombraban las colonias suizas y valdenses del departamento uruguayo que se llama, sin ironía, Colonia. La analogía no es perfecta y no la voy a forzar: los colonos de Nueva Helvecia no aspiraban a fundar un Estado y las moshavot eran, entre otras cosas, la base material de un proyecto de soberanía. El punto es solamente semántico, y es este: la carga que hoy trae la palabra se la puso el siglo XX. Leer un documento de 1899 con el diccionario de 2026 es un anacronismo, aunque sea un anacronismo cómodo.

Con todo eso concedido, y es mucho, ahora sí se puede discutir en serio.

VEl inventario del colono

Toda colonia de poblamiento de la historia deja los mismos tres recibos. No importa si hablamos de Argelia, de Rhodesia, del Cabo, de Nueva Gales del Sur o del Río de la Plata: los tres aparecen siempre, porque no son un rasgo cultural sino la maquinaria misma. Hay un Estado que manda gente. Hay una fuerza que la protege mientras se instala. Y hay, cuando el asunto se derrumba, un pasaje de vuelta. Pidamos los tres.

El primer recibo no existe, y acá quiero ser terminante, porque es el punto donde la analogía entera se sostiene y donde más se abusa de la buena fe del lector. Ningún Estado mandó a nadie. Un instrumento internacional que le encomienda a una administración facilitar una inmigración es un permiso, y un permiso no es un despacho. Nadie en Londres reclutó colonos, nadie los embarcó, nadie les pagó el pasaje, nadie les repartió tierras de la Corona ni les prometió una pensión al regreso. Los que llegaron llegaron por su cuenta y llegaron huyendo: primero de los pogromos del imperio ruso, después de la Europa que se estaba preparando para matarlos, después de Bagdad, de Trípoli, de Saná y de Casablanca, de donde los echaron. A eso, en el vocabulario que se usa para cualquier otro pueblo del mundo, se le dice refugiado. Un refugiado no es un funcionario del imperio con otro nombre.

Los recibos que deja toda colonia de poblamiento

Un Estado
que manda
Una fuerza
que protege
Un pasaje
de vuelta
Tributo y
soberanía cedida
Argelia francesa
Rhodesia
El Cabo
Río de la Plata
El caso que se acusa no no no no
Círculo lleno: el recibo existe en el expediente. Círculo vacío: no existe.
De los cuatro requisitos que definen una colonia de poblamiento, el caso al que se le aplica la etiqueta no cumple ninguno.

Y el permiso, además, empezó a revocarse casi enseguida. El Libro Blanco de Churchill, del 3 de junio de 1922, limitó la inmigración judía a lo que llamó la capacidad económica de absorción del país, excluyó del hogar nacional todo el territorio al este del Jordán y declaró expresamente que Palestina no se convertiría en un Estado judío. El de Passfield, en 1930, volvió a apretar la llave sobre la inmigración y la compra de tierras. La política imperial fue, durante todo el período, un forcejeo con cuotas anuales y certificados contados de a uno, no una política de poblamiento. Ninguna metrópoli de la historia le puso cupo a sus propios colonos.

El torniquete final llegó después. El Libro Blanco británico del 17 de mayo de 1939 fijó una cuota de 75.000 inmigrantes judíos para los cinco años siguientes: 10.000 por año más un contingente único de 25.000 refugiados. Y estableció que, cumplido ese plazo, no se permitiría ninguna inmigración judía más sin el consentimiento de los árabes de Palestina. Los reglamentos de tierras de 1940 completaron la obra: en el sesenta y tres por ciento del territorio quedó prohibida la transferencia de tierras a no árabes y en otro treinta y dos por ciento quedó severamente restringida. Libre, un cinco por ciento. Una mayoría de la Comisión Permanente de Mandatos de la Sociedad de las Naciones, cuatro de sus siete miembros, concluyó que aquello no se ajustaba a la interpretación que la propia Comisión y el Consejo le habían dado siempre al Mandato.

Vale detenerse en la fecha. Mayo de 1939. Seis meses después de la Noche de los Cristales Rotos, tres meses y medio antes de la invasión de Polonia. La metrópoli que supuestamente enviaba colonos estaba, en ese preciso momento, poniéndole cerrojo a una de las pocas puertas de salida que le quedaban a los judíos de Europa. Diez mil por año, mientras del otro lado se organizaba lo que se organizó.

Mayo de 1939. Diez mil por año, seis meses después de la Noche de los Cristales Rotos. Ninguna metrópoli le puso cupo a sus propios colonos.

El segundo recibo tampoco aparece, y en su lugar hay dos cosas que lo contradicen. La primera es lo que ocurrió cuando esa fuerza tenía que proteger. En agosto de 1929, en Hebrón, donde había comunidad judía desde mucho antes de que el islam llegara a la región, fueron asesinados sesenta y siete judíos en un día. En toda la ciudad había cuarenta y un policías y un único oficial británico, Raymond Cafferata, que pidió refuerzos y no los recibió. Los sobrevivientes fueron evacuados y, salvo un regreso breve en los años treinta, la comunidad no volvió nunca. Un colono amparado por su metrópoli no necesita fundarse una milicia clandestina. La Haganá existe justamente porque la fuerza del imperio no protegía a nadie más que al imperio.

La segunda es la guerra. Los supuestos colonos terminaron haciéndosela al imperio. Entre 1944 y 1948 el Irgún, el Leji y por un tiempo la propia Haganá sostuvieron una insurgencia armada contra la administración británica en Palestina. Volaron nueve puentes fronterizos en una sola noche de junio de 1946. Asesinaron en El Cairo a Lord Moyne, ministro británico de Estado para Medio Oriente. En julio de 1946 el Irgún voló el ala del Hotel Rey David donde funcionaban la Secretaría del Gobierno de Palestina y el cuartel general de las fuerzas armadas británicas, con noventa y una personas muertas, la mayoría civiles y muchas de ellas árabes. Fue un crimen, así lo condenó buena parte del propio movimiento sionista, y hay que decir además que la Haganá había autorizado la operación semanas antes y que su cancelación no llegó a tiempo, porque el que se entera de eso por otra vía tiene derecho a sentirse manejado. Entre agosto de 1945 y agosto de 1947 murieron ciento cuarenta y un militares y policías británicos.

Y está el Exodus, que es el recibo del revés. Zarpó de Sète, en el sur de Francia, el 11 de julio de 1947, con más de cuatro mil desplazados judíos a bordo, la mayoría sobrevivientes de la guerra y de los campos. La marina británica lo abordó al entrar en aguas territoriales el 18 de julio: tres muertos y decenas de heridos. Los pasajeros fueron desembarcados por la fuerza en Haifa, transbordados a tres buques de deportación y devueltos a Francia, donde se negaron a bajar. Entonces los británicos los llevaron a Alemania. El 8 y el 9 de septiembre de 1947, soldados británicos desembarcaron por la fuerza en el puerto de Hamburgo a unos cuatro mil trescientos sobrevivientes de la Shoá y los internaron en campos, en suelo alemán, dos años y medio después de la liberación de Bergen-Belsen.

Hebrón, agosto de 1929. Cuarenta y un policías y un solo oficial británico. Los refuerzos no llegaron.

Busco en el corpus del colonialismo de poblamiento una metrópoli que le haya puesto la marina encima a sus propios colonos para devolverlos, a punta de fusil, al país que había intentado exterminarlos, y no la encuentro. Los pieds-noirs de Argelia también se alzaron en armas, y con una violencia enorme, pero el propósito era el exactamente inverso: la OAS mató franceses para que Francia se quedara. El Irgún y el Leji mataron británicos para que Gran Bretaña se fuera. Un movimiento le pide a la metrópoli que no lo abandone; el otro la echa. No son la misma cosa, y la diferencia no es de grado.

