Los dos minutos de odio ya no duran dos minutos: duran todo el día, todos los días, y nadie necesita convocarnos porque el algoritmo se encarga de servirnos la pantalla.
I. El ritual
En 1984, Orwell imaginó un ritual diario llamado los dos minutos de odio. Los funcionarios del Partido se reunían frente a una pantalla donde aparecía el rostro de Emmanuel Goldstein, el enemigo del pueblo, el traidor, el origen de todos los males, y durante ciento veinte segundos aullaban, escupían, golpeaban los respaldos de las sillas. Lo notable del ritual no era el odio, que es un sentimiento humano corriente, sino su carácter obligatorio, colectivo y placentero. Winston Smith, que despreciaba al Partido, descubría con horror que a los treinta segundos ya no podía evitar sumarse: “Lo horrible de los dos minutos de odio no era que uno estuviera obligado a participar, sino que era imposible no hacerlo”.
Orwell eligió para su chivo un apellido judío. No fue distracción: escribía en 1948, con los hornos todavía tibios, y sabía exactamente qué arquetipo estaba invocando. Goldstein es Trotsky, claro, pero es también el judío eterno de la propaganda europea, el conspirador ubicuo al que se le puede atribuir cualquier cosa porque su función no es ser culpable de algo sino ser culpable de todo.
Abro Twitter, que me niego a llamar X, un día cualquiera de 2026 y el ritual está en marcha. No dura dos minutos: dura todo el día, todos los días, y no hace falta que nadie nos convoque porque el algoritmo se encarga de servirnos la pantalla. El rostro cambió. Ya no es Goldstein: es Israel, el sionismo, “los sionistas”, y con una frecuencia que debería alarmar a cualquiera que sepa leer, los judíos a secas. Las consignas se repiten con la regularidad de una letanía: país ilegítimo, proyecto colonial, Nakba, genocidio, apartheid. Cinco palabras que funcionan como los martillazos sobre el respaldo de la silla.
Voy a escribir sobre eso. Y antes de escribir una línea más corresponde poner las cartas sobre la mesa, todas, boca arriba.
Escribo en la diaria. Cobro por hacerlo, me publican con generosidad y con libertad, y algunas de las cosas más duras que voy a decir acá involucran textos aparecidos en ese mismo medio y en Brecha, el otro semanario de la izquierda cultural uruguaya. Nadie me pidió esta columna y nadie la revisó antes que ustedes. La responsabilidad por cada palabra es mía y de nadie más.
No hablo en nombre de la colectividad judía del Uruguay, a la que pertenezco por nacimiento y por elección, ni de ninguna institución. Hablo como lo que soy: un columnista judío de izquierda, o de lo que la izquierda era cuando me afilié sentimentalmente a ella, que ve con una mezcla de tristeza y de espanto cómo el espacio político que debería ser el más inmunizado contra el odio racial se convirtió en su portador asintomático más eficaz.
Este texto no es una vendetta. Es una autopsia: la vendetta busca castigar, la autopsia busca entender de qué se murió algo.
Este texto no es una vendetta. Es una autopsia. La diferencia importa: la vendetta busca castigar, la autopsia busca entender de qué se murió algo. Lo que se murió, me temo, es la capacidad de una parte de nuestra izquierda para distinguir entre criticar a un gobierno y odiar a un pueblo. Y como toda autopsia, esta requiere abrir el cuerpo, mirar los órganos, nombrar lo que se encuentra. Va a ser desagradable. Las autopsias lo son.
Una precisión más, porque en este tema las precisiones no sobran nunca: criticar al gobierno de Israel no es antisemitismo. Lo digo sin ambigüedad y lo sostengo. Yo mismo he criticado a Netanyahu con dureza y lo volvería a hacer; su coalición con el mesianismo ultranacionalista me parece una desgracia para Israel y para los judíos del mundo. Decenas de miles de israelíes llenan las plazas de Tel Aviv para decir lo mismo. El Estado de Israel es un Estado, con un ejército, un gobierno y políticas públicas, y todo eso es criticable como lo es cualquier Estado. Quien use esta columna para blindar a un gobierno de la crítica legítima la está leyendo mal a propósito.
Pero existe una frontera, y es detectable con instrumentos bastante sencillos. Natan Sharansky, que supo lo que era el odio de Estado porque lo padeció nueve años en el Gulag soviético, propuso hace dos décadas el test de las tres D: hay antisemitismo cuando la crítica a Israel demoniza (compara a los israelíes con los nazis, atribuye al Estado judío una maldad ontológica), cuando aplica dobles estándares (exige a Israel lo que no se exige a nadie más, lo escruta con una lupa que jamás se posa sobre Siria, Sudán o China) y cuando deslegitima (niega al pueblo judío, y solo al pueblo judío, el derecho a la autodeterminación que se considera sagrado para todos los demás). Las tres D no son un invento de la propaganda israelí: son la operacionalización de la definición de trabajo de la IHRA, adoptada en 2016 y suscrita por más de cuarenta países, Uruguay entre ellos. Con ese instrumental en la mano, propongo recorrer las cinco consignas del ritual. Pero antes hay que entender la maquinaria que las distribuye.
II. La máquina de la mentira útil
Hay dos palabras inglesas que el español traduce mal porque las traduce igual: misinformation y disinformation. Ambas terminan en nuestra pobre “desinformación”, y esa pobreza léxica es una catástrofe conceptual, porque nombran dos fenómenos distintos que se necesitan mutuamente como el virus necesita a la célula.
Disinformation es la mentira deliberada: contenido falso fabricado y distribuido por alguien que sabe que es falso, con un objetivo estratégico. Es un acto de agresión informativa. Tiene autor, presupuesto y doctrina.