Queda el tercer recibo, el pasaje de vuelta, que define a la colonia de poblamiento mejor que ningún otro porque es lo que hace cuando pierde. Cuando Argelia se independizó, alrededor de ochocientos mil europeos y judíos argelinos se fueron a Francia, y el grueso se fue en dos meses, mayo y junio de 1962, amontonado en los muelles esperando lugar en un barco. En total, a lo largo del proceso, algo más de un millón de personas. Francia los recibió porque Francia era de ellos. Eso es un colono: alguien que, cuando la cosa se pone imposible, tiene adónde.

Acá no hay adónde, y hay un dato demográfico que la consigna del implante europeo blanco necesita no mirar de cerca. El estudio más citado sobre el origen de la población judía israelí lo hicieron Lewin-Epstein y Cohen sobre una encuesta europea relevada entre 2015 y 2017. Clasifica a los encuestados por el origen de sus abuelos. Y da esto: 45% de origen asiático y africano, 32% de origen europeo y americano, y un 12% largo llegado de la ex Unión Soviética después de 1989. Voy a hacer la cuenta honesta y no la cómoda: si se suman los exsoviéticos, que también son europeos, el resultado es un empate, cuarenta y cinco contra cuarenta y cuatro.

Y aun con la cuenta hecha del modo más generoso para el adversario, el resultado lo hunde igual, porque el bloque que le importa a la consigna no es «europeo» en abstracto: es el asquenazí, el que se dibuja en las caricaturas y el que se nombra en las marchas. Ese bloque es menos de un tercio del total. La ola exsoviética, que es la que permite llegar al empate, entró en los años noventa, cuatro décadas después de fundado el Estado y huyendo de un país que se derrumbaba: llámese como se llame, no es la tripulación fundadora de ninguna empresa colonial.

Hamburgo, 8 y 9 de setiembre de 1947. Soldados británicos desembarcan por la fuerza a más de cuatro mil sobrevivientes de la Shoá y los internan en campos, en suelo alemán.

El empate, entonces, ya es demasiado. No porque el colonialismo de asentamiento exija colonos europeos, que no lo exige y la propia literatura del campo estudia casos que no lo son. Sino porque el argumento callejero, el que se corea, sí lo exige: dice implante europeo blanco, y de ahí deduce el destino argelino. Una sociedad en la que la mitad de las familias ya no puede clasificarse porque están mezcladas entre sí, y donde casi la mitad de la gente desciende de personas que salieron de Bagdad, de Saná, de Trípoli o de Casablanca porque las estaban echando, no es una avanzada de Europa. Y no tiene una Francia esperando en la otra orilla, porque los países de los que salieron son justamente los que no los quieren de vuelta.

Queda un recibo más, que ni siquiera hace falta pedir porque no existe en ningún archivo del mundo, y que a mí me parece el que cierra el asunto. Una colonia rinde. Rinde tributo, rinde soberanía o rinde las dos cosas. Tiene gobernador designado desde la capital, tiene un juramento de lealtad, tiene una moneda atada, tiene una política exterior que se decide en otro continente, y cuando se independiza suele quedar unida a la vieja metrópoli por algún vínculo formal: el Commonwealth, la Communauté, la mancomunidad de turno. Canadá, Australia, la India, Rhodesia, Kenia, Nigeria: todas están en esas listas, y las listas están publicadas. Israel no está en ninguna. Nunca tuvo estatuto de dominio, nunca tuvo gobernador general, nunca juró lealtad a una corona, nunca pagó un peso de tributo a ninguna metrópoli, nunca perteneció al Commonwealth y jamás le consultó a Londres su política exterior. Al contrario: mientras pagaba los impuestos del Mandato, el Yishuv se costeó sus propias escuelas, su propia mutualista y su propia defensa, porque el imperio no le daba ninguna de las tres. Eso no es lo que hace una colonia con su metrópoli. Es lo que hace un pueblo que está construyendo un Estado adentro del territorio de otro, en contra de ese otro, y esperando que se vaya.

VILa lengua que ninguna metrópoli hablaba

Hay un argumento que a mí me parece el más limpio de todos, y es el que menos se usa, quizá porque no sirve para gritar en una marcha.

Toda colonia de poblamiento, sin una sola excepción en la historia registrada, importa la lengua de la metrópoli. El español y el portugués en América, el francés en Argelia, el inglés en Australia y en Nueva Zelanda, el neerlandés que derivó en afrikáans en el Cabo. El colono trae el idioma del imperio y lo instala como lengua de la administración, de la escuela y del tribunal. La lengua del nativo se muere o se va al museo. Y no siempre se muere sola: en buena parte de esas colonias hubo escuelas donde al chico se le pegaba por hablar la lengua de su madre. No es un accesorio del proceso: es el proceso. Se coloniza con la gramática antes que con el arado.

El sionismo hizo exactamente lo contrario, y lo hizo a propósito. Los que llegaron traían el yidis, el ladino, el alemán, el ruso, el polaco, el árabe. Todas lenguas vivas, todas maternas, todas con literatura propia. Y todas fueron abandonadas deliberadamente por una lengua que ninguna potencia hablaba y que llevaba unos mil setecientos años sirviendo para rezar, estudiar, litigar y escribir, pero sin un solo hablante nativo sobre la tierra.

Eliezer Ben-Yehuda llegó a Palestina en 1881 y crió a su hijo Itamar exclusivamente en hebreo. Ese chico, nacido en 1882, es el primer hablante nativo de hebreo de la era moderna. En 1884 su padre fundó un periódico y en 1890 el Comité de la Lengua Hebrea, abuelo de la Academia actual. Cuarenta años después había una generación entera que lo tenía como lengua materna, y hoy son más de seis millones y medio. La lingüística lo tiene fichado como el único caso de resurrección a escala de millones. El maorí, el hawaiano, el galés son casos de revitalización: lenguas heridas a las que se les hizo terapia intensiva y que conservaban hablantes nativos residuales.

El caso irlandés merece párrafo aparte, porque funciona como experimento de control y nadie lo usa. Irlanda se descolonizó de verdad, expulsó al imperio, fundó su Estado y puso en su Constitución que el irlandés es la primera lengua oficial de la República. Pasó un siglo. Hoy poco más de setenta mil personas lo hablan a diario fuera del sistema educativo, en un país de cinco millones, y el idioma que se habla en la calle de Dublín sigue siendo el del imperio que se fue. Eso es lo que suele pasar cuando un pueblo colonizado recupera su Estado y quiere recuperar su lengua: recupera el Estado. La lengua no vuelve porque uno la extrañe.

Itamar Ben-Avi, nacido en 1882, primer hablante nativo de hebreo de la era moderna. El colono desentierra minerales; no desentierra idiomas.

Hay un detalle más, y es el que más me gusta, porque desarma la idea de que esto fue un programa impuesto desde arriba. La resistencia que enfrentó Ben-Yehuda no vino de ningún imperio: vino de adentro. Los ultraortodoxos del Viejo Yishuv de Jerusalén, que llevaban siglos en esa ciudad, consideraron una profanación usar la lengua sagrada para pedir el pan y hablar del clima, y le declararon un herem, una excomunión. El hombre que hoy figura como padre del hebreo moderno fue expulsado de su propia comunidad por hablarlo. Ninguna metrópoli tuvo que ser derrotada para que el idioma volviera. La pelea fue doméstica, y se ganó en las cocinas.