Misinformation es la mentira inocente: contenido falso compartido por alguien que lo cree verdadero. No tiene malicia; tiene fervor. Y acá está el detalle diabólico del sistema: la disinformation es cara y arriesgada de producir, pero la misinformation la distribuye gratis. El operador fabrica una sola vez; los creyentes replican millones de veces. Cada uno de nosotros, cuando comparte sin verificar, trabaja ad honorem para alguien que sí cobra.
Esto no es una metáfora mía: está medido. El estudio más citado sobre el tema, publicado por Vosoughi, Roy y Aral en Science en 2018 sobre una base de 126.000 cadenas de noticias en Twitter, encontró que las noticias falsas se difunden significativamente más rápido, más lejos y más profundo que las verdaderas, y que el efecto es más pronunciado en las noticias políticas. La razón no eran los bots: eran los humanos. Lo falso es más novedoso que lo verdadero, y la novedad, en la economía de la atención, es la moneda de curso legal. La mentira no gana porque sea poderosa: gana porque es más entretenida.
Sobre esa infraestructura psicológica opera lo que en una columna anterior llamé, siguiendo a los juristas Chesney y Citron, el dividendo del mentiroso: en un ecosistema saturado de falsificaciones, el mentiroso cobra un dividendo adicional, porque ya no necesita que le crean su mentira; le alcanza con que nadie le crea nada a nadie. La niebla es el objetivo. Cuando todo puede ser falso, la evidencia pierde su función de árbitro y la pertenencia tribal la reemplaza.
Ahora apliquemos este marco al conflicto que nos ocupa, porque pocas veces en la historia una organización armada entendió tan bien esta maquinaria como Hamás.
En diciembre de 2023, el Chicago Project on Security and Threats de la Universidad de Chicago, dirigido por Robert Pape, uno de los mayores especialistas mundiales en terrorismo y coerción, publicó junto a Mohamed Elgohari un análisis sistemático de la propaganda de Hamás posterior al 7 de octubre. El informe, titulado “Winning Hearts and Minds”, identifica cuatro objetivos primarios de esa campaña: legitimar los ataques del 7 de octubre, exhibir destreza militar, cosechar solidaridad regional y global, y humanizar al grupo mientras se subraya la brutalidad israelí. No es un panfleto: es un paper de una de las universidades más serias del planeta, basado en el monitoreo directo de los canales oficiales del grupo.
La pieza más elocuente de esa arquitectura es el doble canal. Hamás y sus brigadas Al Qassam operan redes de distribución paralelas en Telegram con contenidos calibrados por audiencia: el material en árabe habla de muyahidines, de mártires y de yihad; el material en inglés habla de freedom fighters, de resistencia y de descolonización. Mismo emisor, mismo día, mismos hechos, dos vocabularios. Uno para movilizar a la umma, otro para seducir al progresista occidental que jamás marcharía por un califato pero marcha encantado por una lucha de liberación nacional. La prensa que ha monitoreado esos canales en inglés, con cientos de miles de suscriptores occidentales, documenta el procedimiento hasta el detalle tipográfico: Israel aparece sistemáticamente entre comillas, para negarle existencia hasta en la ortografía.
La fábrica produce el virus y la buena conciencia occidental pone los pulmones.
Ese contenido calibrado es la disinformation. Lo que pasa después es la misinformation: el militante de Montevideo, de Barcelona o de Berkeley que replica la consigna no miente, en el sentido de que no sabe que transmite un producto diseñado. Cree. Y porque cree, es infinitamente más persuasivo que cualquier operador pago. Nadie desconfía del fervor sincero. El sistema es tan elegante que da un poco de vértigo: la fábrica produce el virus y la buena conciencia occidental pone los pulmones.
Conviene decir esto con todas las letras para que no se me malinterprete: Israel también hace propaganda. La hasbará existe, tiene presupuesto, financia viajes de periodistas e influencers, pule su narrativa con la misma dedicación con que cualquier Estado en guerra pule la suya, y el escepticismo frente a sus comunicados oficiales es tan obligatorio como frente a los de cualquier ejército.
La diferencia relevante para esta columna no es moral sino estructural: la propaganda estatal israelí compite en un mercado occidental que la descuenta por default (¿alguien recuerda la última vez que un comunicado del ejército israelí fue tomado a valor facial por la prensa europea?), mientras que la propaganda de Hamás llega lavada, sin remitente visible, convertida ya en sentido común militante. Un producto con etiqueta compite peor que un producto de contrabando. Y los datos del ministerio de salud de Gaza, que es un ministerio de Hamás, abren los informativos del mundo sin comillas ni genealogía, mientras cualquier cifra israelí llega escoltada por un “según afirma”.
La pregunta que queda picando es la incómoda: ¿por qué funciona tan bien? ¿Por qué esa mercadería encuentra en la izquierda occidental, y en la uruguaya en particular, un mercado tan ávido? La respuesta corta es que la oferta no explica nada sin la demanda. La respuesta larga ocupa la próxima sección.
III. La demanda: tres mecanismos de una avidez
Ningún virus prende sin receptor celular. Para que la consigna importada se vuelva fervor local hacen falta condiciones del lado del huésped, y las tres que voy a describir no son patologías exóticas: son mecanismos psicosociales corrientes, documentados, que cualquiera de nosotros porta de serie. Yo también. La diferencia entre portarlos y ser operado por ellos es, justamente, saber que existen.