En 1922 el hebreo pasó a ser una de las lenguas oficiales de la Palestina bajo mandato, junto con el inglés y el árabe, y esa es la única intervención imperial de toda la historia: reconocer, con veinte años de atraso, algo que ya estaba ocurriendo en las casas.

Digamos despacio lo que eso significa para la discusión que nos ocupa. El colono desentierra minerales; no desentierra idiomas. Que un movimiento migratorio abandone en una generación las lenguas de sus países de origen para resucitar la lengua de la tierra a la que llega es, estructuralmente, lo contrario del gesto colonial. Se puede llamar a eso muchas cosas, y varias serán críticas. Colonial, no.

Y en el mismo párrafo agrego lo que corresponde, porque la moneda tiene dos caras y las dos son mías: rebautizar el mapa después de 1948, sustituir la toponimia árabe por hebrea en cientos de lugares, fue una operación de borrado, y quien la señala señala algo real. Sostener las dos cosas a la vez no es contradecirse.

VIIQuién es el nativo

Todo el andamiaje del colonialismo de asentamiento descansa sobre un reparto de papeles previo, que se da por hecho y nunca se discute: hay un nativo, que siempre estuvo, y hay un colono, que llegó. Sin esos dos papeles la teoría no funciona, porque la lógica de eliminación es, por definición, lo que el segundo le hace al primero. Preguntémonos entonces quién hace cada papel.

Del lado judío la respuesta es incómoda para la consigna, porque no hay llegada. La presencia judía en esa tierra nunca se interrumpió, y no lo digo como figura sentimental sino como asunto de registro. Hubo comunidad judía continuada en Jerusalén, en Hebrón, en Safed y en Tiberíades, las cuatro ciudades que la tradición llama santas, a través del dominio bizantino, del árabe, del cruzado, del mameluco y del otomano. Safed fue en el siglo XVI uno de los centros de estudio judío más importantes del mundo y tuvo la primera imprenta hebrea de Asia. Conviene poner una fecha y un objeto, porque los milenios dichos al aire no le sirven a nadie. El documento más antiguo que nombra a Israel como pueblo asentado en Canaán no es judío ni es un libro sagrado: es una estela de granito que el faraón Merneptah mandó tallar hacia el año 1208 antes de nuestra era, para presumir de haberlo derrotado. De ahí a hoy hay unos tres mil doscientos años. Y para el tramo que suele darse por vacío, el posterior a las derrotas contra Roma, alcanza con mirar Tiberíades. Ahí se compiló el Talmud de Jerusalén alrededor del año 400. Y ahí, entre los siglos VII y X, los masoretas fijaron el texto y la vocalización de la Biblia hebrea que se sigue usando hoy. Uno puede discutir cuánta gente era, y era poca. Lo que no puede es decir que llegó, porque nunca se fue del todo.

Del otro lado hay un dato que en las marchas no se menciona nunca, y no porque sea polémico sino porque a nadie le conviene el paralelo. La presencia árabe en Palestina también empieza en una fecha. Los ejércitos árabes salidos de la península derrotaron a Bizancio en Yarmuk en el año 636 y Jerusalén capituló en el 638. Antes de eso no había árabes gobernando esa tierra ni población arabizada en ella: hubo una conquista militar venida de afuera, seguida de siglos de arabización e islamización de los habitantes que ya estaban.

Y acá viene la parte que la versión gritona de mi propio bando omite, y que yo no voy a omitir, porque es la que hace que el argumento sirva. De esa segunda mitad se deduce que buena parte de los palestinos de hoy desciende, con toda probabilidad, de poblaciones que estaban en esa tierra antes de la conquista y que se arabizaron después. O sea que tampoco son extranjeros. Tampoco llegaron.

Esa es exactamente la razón por la que la grilla no cierra. No hay un nativo y un colono: hay dos pueblos con raíces en el mismo suelo, uno que se quedó y se transformó, y otro que se fue casi entero y volvió. En Nueva Gales del Sur nadie discute quién estaba en 1787. Acá la pregunta no tiene una respuesta limpia, y una categoría que necesita una respuesta limpia para funcionar no está describiendo nada: está repartiendo papeles.

Repare de paso en la asimetría del reloj. El mismo discurso que fecha el reclamo judío en 1897, cuando se reunió el Primer Congreso Sionista, fecha el reclamo árabe en tiempo inmemorial. Las dos fechas son elegidas, no encontradas. Y la elección no la hizo la historia.

VIIILa lógica que no eliminó

Vuelvo a Wolfe, porque el aparato hay que discutirlo en sus propios términos y no en los de la calle.

La tesis no es sobre intenciones ni sobre maldad: es sobre estructura. El colono viene para quedarse, y para quedarse necesita el territorio y no la mano de obra del nativo, así que la maquinaria trabaja de modo permanente para eliminarlo en tanto nativo, es decir en tanto sujeto con un reclamo sobre esa tierra. Puede hacerlo matando, deportando, asimilando por la fuerza o disolviendo su existencia jurídica. Wolfe construyó el modelo sobre casos donde el resultado es de una nitidez espantosa. La población aborigen de Australia, estimada entre 300.000 y más de un millón de personas antes de 1788, aparece en los censos de 1901 reducida a unas 93.000, y con subregistro reconocido. La indígena de los Estados Unidos toca su piso en el censo de 1900, con unos 250.000. Ese es el aspecto que tiene una lógica de eliminación cuando funciona.

Ahora los números del caso al que se le aplica la plantilla. Al terminar la guerra de 1948 quedaron dentro de las fronteras de Israel unos 156.000 árabes. Hoy hay más de 1.750.000 ciudadanos árabes, y por encima de dos millones si se suman los residentes de Jerusalén Este y del Golán, que no son ciudadanos y que entraron en la cuenta por anexión y no por crecimiento. Aun tomando el número más conservador, la población se multiplicó por once en tres generaciones. En Cisjordania y Gaza, el censo israelí de septiembre de 1967 contó unos seiscientos sesenta y un mil setecientos y unos trescientos cincuenta y cuatro mil setecientos habitantes. La Oficina Central Palestina de Estadísticas proyectaba para fines de 2025 unos tres millones cuatrocientos mil y unos dos millones trescientos mil.

Antes de seguir con la aritmética hay que decir lo que la aritmética no dice. Esas proyecciones se calcularon antes de octubre de 2023, el propio organismo palestino advierte que hay que revisarlas, y la razón por la que hay que revisarlas son decenas de miles de muertos y una población entera desplazada dentro de un territorio arrasado. Nada de lo que sigue toca ese hecho ni lo compensa. Lo que sigue es una discusión sobre una categoría de las ciencias sociales, medida sobre un siglo, y el siglo no se vuelve más liviano porque la categoría no encaje.

Dicho eso: una estructura cuya definición es la eliminación del nativo, sostenida durante cien años, que termina con su objeto multiplicado por once de un lado de la línea y por cinco del otro, es o una estructura asombrosamente ineficaz o una categoría mal aplicada.