El señalamiento virtuoso, o la fe sin catecismo
En una columna reciente sostuve que buena parte de nuestra vida pública dejó de ser política para volverse performance: lo que importa no es el efecto de lo que se dice sino el hecho de decirlo ante testigos. La palabra “genocidio” funciona hoy en ciertos ambientes como funcionaba el pescado dibujado en las catacumbas: no describe, identifica. Decirla es mostrar la credencial; negarse a decirla, como le pasó a Orsi en la Asamblea General de la ONU en setiembre de 2025, es exponerse a que la propia vicepresidenta salga a marcar la cancha con aquello de que “la palabra importa”. La palabra, no el hecho. El significante, no la política pública. Importa la seña, no lo señalado.
El mecanismo tiene un nombre técnico, virtue signalling, la señalización de virtud, y una trampa cognitiva asociada que los psicólogos Rozenblit y Keil bautizaron ilusión de profundidad explicativa: la certeza subjetiva de que entendemos algo complejo cuando en realidad solo sabemos nombrarlo.
Pídanle al militante promedio que grita apartheid que explique la diferencia entre el régimen jurídico de Cisjordania y el estatus de los dos millones de ciudadanos árabes de Israel, con voto, partidos propios y jueces en la Corte Suprema. Pídanle al que grita colonialismo que nombre la metrópoli. El silencio que sigue no es tonto: es la ilusión de profundidad haciendo agua. Pero el costo de esa agua es alto, así que la reacción no suele ser la duda sino el redoble: se grita más fuerte precisamente porque no se puede explicar mejor.
Se grita más fuerte precisamente porque no se puede explicar mejor.
El señalamiento virtuoso explica la avidez porque el mercado de la virtud exige liquidez: hace falta una causa cuya adhesión sea barata de exhibir y cara de auditar. La causa palestina, a doce mil kilómetros, cumple ambas condiciones a la perfección. Nadie va a pedirte que alojes a un refugiado ni que expliques la Línea Verde: alcanza con la bandera en la bio y las cinco consignas en orden. Es la fe sin catecismo, la militancia como suscripción.
La fusión de identidad, o el dolor del apróstata
En otra columna tomé prestado de Darwin Desbocatti un neologismo espléndido: el apróstata, ese que no puede apostatar, no porque le falten dudas sino porque su identidad y su credo se fundieron en una sola pieza, y arrancarse la creencia sería arrancarse la cara. La psicología social lo llama identity fusion, fusión de identidad, y es el mejor predictor conocido de la disposición a sacrificarse por el grupo, bastante mejor que la mera adhesión ideológica.
Para el fusionado, la evidencia contraria no es información: es agresión. Por eso las discusiones sobre Medio Oriente en un asado uruguayo tienen esa cualidad inconfundible de exorcismo fallido: no discutís datos, discutís con el sistema inmune de una identidad.
Y por eso el paquete viene sellado: quien compra la causa palestina en su versión militante compra también, sin abrir la caja, la ilegitimidad de Israel, el carácter colonial del sionismo, la lectura de la Nakba como pecado original, el genocidio como certeza anterior a cualquier tribunal y el apartheid como descripción neutra. Cuestionar un ítem del paquete es traicionarlo entero. Irving Janis describió hace medio siglo el pensamiento grupal que blinda esas cajas; Pablo Iglesias, con más cinismo que Janis, lo llamó cabalgar contradicciones.
El fenómeno tiene hasta sigla en la literatura anglosajona: PEP, Progressive Except Palestine, el progresista impecable en feminismo, derechos LGBT y garantismo penal que, llegado el tema palestino, suspende de golpe todos sus estándares: celebra como resistencia una organización que fusila opositores, persigue homosexuales y usa civiles como escudo, y no siente la contradicción porque la fusión identitaria la metabolizó antes de que llegara a la conciencia. El apróstata no es un hipócrita: es un converso. La hipocresía requiere saber que uno se contradice; la fusión lo impide.
El chivo expiatorio, o Girard en el timeline
Y abajo de todo, en el sótano de la máquina, está el mecanismo más viejo. René Girard dedicó su obra a mostrar que las comunidades en crisis no se pacifican resolviendo sus conflictos sino descargándolos: todos contra uno. El chivo expiatorio no se elige por su culpa sino por su elegibilidad: tiene que ser lo bastante visible para concentrar el odio, lo bastante distinto para no generar identificación y lo bastante indefenso, o lejano, para que la descarga no tenga costo. La unanimidad del linchamiento produce una paz inmediata y adictiva: por un momento, la comunidad fracturada vuelve a ser una.
La izquierda occidental está en crisis desde hace décadas: perdió el sujeto histórico, perdió el relato del progreso, perdió elecciones ante derechas que le hablan al obrero que ella dejó de escuchar. En Uruguay, el Frente Amplio gobierna con una interna que se muerde la cola y una calle que ya no llena sola. ¿Y qué ofrece el ritual antiisraelí? Exactamente lo que Girard describió: un enemigo unánime. En la marcha por Palestina convergen el comunista y el islamista, la feminista y el cura tercermundista, el ambientalista y el nostálgico de la guerrilla, gente que no coincidiría ni en la hora. La causa no los une por lo que afirma sino por lo que permite descargar juntos. Los dos minutos de odio no son un exceso del sistema: son el pegamento.
Y el chivo, oh casualidad, vuelve a ser el de siempre. Girard señaló que los estereotipos persecutorios son estables a través de los siglos: al chivo se lo acusa de los crímenes que disuelven el orden social, el asesinato ritual de niños, el envenenamiento de las fuentes, la conspiración universal. Tomen esa lista medieval y tradúzcanla: mata niños deliberadamente, envenena, ya no pozos, sino la información y la política mundial, controla las finanzas y los medios. La estructura acusatoria contra Israel calca, punto por punto, la estructura acusatoria contra los judíos de Norwich en 1144. No porque cada crítico de Israel sea un antisemita medieval, sino porque el molde estaba disponible, tenía ocho siglos de rodaje y el contenido nuevo se vertió en él con una naturalidad escalofriante.