Una lógica de eliminación que no eliminó

Árabes dentro de la Línea Verde
1948

156
2023

1750

×11
En miles de personas. La cifra de 2023 excluye Jerusalén Este y el Golán.
Cisjordania y Gaza
1967

1016
2025

5744

×5,6
En miles. Censo israelí de setiembre de 1967 y proyección de la Oficina Central Palestina de Estadísticas, elaborada antes de octubre de 2023 según advertencia del propio organismo.
Los casos que Wolfe usó como modelo
1788300 a 1.000+
190193

÷8 a ÷11
Población aborigen de Australia, en miles. Estimaciones precontacto discutidas; censo de 1901 con subregistro reconocido. En los Estados Unidos la población indígena toca su piso en el censo de 1900, con unos 250.000.
El argumento no discute la conducta: discute la categoría. Una estructura cuya definición es la eliminación del nativo, sostenida durante un siglo, no termina con su objeto multiplicado por once.

Hay una tercera respuesta posible, y es la mejor que tiene el otro lado, así que la traigo yo. Podría decirse que la estructura operó selectivamente y en otros registros. Que la eliminación no se mide en nacimientos sino en los más de setecientos mil refugiados de 1948 a los que no se dejó volver, en la ley de propiedad de ausentes, en el Área C, en la expropiación de tierras, en la empresa de asentamientos. Y que la población creció por razones ajenas a la estructura, medicina y fecundidad. Es un argumento serio y le concedo tres de sus cuatro patas: los refugiados de 1948, la propiedad de ausentes y el Área C existen, y algunos de ellos tienen capítulo propio en este libro.

Ese argumento, sin embargo, no alcanza para lo único que acá está en discusión. Todos sus ejemplos, sin excepción, describen conductas de un Estado ya existente, y casi todos, de un territorio ocupado desde 1967. Ninguno alcanza para el viaje hacia atrás. Ninguno demuestra que el movimiento que revivió una lengua muerta, que le puso bombas al ejército de su supuesta metrópoli y que fue devuelto por esa metrópoli a los campos de Alemania fuera, desde 1897, un destacamento colonial. Eso es lo que la consigna afirma cuando dice siempre, y eso es lo que no está probado.

Y si la respuesta que se ofrece es que lo que cuenta es la lógica y no el resultado, que la estructura es eliminatoria aunque el nativo se multiplique, aunque vote, aunque tenga partidos y jueces, entonces salimos del terreno de las ciencias sociales y entramos en otro. Y la objeción es metodológica antes que polémica: una proposición empírica tiene que poder decir por adelantado qué observación la dejaría sin efecto. La lógica de eliminación, tal como se la usa en la calle y a veces en el aula, no puede decirlo. Si el nativo desaparece, la estructura funcionó; si el nativo se multiplica por once, la estructura opera de otro modo; si vota, es cooptación; si no vota, es exclusión. Toda observación confirma. Ninguna refuta. Eso ya no es un marco que observa: es un método de interrogación que le arranca a la realidad la respuesta que traía preparada, que es exactamente lo que Heisenberg advertía en el epígrafe de estas páginas. A un enunciado así, en mi barrio, se le dice teología.

Queda, sin embargo, una deuda, y prefiero anotarla yo antes de que me la cobren. Concedí hace tres párrafos los setecientos mil refugiados de 1948 a los que no se dejó volver, y lo concedí rápido, como quien paga en la puerta para poder entrar. Ese expediente no se salda con una concesión al pasar: es el único de los cinco libelos que está construido sobre un dolor verdadero, y por eso es el más difícil de desarmar sin faltarle el respeto a nadie. Tiene capítulo propio, es el que sigue, y es el que menos ganas tengo de escribir.

IXEl boomerang

Volvamos ahora a la frase de Brecha, y tomémosla más en serio de lo que la tomó quien la escribió.

El colonialismo está en el ADN de Uruguay. Es cierto. Corramos ese mismo inventario sobre el Río de la Plata, con la misma frialdad con que lo corrimos sobre Palestina, y veamos qué recibos aparecen.

Hubo metrópoli, y hubo dos. Primero España, que trajo el idioma que estoy usando para escribir esto y la religión mayoritaria del país. Después el imperio británico, que ofició de partera en 1828 y que durante un siglo largo fue dueño de los ferrocarriles, del frigorífico y de la deuda. Hubo lengua importada, y sigue puesta: el español lo hablamos todos, y nadie tuvo que resucitarlo. Hubo reemplazo demográfico, y fue casi total: la población de este país desciende, en su abrumadora mayoría, de europeos llegados entre el siglo XVIII y el XX.

Y hubo lógica de eliminación, en el sentido técnico y literal de Wolfe. El 11 de abril de 1831, en el arroyo Salsipuedes, tropas del gobierno atacaron a los charrúas que habían sido convocados con un pretexto. La operación la dirigió en persona el presidente de la República, Fructuoso Rivera, y el encargado de conducir a los charrúas hasta el lugar fue su sobrino Bernabé, elegido justamente porque le tenían confianza. Según el parte oficial, que es la contabilidad del victimario y así hay que leerla, murieron unos cuarenta y fueron capturados alrededor de trescientos, en su mayoría mujeres y niños, que fueron llevados a pie a Montevideo y repartidos entre familias montevideanas. La campaña siguió al año siguiente.

En 1833, cuatro sobrevivientes fueron embarcados a Francia y exhibidos en París como ejemplares exóticos: Vaimaca Perú, Senaqué, Guyunusa y Tacuabé. Senaqué murió en julio de aquel año y Vaimaca en setiembre. Guyunusa dio a luz en cautiverio y murió de tuberculosis en Lyon en 1834. Su hija Caroline la sobrevivió cinco semanas.

Arroyo Salsipuedes, 11 de abril de 1831. La operación la dirigió en persona el presidente de la República.

A nueve meses de jurar su primera Constitución, el Estado uruguayo hizo lo que la teoría del colonialismo de asentamiento describe, y lo hizo con el presidente en el terreno. Si el criterio es el settler colonialism de manual, el caso que encaja sin serrucharle una sola pata no es el que se denuncia en Brecha: es el país donde se imprime Brecha.

Acá viene la parte delicada, y la quiero hacer bien, porque el argumento es una herramienta filosa y con las herramientas filosas uno se corta.

París, 1833. Vaimaca Perú, Senaqué, Guyunusa y Tacuabé, embarcados en el bergantín Phaéton y exhibidos como ejemplares exóticos.

No estoy diciendo que tener un pasado colonial inhabilite para criticar el colonialismo. Sería una regla estúpida y dejaría al mundo casi sin críticos, porque son contadísimos los Estados cuya acta de nacimiento resiste una auditoría moral con los criterios de hoy. Tampoco estoy diciendo, ni se me ocurriría, que los uruguayos debamos hacer las valijas, ni que este país sea ilegítimo, ni que mis vecinos tengan que devolverle algo a alguien por ser nietos de gallegos y de piamonteses. No lo digo porque no lo creo. Y no lo creo porque a los Estados no se los juzga por el pecado de su origen sino por lo que hacen con su presente: por cómo tratan hoy a sus minorías, por si respetan los derechos de sus habitantes, por si reparan lo que se puede reparar.

Ese criterio, exactamente ese, es el que nos concedemos a nosotros mismos sin discutirlo un segundo. Y es el que se detiene en la puerta de un solo país del planeta.

Lo que el boomerang mide no es la hipocresía de nadie en particular, y no me interesa auditar conciencias ajenas. Mide algo que está en los textos y que cualquiera puede verificar leyéndolos. Un mismo argumento, publicado en un mismo semanario, sostiene que el colonialismo está en el ADN de este país y que el país de los otros debe desmontarse por colonial, sin que la contradicción produzca ningún ruido en la página. Ese silencio es el dato. La culpa colonial de este continente es real, es enorme y no tiene reparación posible; denunciarla a doce mil kilómetros, en el caso donde peor entra la categoría, sale gratis. Denunciarla en el arroyo Salsipuedes cuesta bastante más.