De ese molde medieval viene la expresión que da subtítulo a esta columna. El libelo de sangre fue la acusación, nacida en la Inglaterra del siglo XII y perfeccionada en todo el continente, de que los judíos secuestraban niños cristianos para usar su sangre en ritos de Pésaj. Era falso, fue siempre falso, se demostró falso mil veces, y mató judíos durante ochocientos años, porque el libelo tiene una propiedad que lo distingue de la simple mentira: no está diseñado para ser creído tras examen sino para hacer el examen innecesario. Su función es moralizar el odio: convertir la persecución en deber. El que masacraba una judería tras un libelo de sangre no se vivía como asesino: se vivía como justiciero.
IV. Los cinco libelos
Con esa definición en la mano, examinemos las cinco consignas del ritual contemporáneo. Adelanto el criterio, que es el mismo para las cinco: en cada caso hay una discusión legítima, histórica o jurídica, que merece respeto y que no pienso escamotear; y hay una versión libelo, que toma esa discusión, la decapita de sus matices y la convierte en veredicto moral absoluto cuya única función es habilitar el odio. La frontera entre una y otra no es una opinión mía: es verificable con el registro documental. Vamos por partes, como recomendaba el forense.
Primer libelo: “Israel es un país ilegítimo”
Empecemos por el más desnudo, porque es la matriz de los otros cuatro. La consigna sostiene que Israel no tiene derecho a existir: que es una “entidad”, como la llaman con esa ortografía del odio los canales de Hamás y sus repetidores locales, un error de la historia que debe corregirse “del río al mar”.
El registro verificable dice otra cosa, y la dice con una contundencia burocrática casi aburrida. Israel es, de todos los Estados surgidos de la descolonización de posguerra, probablemente el de partida de nacimiento más prolija: un hogar nacional judío reconocido por la Sociedad de Naciones en el Mandato de 1922, un plan de partición votado por la Asamblea General de la ONU en noviembre de 1947 (la Resolución 181, con la Unión Soviética y Estados Unidos votando juntos, rareza cósmica), una declaración de independencia en mayo de 1948 y una admisión como Estado miembro de la ONU en 1949.
Pakistán nació el mismo año de una partición infinitamente más sangrienta, con quince millones de desplazados y cifras de muertos que se estiman entre varios cientos de miles y dos millones. Jordania es el invento de un funcionario colonial británico con un lápiz. Ningún movimiento global cuestiona la existencia de Pakistán ni de Jordania, ni de ninguno de los cuarenta y tantos Estados nacidos de particiones, guerras y fronteras dibujadas con regla. Uno solo, entre los casi doscientos Estados del planeta, tiene su derecho a existir en discusión permanente. Uno. El de los judíos.
Ahí está la primera D de Sharansky operando a cielo abierto: la deslegitimación selectiva. La discusión legítima que este libelo canibaliza existe y es respetable: se puede debatir el sionismo como se debate cualquier nacionalismo, se puede preferir en teoría un Estado binacional, se puede criticar la Ley del Estado-Nación de 2018, se pueden discutir fronteras, capitales y arreglos constitucionales. Todo eso es política. El libelo empieza exactamente donde la vara se vuelve única: cuando la autodeterminación, ese derecho que la izquierda considera sagrado para saharauis, kurdos, catalanes y por supuesto palestinos, se convierte en crimen en el único caso en que la ejercen judíos. No hace falta decir “judío” para que el mensaje llegue: alcanza con sostener que 7 millones de ellos, mayoritariamente nacidos ahí, nietos de sobrevivientes y de expulsados, deben quedarse sin Estado en un mundo donde hasta el último imperio colonial tiene banca en la ONU.
Segundo libelo: “Israel es un proyecto colonialista”
Este es el más sofisticado de los cinco, porque viste toga académica. El marco del colonialismo de asentamiento (settler colonialism) es una corriente real de los estudios poscoloniales, con revistas, cátedras y congresos, y aplicado a ciertos aspectos del conflicto produce discusiones intelectualmente serias: la expansión de asentamientos en Cisjordania después de 1967 admite, esa sí, análisis con herramientas coloniales, y jueces israelíes lo han señalado. Hasta ahí, academia.
El libelo es otra cosa: es la traducción callejera según la cual los judíos son en Medio Oriente lo que los franceses fueron en Argelia, un implante europeo blanco sobre tierra ajena, destinado como todo colonialismo a ser expulsado. La consigna tiene un problema por punta. Los colonos franceses en Argelia tenían una metrópoli, Francia, que los envió, los financió y los recibió de vuelta un millón de ellos en 1962. ¿Cuál es la metrópoli de Israel? ¿Adónde “vuelven” los judíos? ¿A Polonia, que los recibió a tiros en Kielce en 1946, después de Auschwitz? ¿A Bagdad, a Trípoli, a El Cairo, a Damasco, de donde unos 850.000 judíos fueron expulsados o forzados a huir entre 1948 y los setenta, comunidades de dos milenios y medio liquidadas en una generación? Más de la mitad de los judíos israelíes desciende de esos expulsados de países árabes y musulmanes: refugiados del mundo árabe presentados como colonos europeos, en la pirueta historiográfica menos elegante del siglo.
El colono, además, se define por no tener vínculo previo con la tierra. El pueblo judío tiene con esa tierra en particular una relación continua y documentada de tres mil años: lingüística (el hebreo no se revivió en Palestina por capricho: nunca dejó de rezarse hacia Jerusalén), arqueológica, literaria y demográfica, con presencia física ininterrumpida en Jerusalén, Safed, Hebrón y Tiberíades. Se puede discutir todo sobre cómo se gestionó el retorno; lo que no resiste el registro es la premisa de la ajenidad. Un movimiento de refugiados que retorna a su lugar de origen histórico, compra tierra, revive su lengua y acepta partirla con el otro pueblo que la habita podrá ser criticado por mil cosas, pero llamarlo colonialismo exige vaciar la palabra hasta que sirva para cualquier cosa, que es la manera más segura de que no sirva para nada.
Y de paso deja una pregunta incómoda flotando sobre el continente que más entusiasmo pone en la consigna: si el criterio es “descendiente de inmigrante europeo sobre tierra ajena, devuélvase”, América Latina entera debería estar haciendo las valijas. Curiosamente, los únicos a los que se les aplica el criterio viven en Tel Aviv.
Tercer libelo: la Nakba como pecado original
Acá tengo que caminar con más cuidado que en ningún otro tramo, porque este libelo está construido alrededor de un núcleo de dolor real, y los libelos con núcleo verdadero son los más eficaces y los más difíciles de desarmar.
Los hechos primero, sin anestesia: en la guerra de 1947-1949, alrededor de 700.000 árabes palestinos abandonaron o fueron expulsados de sus hogares en lo que fue el Mandato británico. Hubo huidas ante el avance militar, hubo llamados de líderes árabes a evacuar, y hubo también expulsiones deliberadas y matanzas, Deir Yassin y Lydda entre ellas, que la historiografía israelí misma, con Benny Morris a la cabeza, documentó en los archivos del propio Estado. Ese sufrimiento fue real, sus descendientes lo cargan, y ningún judío que recuerde sus propios éxodos tiene derecho a sonreír frente al éxodo ajeno. Escribo esto sin un pero: la catástrofe palestina de 1948 ocurrió y duele.
El libelo no está en la palabra Nakba ni en el duelo que nombra. El libelo es la operación narrativa que convierte ese duelo en pecado original unilateral: la historia según la cual un pueblo pacífico fue arrasado sin contexto, sin guerra, sin agencia propia, por la pura maldad sionista. Esa versión requiere amputar del relato tres cosas que el registro guarda.
Primero, que hubo un plan de partición que ofrecía un Estado a cada pueblo, que el liderazgo sionista aceptó y el liderazgo árabe rechazó, eligiendo la guerra que anunció sin eufemismos.
Segundo, que la guerra la abrieron los ejércitos de cinco Estados árabes invadiendo el territorio del Estado recién declarado, y que si la hubieran ganado no estaríamos hablando de dos relatos: no habría quedado quién contara el segundo.
Hay un pliegue más que el relato canónico amputa, y lo digo con el cuidado que merece. La guerra no empezó con la invasión de mayo de 1948: empezó en noviembre de 1947, al día siguiente de la partición, como guerra civil dentro del Mandato, con milicias locales y voluntarios del Ejército de Liberación Árabe atacando rutas y barrios judíos desde adentro, con la población árabe movilizada como retaguardia de la ofensiva que venía. El objetivo no era un secreto vergonzante: el secretario general de la Liga Árabe, Azzam Pasha, había prometido en octubre de 1947, por la prensa, “una guerra de exterminio y una masacre memorable”. Buena parte de la huida se produjo cuando ese plan se desbarató: los notables que partieron primero, los llamados a evacuar para volver detrás de los ejércitos victoriosos, el derrumbe de una sociedad que había sido enrolada como plataforma de una aniquilación que no llegó a consumarse. No todos conspiraban, por supuesto; la mayoría huyó como huye cualquier civil de cualquier guerra, y su dolor no necesita permiso de nadie. Pero el relato que presenta ese éxodo como limpieza unilateral de un pueblo pacífico necesita borrar que la masacre planificada y anunciada con orgullo era la otra. La Nakba como pecado original es, en ese sentido preciso, una reinvención del pasado: se ancla en un dolor verdadero y edita la mitad de la escena.
La palabra justa importa, y acá conviene ser muy claro: aquello no fue, en su mayor parte, una expulsión, como sí lo fue la de Setiembre Negro de 1970, cuando un Estado árabe, Jordania, aplastó y echó a la dirigencia palestina con miles de muertos que ningún acto en Montevideo conmemora. Fue una derrota. Y una derrota con un agravante teológico en la gramática del islam político: la tierra perdida no era una provincia cualquiera sino suelo del islam, que la doctrina declara inalienable; la carta fundacional de Hamás lo dice sin rodeos en su artículo 11, Palestina como waqf, legado islámico hasta el día del juicio que ningún árabe tiene autoridad para ceder. Perderla en guerra, y perderla ante los judíos, la minoría tolerada y subordinada durante trece siglos de estatuto dhimmí, no fue solo una catástrofe: fue una humillación infamante. Ahí anida una de las tantas explicaciones de un dato que el relato canónico prefiere no mirar: por qué los Estados árabes jamás integraron a los refugiados palestinos, con la excepción parcial de esa misma Jordania que después los expulsó, y por qué el Líbano los mantiene hasta hoy sin ciudadanía, sin propiedad y con profesiones vedadas. La herida no debía cerrar, porque su función nunca fue sanar: fue acusar.
Tercero, que la misma década produjo la otra nakba, la de los 850.000 judíos del mundo árabe, que no tiene día internacional, ni resolución de la ONU, ni organismo propio, ni agencia con estatuto de refugiado hereditario, ni una sola marcha en Montevideo.
La asimetría del duelo administrado es la firma del libelo. El refugiado palestino es el único del planeta cuya condición se hereda por generaciones bajo un organismo creado a medida, mientras el refugiado judío de Bagdad fue absorbido, naturalizado y borrado del relato en una generación.