Hay una última vuelta, y es la que más me gusta, porque es uruguaya y porque muestra que esto no fue siempre así. En 1947, cuando el asunto se discutió en las Naciones Unidas, el representante uruguayo en el comité especial sobre Palestina fue Enrique Rodríguez Fabregat, que junto con el guatemalteco Jorge García Granados fue uno de los defensores más tenaces de que aquello terminara en dos Estados. No eran sionistas ni tenían por qué serlo: eran latinoamericanos de tradición antiimperialista mirando lo que tenían delante. Y lo que vieron no fue un imperio europeo llegando, sino un imperio europeo yéndose.

No lo traigo como prueba sobre la naturaleza del sionismo, porque la opinión de un diplomático no prueba nada de eso. Lo traigo como prueba sobre nosotros. Los hechos de 1947 no cambiaron: están en el mismo archivo, con las mismas fechas. Lo que cambió fue el marco con que se los mira, y ese marco viajó desde los seminarios australianos y norteamericanos de los años dos mil hasta las páginas de un semanario de Montevideo. Cuando alguien dice que Israel siempre fue un proyecto colonial, ese siempre no describe la historia: describe la fecha en que llegó la plantilla.

XLa vara

La vara tiene además una versión contemporánea, y ahí se la puede pesar con estadística oficial.

Barcelona rompió relaciones institucionales con Israel en febrero de 2023, bajo la alcaldía de Ada Colau, y suspendió un hermanamiento con Tel Aviv que llevaba veinticinco años. En setiembre de ese mismo año el nuevo alcalde socialista, Jaume Collboni, las restableció. Y en mayo de 2025 el propio Collboni las volvió a romper, esta vez pactando con los comunes y con Esquerra. No es la excentricidad de una alcaldesa de izquierda radical: es una deriva de dos años y medio en pleno centro del arco progresista, con el mismo hombre firmando las dos cosas.

En la España donde eso ocurre viven unos trece mil judíos. Trece mil, en un país de cuarenta y ocho millones. El Ministerio del Interior registró treinta y siete incidentes antisemitas en 2024, el máximo de su serie, en un año en que el total de delitos de odio bajó casi un catorce por ciento: mientras todo lo demás bajaba, eso subía un sesenta. El observatorio de la propia comunidad contó ciento noventa y tres, más de cinco veces el registro oficial.

En Malmö la cuenta es más corta y más triste. La congregación judía tenía más de dos mil miembros en los años setenta. Hoy tiene menos de quinientos. En enero de 2010, un Día Internacional de Conmemoración del Holocausto, el alcalde socialdemócrata Ilmar Reepalu declaró que le gustaría que la comunidad judía se distanciara de las violaciones israelíes en Gaza. Semanas más tarde le explicó a un diario británico que si los judíos querían irse a Israel eso no era asunto de Malmö. La sinagoga tiene reja perimetral y bolardos encadenados contra ataques con vehículo, y en 2019 el municipio destinó unos dos millones de dólares a protegerla.

Acá tengo que hacer exactamente lo que vengo exigiendo, y me sale caro. No voy a llamar colonos a los inmigrantes de Malmö ni a los de Barcelona. No lo voy a hacer porque acabo de dedicar medio capítulo a mostrar que la palabra, al precio barato, no significa nada, y comprarla barata en cuanto me conviene sería la miseria intelectual contra la que escribo. Una vara que se dobla para el lado de uno no es una vara: es un garrote.

La congregación de Malmö tenía más de dos mil miembros en los años setenta. Hoy tiene menos de quinientos.

Voy a decir, en cambio, lo que dicen los números, con los asteriscos puestos por mí y no por el adversario. La encuesta de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea de 2018 les preguntó a las víctimas quién las había atacado. El treinta por ciento señaló a alguien con visiones musulmanas extremistas, el veintiuno por ciento a alguien de izquierda y el trece por ciento a alguien de derecha, y un treinta y uno por ciento, la categoría más grande de todas, no pudo describir al agresor. En Alemania la primera cifra trepaba al cuarenta y uno. Los asteriscos: es percepción de la víctima y no identificación judicial, es respuesta múltiple, la muestra es autoseleccionada, y el desglose corresponde a episodios de acoso y no a agresiones físicas. La encuesta siguiente, de 2023, ya no publica esa variable.

Agrego ahora el dato que me incomoda, porque si no lo pongo yo lo pone otro y con razón. La estadística oficial alemana, la única de Europa que publica atribución ideológica, le adjudica a la extrema derecha la mayoría de los delitos antisemitas todos los años. Y un análisis del centro de contraterrorismo de La Haya sobre la violencia antisemita no letal de 2025 ubica a la extrema derecha en el cuarenta y uno por ciento de los motivos identificados y al islamismo en el cinco.

Las dos cosas son verdad a la vez, y la explicación es estructural antes que política: la extrema derecha produce mucho volumen de violencia de baja letalidad, y el yihadismo produce poco volumen de letalidad máxima. Cuando se cuentan muertos en lugar de incidentes, la lista cambia de dueño. De los ataques antisemitas letales de este siglo en Europa occidental, la abrumadora mayoría fueron yihadistas: Toulouse en 2012, el museo judío de Bruselas en 2014, el Hypercacher en 2015, Copenhague semanas después, la sinagoga de Manchester en 2025. El peor de los frustrados fue de extrema derecha, en Halle, y solo quedó en frustrado porque la puerta de la sinagoga aguantó con cincuenta personas adentro.

Ahí está la viga, y no es donde uno la busca. La discusión pública europea sobre antisemitismo se organiza casi entera alrededor de la categoría que el Estado registra, y casi nada alrededor de la que las víctimas denuncian. Francia no publica el perfil del agresor. El Reino Unido tampoco. Suecia tampoco. Alemania sí, con un criterio que asigna a la extrema derecha por defecto cuando no hay detenido, y sin una sola casilla para el antisemitismo islamista. La brecha entre lo que la comunidad vive y lo que el Estado anota no es una opinión: es un agujero estadístico del tamaño de un continente. Y mientras ese agujero sigue abierto, los mismos concejos que no consiguen medirlo votan romper relaciones con el único Estado judío por colonial.

Nada de esto prueba que Barcelona sea una colonia, ni yo lo sostengo. Prueba algo más simple y más feo: que la vara existe, que se sabe usar y que solo se levanta en una dirección.

XICoda

Escribí más arriba que en este país el asunto charrúa se despacha con un párrafo de manual escolar, y no es del todo justo, así que corrijo. Hay un monumento a los últimos charrúas en el Prado desde 1938, con las cuatro figuras en bronce. Hay una ley de 2000 que dispuso repatriar los restos de Vaimaca Perú, que llegaron en 2002 y descansan en el Panteón Nacional. Hay otra ley, de 2009, que declaró el 11 de abril Día de la Nación Charrúa y de la Identidad Indígena.

Está todo. El bronce, la ley, la fecha, el panteón. Y nunca, en ochenta y ocho años, ninguna de esas cosas se conectó con la palabra colono. La memoria no falta: está embalsamada. Le hicimos a la matanza el trato que este país sabe hacerle a sus muertos incómodos, que es darles un monumento para no tener que darles una conversación. Por eso se puede pasar por delante del Prado un martes cualquiera, y esa misma noche escribir con la mano firme sobre el colonialismo de asentamiento de otros.