No pido que se llore menos a unos: pido que se advierta el uso. Porque una tragedia que se congela a perpetuidad no es memoria: es munición. El duelo que no puede terminar nunca no busca reparación: busca que la herida siga abierta como título ejecutivo contra la existencia del otro. Y cuando la conmemoración de una catástrofe de hace 78 años funciona, en cada acto y en cada pancarta, como demostración de que el Estado vecino es ilegítimo de origen, ya no estamos ante historia: estamos ante el primer libelo con vestido de luto.
Cuarto libelo: el genocidio como veredicto anticipado
Este es el corazón de la maquinaria actual, y exige la distinción más fina de toda la columna, así que la hago despacio.
Existe un proceso jurídico real. En diciembre de 2023 Sudáfrica demandó a Israel ante la Corte Internacional de Justicia por presunta violación de la Convención contra el Genocidio. En enero de 2024 la Corte dictó medidas provisionales, y su presidenta de entonces, Joan Donoghue, tuvo que salir después a aclarar en la BBC lo que media humanidad había leído mal: la Corte no determinó que la acusación de genocidio fuera plausible, sino que los palestinos tienen derechos plausibles a ser protegidos bajo la Convención, un tecnicismo que separa un mundo de otro.
El proceso sigue su curso: Israel presentó su contramemoria en marzo de 2026, la Corte fijó en mayo una segunda ronda de alegatos escritos, una docena de Estados pidió intervenir, de Brasil a Islandia. No hay fallo. No lo habrá por años.
En paralelo, Amnistía Internacional concluyó en diciembre de 2024 que Israel comete genocidio, con un informe extenso cuya metodología, en particular su lectura ampliada del requisito de intención, fue a su vez cuestionada por juristas que no son precisamente hasbaristas. Todo eso es el debate legítimo: procesal, probatorio, doctrinario, con gente seria en ambas veredas discutiendo la cuestión más grave que el derecho internacional conoce. Quien afirme que ese debate es antisemita miente; quien afirme que está saldado, también.
Y después está el uso. La palabra “genocidio” apareció en pancartas y consignas el 8 de octubre de 2023, antes de la respuesta terrestre israelí, cuando los cadáveres de los kibutzim todavía no habían terminado de identificarse. No fue conclusión de nada: fue consigna previa a los hechos que supuestamente describe, y esa cronología sola bastaría para diagnosticar que estamos ante otra cosa que un juicio.
En el uso memético, “genocidio” no es la calificación jurídica de una conducta que un tribunal examina: es el veredicto pronunciado por la calle antes del proceso, el santo y seña identitario cuya emisión mide la pureza del emisor, el pescado en la catacumba.
Y sobre todo es la palabra que consuma la primera D: la demonización terminal. Porque genocidio no es un crimen más: es el crimen de los nazis, y llamarle genocida al Estado de los sobrevivientes es la jugada retórica perfecta, la que convierte a la víctima paradigmática del siglo XX en su verdugo equivalente, cancelando de un plumazo la deuda moral de Occidente. No es casualidad que la inversión Holocausto-Gaza sea el tropo visual favorito del ritual: esvásticas igualadas a estrellas de David en las mismas marchas que juran no tener nada contra los judíos.
Digo esto y a la vez me niego a la simetría fácil: en Gaza hay decenas de miles de muertos, una destrucción material de escala apocalíptica y un sufrimiento civil que ninguna cifra transmite; el alto el fuego vigente desde octubre de 2025 es una tregua frágil que sigue sumando muertos casi a diario, y las condiciones humanitarias que describen la ONU y Médicos Sin Fronteras son un infierno con censo. Nada de lo que escribo relativiza un solo muerto. La pregunta de esta sección es otra, más acotada y más verificable: si la palabra que designa el crimen supremo se usa como contraseña tribal antes, durante y con independencia de cualquier determinación de los hechos, entonces la palabra ya no está funcionando como concepto jurídico ni como descripción: está funcionando como libelo.
El crimen no explica la selección del acusado. La identidad del acusado la explica.
La vara, otra vez, lo delata: medio millón de muertos en Siria con armas químicas y hambrunas de asedio no produjeron una sola marcha en 18 de Julio, ni una cadena nacional pedida, ni un semanario uruguayo dedicándole tapas en serie. Sudán acumula ahora mismo desplazados por millones ante un silencio militante perfecto. El crimen no explica la selección del acusado. La identidad del acusado la explica.
El catálogo libanés merece párrafo aparte, porque ahí el mecanismo ya tiene jurisprudencia. Sabra y Chatila, setiembre de 1982, figura en el imaginario militante como matanza israelí a secas; los que entraron a los campos y asesinaron durante dos días fueron las Falanges Libanesas, milicia cristiana maronita que vengaba el magnicidio de su líder. La responsabilidad israelí existió y fue grave: la de haber cercado los campos y dejado hacer. La estableció una comisión del propio Estado de Israel, la Comisión Kahan, que calificó esa responsabilidad de indirecta y le costó a Sharon el ministerio de Defensa; busquen otro país de la región que haya investigado así su propia infamia, con nombres y renuncias. Tres años después la milicia chií Amal sitió y atacó esos mismos campos en la guerra de los campos, entre 1985 y 1988, con miles de palestinos muertos a manos musulmanas, y de eso no hay pancarta, ni aniversario, ni memoria militante alguna. La lección del Líbano es la del resto del catálogo: el muerto palestino solo parece contar cuando el acusado puede ser el judío.
Quinto libelo: el apartheid portátil
De nuevo: hay una discusión real abajo. Human Rights Watch en 2021 y Amnistía en 2022 publicaron informes que califican de apartheid el régimen israelí sobre los palestinos; la Corte Internacional de Justicia, en su opinión consultiva de julio de 2024, declaró ilícita la ocupación prolongada del territorio palestino y encontró violación del artículo 3 de la Convención contra la Discriminación Racial, el que trata de segregación, aunque cuidándose de usar la palabra apartheid como calificación propia. Del otro lado, juristas y gobiernos enteros rechazan la etiqueta por razones que también son serias: el apartheid es un tipo penal con requisitos específicos de intención y sistematicidad, no una metáfora de intensidad. En Cisjordania rigen de hecho dos sistemas jurídicos distintos para dos poblaciones, y esa realidad, sostenida durante casi seis décadas de ocupación, admite el debate más áspero. Legítimo todo.
El libelo es el uso portátil de la palabra: el que la despega de Cisjordania, donde la discusión tiene sustancia, y la estampa sobre Israel entero, “Estado de apartheid” a secas, para producir el silogismo que es su verdadera función: Sudáfrica del apartheid no tenía derecho a existir en esa forma y fue justamente desmantelada; Israel es apartheid; ergo. La etiqueta no busca reformar una política: busca reeditar el precedente de la disolución.
Por eso importa el dato que la consigna necesita no saber: dentro de Israel, el 21 por ciento de la ciudadanía es árabe, vota, funda partidos, litiga y gana en una Corte Suprema donde se han sentado jueces árabes, ejerce la medicina en proporciones superiores a su peso demográfico y llegó a integrar la coalición de gobierno en 2021 con un partido islamista, Ra’am, cuyos votos sostuvieron al gabinete. Nada de eso existió jamás en Sudáfrica, donde el negro no votaba, no litigaba y no compartía ni el banco de la plaza; los sudafricanos que pelearon de verdad contra ese régimen tienen derecho a preguntarse quién les está vaciando la palabra.
Y otra vez la vara única: la palabra apartheid jamás se estampa sobre los Estados de la región donde la discriminación confesional es constitucional, donde el judío no puede comprar tierra o directamente no queda ninguno porque fueron expulsados hasta el último. Apartheid, en el ritual, no describe un régimen: designa un blanco. Un solo blanco. Siempre el mismo.
V. La versión uruguaya: nombrar textos, no fantasmas
Todo lo anterior sería teoría importada si no se verificara acá. Se verifica. Y como en este país somos pocos y nos conocemos, quiero hacer esta sección con una regla estricta: nombrar textos publicados, con título y firma, y discutir lo que dicen, no lo que imagino que piensan sus autores. A los fantasmas que los polemistas suelen fabricarse a medida los dejo para otros.
Empiezo por Brecha, porque el caso es más nítido. El semanario fundado por la mejor tradición de la izquierda cultural uruguaya, heredero de Marcha, viene sosteniendo sobre el conflicto una línea editorial cuya intensidad y cuya unanimidad interna no tienen comparación con ningún otro tema de su agenda. No es una impresión: es un corpus. La edición 2102 tituló, en nota de Mariana Contreras, “125 soldados uruguayo-israelíes están participando del genocidio en Gaza”: el genocidio no como acusación en debate sino como hecho consumado en titular, y la participación de compatriotas en él como dato de sumario. La edición 2115 informó con simpatía manifiesta la denuncia penal presentada en Uruguay contra el vocero israelí Roni Kaplan, un uruguayo, por crímenes internacionales, citando sin distancia el argumento de que su actividad de “propagandista” lo hace penalmente responsable.
Otro titular de la casa se pregunta por “El Partido Colorado como polea de transmisión de los intereses del sionismo”: léanlo dos veces, cambien “sionismo” por cualquier otro gentilicio o movimiento nacional, y díganme en qué década del siglo XX aterrizaron; la sintaxis del partido local como correa de intereses judíos internacionales tiene una genealogía que un semanario culto no puede alegar desconocer.
En la serie entran también las crónicas de Daniel Claramunt, “De paseo por el apartheid”, el quinto libelo como título de turismo, y “La solidaridad, esa provocación terrorista”, y las columnas históricas de Marcel Landi y Daniel Gatti, que fichadas juntas componen una cobertura donde Israel aparece con un único registro posible y donde el 7 de octubre, cuando aparece, viene escoltado por la palabra “contexto”.
Sobre ese punto, el del contexto, conviene recordar un episodio que ya comenté en otra columna y que sigue pareciéndome el más revelador del clima local: tras la masacre del 7 de octubre, la mayor matanza de judíos en un día desde la Shoá, la Coordinación por Palestina de nuestro país no pidió una cadena nacional para condenarla: la pidió para “contextualizarla”. El eufemismo es una obra maestra involuntaria: nadie pide contextualizar lo que condena; se contextualiza lo que se justifica sin animarse a decirlo.
Nadie pide contextualizar lo que condena; se contextualiza lo que se justifica sin animarse a decirlo.
Con la diaria el cuadro es distinto y me exige más honestidad todavía, porque es mi casa. La diferencia a favor es real y quiero consignarla: el diario ha publicado un abanico que incluye voces judías, la mía entre ellas, columnas como la de Marcos Adorver sobre las dificultades del concepto de genocidio, textos de Fernando Burstin, y también, del otro lado, piezas como la de Adel Mirza sobre antisionismo y antisemitismo que sostienen exactamente la tesis que esta columna discute: que la distinción entre ambos es nítida y que denunciarla como difusa es un chantaje. Eso es pluralismo, y prefiero mil veces un medio donde esa discusión ocurre a uno donde no cabe.