Monumento a los Últimos Charrúas, Prado, Montevideo, 1938. El bronce, la ley, la fecha, el panteón. La memoria no falta: está embalsamada.

Un boomerang no es un arma cualquiera. Es la única diseñada para volver a la mano que la arrojó, y solo lastima al que la tiró y se quedó quieto, mirando el horizonte, convencido de que el objeto se fue para siempre. Hace ciento noventa y cinco años que este viene girando. Pasa todos los días por encima del Prado, donde están las cuatro figuras de bronce, y ahí siguen los cuatro nombres que casi nadie sabe de memoria: Vaimaca Perú, Senaqué, Guyunusa, Tacuabé. Y una niña llamada Caroline, que nació en cautiverio en Lyon y vivió cinco semanas más que su madre, y que no tiene bronce en ninguna parte.

Hay otro duelo, del otro lado de esta discusión, que sí tiene bronce, día internacional y organismo propio, y que lleva setenta y ocho años sin poder terminar. De ese hablo en el capítulo que viene, y todavía no sé cómo hacerlo sin lastimar a nadie que no lo merezca.

Un boomerang no es un arma cualquiera. Es la única diseñada para volver a la mano que la arrojó.

Fuentes y verificaciones

  1. 1«Ya es hora de una autocrítica». Brecha, 19 de mayo de 2023 (y su segunda parte, versión actualizada del mismo texto). Citas verificadas en la edición web: «el proyecto colonial, racista y supremacista llamado sionismo»; «El colonialismo está en el ADN de Uruguay, un país creado por los intereses del imperialismo británico». [El índice editorial del propio semanario atribuye la columna a María Landi; la versión web no exhibe firma. Autoría a confirmar contra la edición impresa antes de publicar.]
  2. 2Büchner, A. «En la historia del Estado de Israel "prevalecieron las corrientes más duras del sionismo", dijo Mirza». Caras y Caretas, 14 de agosto de 2026. Christian Mirza: «el último proyecto europeo de colonialismo por asentamiento».
  3. 3Bolón, A. «Tribuna Abierta. El antisemitismo/El semitismo. A propósito de una resolución de la Universidad de la República». La Izquierda Diario Uruguay, 10 de febrero (el año, 2026, se infiere del contenido: la página no lo imprime). Cita: «el Estado colonialista, racista y supremacista de Israel».
  4. 4BDS Uruguay-Espacios Libres de Apartheid y Judíxs contra el genocidio palestino. «Ante la ofensiva de los amigos de Israel». Brecha, texto fechado en Montevideo el 22 de abril de 2026. Cita: «el sionismo es una ideología colonialista surgida en Europa central y del Este a fines del siglo XIX».
  5. 5«El sionismo siempre ha sido un proyecto colonial». Entrevista a Rashid Khalidi, Brecha (firma atribuida a Francisco Claramunt por el índice del especial «Palestina, octubre 2024»; sin fecha visible en la versión web).
  6. 6White, B. «Desplazar, demoler, construir». Brecha, 5 de agosto de 2016 (original en Middle East Eye). Cita: «el colonialismo de asentamiento en Palestina».
  7. 6 bisSayegh, F. A. (1965). Zionist Colonialism in Palestine. Beirut: Palestine Liberation Organization Research Center, colección «Palestine Monographs». Reeditado como texto fundacional en Settler Colonial Studies, 2(1), 2012.
  8. 6 terFayez Abdullah Sayegh (1922-1980), nacido en Kharaba, Siria bajo mandato francés; militante del Partido Social Nacionalista Sirio entre 1943 y 1947; fundador y primer director general del Centro de Investigaciones de Palestina (Beirut, 1965) y principal redactor de la Resolución 3379 de 1975.
  9. 6 quaterAsamblea General de las Naciones Unidas, Resolución 3379 (XXX), 10 de noviembre de 1975: «el sionismo es una forma de racismo y discriminación racial». Derogada por la Resolución 46/86 del 16 de diciembre de 1991. Conferencia Mundial contra el Racismo, Durban, agosto y setiembre de 2001: retiro de las delegaciones de Estados Unidos e Israel y declaración final del Foro de ONG con imputaciones de racismo y apartheid contra Israel.
  10. 6 quinquiesRelación entre el aparato soviético y las organizaciones palestinas: archivo Mitrokhin (unos 6.000 documentos del KGB filtrados en los años noventa), con el reclutamiento de Wadie Haddad en 1969, la autorización de Brézhnev para el envío de armas en julio de 1970 y la operación «Vostok» de marzo de 1970. [Precisión cronológica deliberada: toda esa documentación es posterior a la monografía de Sayegh de 1965, de modo que NO puede sostenerse que el texto fundacional del marco colonial haya sido encargado por Moscú. Lo documentado es que el vehículo político que lo llevó a la Asamblea General en 1975 sí estaba para entonces vinculado al bloque soviético.]
  11. 6 sexiesCortina, A. (2017). Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia. Barcelona: Paidós. El término «aporofobia» fue elegido palabra del año 2017 por la Fundéu y posteriormente incorporado al diccionario académico.
  12. 7Rodinson, M. «Israël, fait colonial?». Les Temps Modernes, n.º 253 bis, junio de 1967. Edición en inglés: Israel: A Colonial-Settler State?, Nueva York, Monad Press, 1973 (trad. David Thorstad, introducción de Peter Buch). Las salvedades sobre la nacionalidad israelí, la crítica a la analogía argelina y el llamado a la negociación se desarrollan en ese texto y en los posteriores, en particular en Israël et le refus arabe (1968).
  13. 8Wolfe, P. (2006). Settler colonialism and the elimination of the native. Journal of Genocide Research, 8(4), 387-409. Citas: «invasion is a structure not an event» (p. 388); «settler colonialism is inherently eliminatory but not invariably genocidal» (p. 387); la lógica de eliminación no se reduce a la liquidación sumaria (p. 388).
  14. 9Veracini, L. (2010). Settler Colonialism: A Theoretical Overview. Palgrave Macmillan. Cita: «settlers "come to stay": they are founders of political orders who carry with them a distinct sovereign capacity» («The Settler Colonial Situation», Native Studies Review, 19(1), 2010). Y Israel and Settler Society, Pluto Press, 2006.
  15. 10Khalidi, R. (2020). The Hundred Years' War on Palestine: A History of Settler Colonialism and Resistance, 1917-2017. Metropolitan Books.
  16. 11Herzl, T. (1896). Der Judenstaat, sección «Palestina o Argentina»: «Für Europa würden wir dort ein Stück des Walles gegen Asien bilden, wir würden den Vorpostendienst der Cultur gegen die Barbarei besorgen».
  17. 11 bisHeisenberg, W. (1958). Physics and Philosophy: The Revolution in Modern Science. Nueva York: Harper. Epígrafe, p. 78: «we have to remember that what we observe is not nature itself but nature exposed to our method of questioning».
  18. 12Jabotinsky, V. «O Zheleznoi Stene» («El muro de hierro»). Rassvyet, 4 de noviembre de 1923. Traducción inglesa canónica reimpresa en The Jewish Herald (Sudáfrica), 26 de noviembre de 1937, que es la que aquí se sigue. [Circulan al menos tres traducciones inglesas con redacciones divergentes.]
  19. 13Jewish Colonial Trust (Jüdische Colonialbank): resuelto en el Primer Congreso Sionista (Basilea, 1897) y constituido en Londres el 20 de marzo de 1899 bajo las English Companies Acts. Palestine Jewish Colonization Association (PICA), 1924. Rishon LeZion (1882) y Petah Tikva (refundada en 1883), financiadas por Edmond de Rothschild.
  20. 14Declaración Balfour, 2 de noviembre de 1917. Mandato británico para Palestina, artículos 2, 4 y 6: reconocimiento de la conexión histórica del pueblo judío, estatuto de la Agencia Judía como cuerpo público y obligación de facilitar la inmigración judía y alentar el asentamiento cerrado de judíos sobre la tierra. Revuelta Árabe de 1936-1939 y su represión por las fuerzas británicas.
  21. 14 bisRestricciones británicas anteriores a 1939: Libro Blanco de Churchill, 3 de junio de 1922 (inmigración judía limitada a la «capacidad económica de absorción» del país, exclusión del territorio al este del Jordán y declaración expresa de que Palestina no se convertiría en un Estado judío) y Libro Blanco de Passfield, octubre de 1930 (nuevas restricciones a la inmigración y a la transferencia de tierras). Régimen de cuotas y certificados de inmigración de la administración mandataria.
  22. 14 terDisturbios de 1929 y matanza de Hebrón, 23 y 24 de agosto de 1929: 67 judíos asesinados en Hebrón (59 en los hechos y 8 fallecidos después por las heridas) y 133 judíos y 110 árabes muertos en el conjunto de Palestina. En Hebrón había 41 policías y un solo oficial británico, el superintendente Raymond Cafferata, cuyos refuerzos solicitados no llegaron. Evacuación de la comunidad, retorno parcial de unos 160 judíos en 1931 y salida definitiva en 1936.
  23. 14 quinquiesExpulsiones y regresos en Cisjordania: caída del Barrio Judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén ante la Legión Árabe el 28 de mayo de 1948, expulsión de sus habitantes y destrucción o profanación de 58 sinagogas; anexión jordana de Cisjordania (1950) y negación del acceso judío al Muro Occidental y al cementerio del Monte de los Olivos durante diecinueve años, pese al artículo VIII del Acuerdo de Armisticio de 1949. Gush Etzion: tierra comprada por judíos en 1928 y ampliada en 1942, kibutz fundados entre 1943 y 1947 (Kfar Etzion, Massu'ot Yitzhak, Ein Tzurim, Revadim); asalto final del 12 y 13 de mayo de 1948 por la Legión Árabe y milicianos locales, con 127 muertos en Kfar Etzion, 15 de ellos fusilados tras rendirse, y unos 157 en el conjunto del bloque; refundación de Kfar Etzion en setiembre de 1967, primer asentamiento israelí en Cisjordania después de la guerra, por parte de descendientes de los caídos.
  24. 14 quaterEstatus jurídico: Israel nunca tuvo estatuto de dominio ni gobernador general, nunca integró la Commonwealth ni ningún vínculo formal equivalente con una antigua metrópoli, y no existe registro de tributo colonial alguno. Instituciones autofinanciadas del Yishuv bajo el Mandato: red de educación hebrea, Kupat Holim y organizaciones de autodefensa (Hashomer, Haganá).
  25. 15Libro Blanco británico de 1939 (MacDonald White Paper), Cmd. 6019, 17 de mayo de 1939: 10.000 inmigrantes judíos anuales durante cinco años más un contingente único de 25.000 refugiados, y cese posterior sin consentimiento árabe. Reglamentos de tierras de 1940: zona A (63% del territorio) con transferencia prohibida a no árabes, zona B (32%) restringida, zona C (5%) libre. Comisión Permanente de Mandatos de la Sociedad de las Naciones: cuatro de sus siete miembros sostuvieron que la política no se ajustaba a la interpretación previa del Mandato; el Consejo nunca se pronunció por el estallido de la guerra.
  26. 16Insurgencia judía en la Palestina del Mandato (1944-1948): Irgún, Leji y Haganá; Movimiento de Resistencia Hebrea (octubre de 1945 a agosto de 1946); asesinato de Lord Moyne (El Cairo, 6 de noviembre de 1944); Noche de los Puentes (16 y 17 de junio de 1946); atentado al Hotel Rey David (22 de julio de 1946, 91 muertos: 41 árabes, 28 británicos, 17 judíos y 5 de otras nacionalidades), con autorización previa de la Haganá y cancelación tardía; 141 militares y policías británicos muertos entre agosto de 1945 y agosto de 1947.
  27. 17Exodus 1947: zarpó de Sète el 11 de julio de 1947 con más de 4.000 desplazados judíos; abordaje británico el 18 de julio con tres muertos; deportación desde Haifa a Port-de-Bouc y, ante la negativa a desembarcar, traslado a Alemania; desembarco por la fuerza en Hamburgo el 8 y el 9 de septiembre de 1947 (unas 4.300 personas) e internamiento en campos. Fuentes: Yad Vashem, USHMM.
  28. 18Éxodo de los pieds-noirs: unos 800.000 europeos y judíos argelinos salieron hacia Francia en 1962, con el pico en mayo y junio; 1.013.000 repatriados en el total del proceso (Baillet, 1975). Organisation Armée Secrète: campaña armada contra el Estado francés en Argelia y en la metrópoli con el objetivo declarado de impedir la independencia.
  29. 19Lewin-Epstein, N., y Cohen, Y. (2018). Ethnic origin and identity in the Jewish population of Israel. Journal of Ethnic and Migration Studies. Clasificación por origen de los abuelos sobre datos de la European Social Survey, rondas 7 y 8 (relevamiento 2015-2017, n = 3.917): 44,9% de Asia y África, 31,8% de Europa y América, 12,4% de la ex URSS posterior a 1989, 3% Beta Israel, 7,9% mixtos u otros. [La Oficina Central de Estadísticas de Israel no publica categorías oficiales asquenazí/mizrají: la clasificación es reconstruida, no censal.]
  30. 19 bisOposición interna al revival: herem contra Ben-Yehuda por sectores ultraortodoxos del Viejo Yishuv de Jerusalén. Estatuto oficial del hebreo bajo el Mandato junto al inglés y el árabe (1921-1922). Caso irlandés como control: primera lengua oficial según la Constitución de 1937 y poco más de 70.000 hablantes diarios fuera del sistema educativo en el censo de 2022.
  31. 20Renacimiento del hebreo: Eliezer Ben-Yehuda (1858-1922), emigración a Palestina en 1881, periódico HaTzvi (1884), Comité de la Lengua Hebrea (1890); Itamar Ben-Avi (n. 1882), primer hablante nativo de hebreo de la era moderna. Consenso lingüístico sobre el hebreo como único revival pleno (Paulston et al., 1993), con la salvedad de casos residuales de escala mínima (córnico, manés) y del debate de Zuckermann sobre el carácter híbrido del hebreo israelí.
  32. 20 bisEstela de Merneptah (Egipto, c. 1208 a.e.c.), primer registro extrabíblico conocido que nombra a Israel como pueblo en Canaán. Talmud de Jerusalén, compilado en Tiberíades hacia el año 400; escuela masorética de Tiberíades, siglos VII a X, fijación del texto y la vocalización de la Biblia hebrea. Continuidad de la presencia judía en la tierra de Israel: comunidades sostenidas en Jerusalén, Hebrón, Safed y Tiberíades (las cuatro ciudades santas de la tradición judía) a través de los dominios bizantino, árabe, cruzado, mameluco y otomano. Safed como centro mayor de estudio judío en el siglo XVI y sede de la primera imprenta hebrea de Asia (1577).
  33. 20 terConquista árabe del Levante: derrota bizantina en la batalla de Yarmuk (agosto de 636) y capitulación de Jerusalén (637-638). La arabización y la islamización de la población local se extendieron a lo largo de los siglos siguientes, de modo que una parte sustancial de la población palestina actual desciende de habitantes preislámicos de la región.
  34. 21Demografía comparada: árabes que permanecieron dentro de Israel al terminar la guerra de 1948, unos 156.000; ciudadanos árabes de Israel en 2023, más de 1.750.000, y unos 2.065.000 si se incluyen los residentes permanentes de Jerusalén Este y del Golán (CBS). Censo israelí de septiembre de 1967: Cisjordania 661.700 y Gaza 354.700 (cifras del estudio de la UNCTAD para Naciones Unidas). Proyecciones de la Oficina Central Palestina de Estadísticas a fines de 2025: Cisjordania 3.395.260 y Gaza 2.349.301, elaboradas antes de octubre de 2023 según advertencia expresa del propio organismo. Población aborigen australiana: estimaciones precontacto de entre 300.000 y más de un millón; censos de 1901, unas 93.000 personas registradas, con subenumeración reconocida en Australia Occidental. Población indígena de los Estados Unidos: piso de unos 250.000 en el censo de 1900.
  35. 22Matanza de Salsipuedes, 11 de abril de 1831: dirigida personalmente por el presidente Fructuoso Rivera, con Bernabé Rivera al mando del escuadrón que condujo a los charrúas al lugar. Cifras del parte oficial: unos 40 muertos y unos 300 capturados, discutidas por la historiografía. Vaimaca Perú, Senaqué, Guyunusa y Tacuabé, embarcados en el bergantín Phaéton el 25 de febrero de 1833, llegados a Saint-Malo el 7 de mayo y exhibidos en París. Senaqué murió el 26 de julio de 1833; Vaimaca Perú, el 13 de septiembre de 1833; Guyunusa, el 22 de julio de 1834 en Lyon, tras dar a luz; su hija Caroline, el 28 de agosto de 1834. [La historiografía discute el origen charrúa de los cuatro: Rivet consigna a Tacuabé como hijo de charrúa y Petit Muñoz plantea un posible origen guaraní o mestizo.]
  36. 23Monumento a los Últimos Charrúas, Prado, Montevideo, inaugurado en 1938 (Edmundo Prati, Gervasio Furest Muñoz y Enrique Lussich). Ley 17.256 de 2000, repatriación de los restos de Vaimaca Perú, ingresados en 2002 al Panteón Nacional. Ley 18.589 de 2009, que declara el 11 de abril Día de la Nación Charrúa y de la Identidad Indígena.
  37. 24Convención Preliminar de Paz, 27 de agosto de 1828, firmada bajo mediación británica (lord John Ponsonby), origen del Estado Oriental del Uruguay.
  38. 25Enrique Rodríguez Fabregat, representante de Uruguay en el Comité Especial de las Naciones Unidas para Palestina (UNSCOP, 1947), junto con Jorge García Granados (Guatemala) entre los promotores del plan de partición.
  39. 26Antisemitismo europeo contemporáneo, sección VIII. Barcelona: ruptura de relaciones institucionales con Israel y suspensión del hermanamiento con Tel Aviv (Ada Colau, febrero de 2023), restablecimiento (Jaume Collboni, setiembre de 2023) y nueva ruptura acordada con Barcelona en Comú y ERC (Collboni, mayo de 2025). España: unos 13.000 judíos según estimaciones del JPR; Ministerio del Interior, 37 incidentes antisemitas registrados en 2024, máximo de la serie, con una caída del 13,8% en el total de delitos de odio; Observatorio de Antisemitismo de la FCJE, 193 incidentes en 2024. Malmö: congregación judía de más de 2.000 miembros en la década de 1970 y menos de 500 en la actualidad; declaraciones del alcalde Ilmar Reepalu en Skånska Dagbladet, 27 de enero de 2010, y al Sunday Telegraph en febrero de 2010; medidas de protección de la sinagoga y partida municipal de 2019. FRA, segunda encuesta sobre antisemitismo (campo de mayo y junio de 2018, n = 16.395 en 12 Estados miembros), tabla 6, p. 54, base n = 3.720, respuesta múltiple, referida exclusivamente a episodios de acoso: 31% no pudo describir al agresor, 30% alguien con visiones musulmanas extremistas, 21% alguien de izquierda, 13% alguien de derecha; ficha de Alemania, 41%. La tercera encuesta (campo enero-junio de 2023, publicada en julio de 2024) no publica ese desglose. Estadística alemana de criminalidad políticamente motivada (BKA): mayoría de delitos antisemitas atribuidos al espectro de extrema derecha en todos los años de la serie, con crítica metodológica documentada sobre la atribución por defecto en ausencia de detenido y sobre la falta de categoría propia para el antisemitismo islamista. ICCT (La Haya), análisis de violencia antisemita en Europa durante 2025: sobre 102 casos con motivo identificado de 254 monitoreados, 46% sentimiento propalestino, 41% extrema derecha, 7% extrema izquierda, 5% islamista. Ataques antisemitas letales en Europa occidental en el siglo XXI: Toulouse (2012, 4 muertos), Museo Judío de Bélgica (2014, 4), Hypercacher (2015, 4), Copenhague (2015, 1 víctima judía), Manchester (2025, 2), todos de autoría yihadista; Halle (2019, 2 muertos, ninguno judío), de autoría neonazi, con unas 50 personas dentro de la sinagoga cuya puerta resistió.

Corrección de fondo aplicada por el autor sobre el primer borrador: la versión anterior concedía que «los dos primeros recibos existieron durante veinte años». Es falso y se corrigió. Ningún Estado envió colonos: la obligación mandataria de facilitar una inmigración es un permiso, no un despacho, y ese permiso empezó a revocarse en 1922. El segundo recibo tampoco existió: la fuerza imperial no protegió al Yishuv, como probó Hebrón en 1929, y por eso hubo que fundar una milicia propia. Se agregó además el recibo que no figura en ningún archivo (sin tributo, sin dominio, sin gobernador general, sin Commonwealth) y una sección nueva sobre el reparto de papeles entre nativo y colono. Nota de proceso: las citas de prensa uruguaya (fuentes 1 a 6) se verificaron por búsqueda web con el texto literal a la vista, con las salvedades consignadas en la propia lista: la autoría de la columna de Brecha de mayo de 2023 y de la entrevista a Khalidi surge del índice editorial del semanario y no de una firma visible en la web, y el año de la tribuna de Bolón está inferido del contenido. Los datos históricos se verificaron con fuentes primarias o de referencia. Las cifras demográficas se presentan con las advertencias metodológicas de los propios organismos, y la comparación con los casos australiano y estadounidense usa rangos y no los extremos más favorables. No se utilizó el dato del censo otomano de 1916 sobre hablantes de hebreo por no haber sido posible verificarlo. Antiplagio interno: no se reutiliza el expediente documental de la pieza 3 (Mandato de 1922, Resolución 181, admisión de 1949, comparación con Pakistán y Jordania), ni la metáfora de la torre y el patio, ni el motivo de las moscas, ni la imagen del libelo colonialista con bata puesta de la pieza 2; el estatus jurídico de los ciudadanos árabes de Israel se menciona al pasar y se reserva para la pieza sobre el apartheid.

Bernardo Borkenztain · Antisemitismo al descubierto · Pieza cuatro

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