Mi señalamiento a la diaria es más fino y por eso más incómodo: no está en lo que se publica sino en la asimetría de los reflejos. El vocabulario del ritual, “genocidio” sin comillas ni atribución, “apartheid” como descriptor geográfico, entró al lenguaje de cobertura con una naturalidad que jamás se le concedió a ninguna categoría equivalente de la otra vereda; y las cifras del ministerio de salud gazatí circulan sin genealogía mientras cualquier dato israelí lleva su “según el ejército” reglamentario. No acuso mala fe: acuso exactamente lo que esta columna describe, misinformation, el sesgo del ambiente respirado como aire. Pero un diario que se toma en serio, y el mío se toma en serio, tiene el deber de auditarse el aire.
¿Y por qué importa tanto, si somos un país chico y lejano? Porque el clima produce hechos. En agosto de 2025 Uruguay cerró su oficina de innovación en Jerusalén y suspendió el convenio con la universidad israelí correspondiente: una medida diplomática discutible pero legítima, que registro sin escándalo. El problema no son las decisiones de política exterior: es la temperatura del agua en que se cocinan.
Cuando la vicepresidenta marcha el 9 de octubre, a dos días del aniversario de la masacre, y el reproche público al presidente es no haber pronunciado la palabra sagrada en la ONU; cuando una denuncia penal busca convertir en criminal internacional a un uruguayo por el delito de ser vocero del bando equivocado; cuando el semanario de referencia titula la participación de compatriotas “en el genocidio” como quien titula un resultado deportivo, el mensaje que recibe la comunidad judía uruguaya, una de las más antiguas e integradas del continente, es inequívoco: el ritual ya está instalado, la pantalla ya está encendida, y la distancia entre odiar al sionismo y señalar la puerta del club Macabi es apenas una cuestión de tiempo y de temperatura. Los que tenemos memoria familiar de otras temperaturas reconocemos el termómetro.
VI. Salir de la pantalla
Winston Smith no podía evitar sumarse a los dos minutos de odio, y esa era la observación más profunda de Orwell: el ritual no persuade, arrastra. Contra la persuasión hay argumentos; contra el arrastre solo hay una cosa, que es darse cuenta de que uno está siendo arrastrado.
No escribí diez mil caracteres de más para convencer al apróstata: la fusión no se argumenta. Escribí para los otros, que son más de los que parece: los que marcharon de buena fe por los muertos de Gaza, que merecen ser llorados; los que compartieron la consigna sin mirarle el remitente; los que sienten un vago malestar cuando en la marcha de al lado alguien iguala la estrella de David con la esvástica, y lo callan porque el costo de decirlo es el destierro tribal.
Contra la persuasión hay argumentos; contra el arrastre solo hay una cosa: darse cuenta de que uno está siendo arrastrado.
A ellos les dejo, más que una conclusión, un ejercicio: la próxima vez que las cinco palabras aparezcan juntas en el timeline, ilegítimo, colonial, Nakba, genocidio, apartheid, no pregunten si son ciertas. Pregunten algo previo y más barato: por qué llegaron juntas, quién las empaquetó, qué función cumple el paquete y por qué la vara que traen no mide nunca a nadie más.
La crítica a Israel va a seguir, y debe seguir: los Estados se critican, los gobiernos se cambian, las ocupaciones se discuten y las guerras se juzgan. El día que la crítica a Israel se parezca a la crítica a cualquier otro país, con sus datos, sus matices y su vara pareja, este texto quedará viejo, y nadie va a festejarlo más que yo. Mientras tanto, cada vez que la pantalla se encienda y la sala entera empiece a aullar al unísono, me voy a permitir recordar, y recordarles, quién era Goldstein, qué apellido tenía, y para qué sirve, desde hace ochocientos años, un libelo de sangre.
La sangre, esta vez también, la ponen otros.
Fuentes y verificaciones
- George Orwell, “1984” (1949), Parte I, capítulo 1: los dos minutos de odio y la figura de Emmanuel Goldstein.
- Natan Sharansky, “3D Test of Anti-Semitism: Demonization, Double Standards, Delegitimization”, Jewish Political Studies Review 16:3-4 (2004). Definición de trabajo de antisemitismo de la IHRA, adoptada en Bucarest, mayo de 2016.
- Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral, “The spread of true and false news online”, Science 359:6380 (2018): difusión comparada de noticias falsas y verdaderas en Twitter, 126.000 cadenas.
- Robert Chesney y Danielle Citron, “Deep Fakes: A Looming Challenge for Privacy, Democracy, and National Security”, California Law Review 107 (2019): concepto de liar’s dividend. Desarrollado en B. Borkenztain, “El dividendo del mentiroso”, la diaria.
- Robert A. Pape y Mohamed Elgohari, “Winning Hearts and Minds: Hamas Propaganda Campaign Post October 7”, Chicago Project on Security and Threats (CPOST), Universidad de Chicago, 14 de diciembre de 2023.
- Monitoreo de canales de Hamás en Telegram en inglés (Resistance News Network, Gaza Now in English) con cobertura de prensa estadounidense; contraste terminológico árabe/inglés documentado por CPOST y por el análisis de redes del Network Contagion Research Institute.
- Leonid Rozenblit y Frank Keil, “The misunderstood limits of folk science: an illusion of explanatory depth”, Cognitive Science 26 (2002).
- William B. Swann et al., trabajos sobre identity fusion y sacrificio extremo por el grupo; Irving Janis, “Victims of Groupthink” (1972).
- René Girard, “El chivo expiatorio” (1982) y “La violencia y lo sagrado” (1972): estereotipos persecutorios estables.
- Libelo de sangre: caso de William de Norwich (1144) como primer registro documentado; Gavin Langmuir, “Toward a Definition of Antisemitism” (1990).
- Resolución 181 de la Asamblea General de la ONU (29 de noviembre de 1947); admisión de Israel como miembro de la ONU, Resolución 273 (11 de mayo de 1949).
- Éxodo judío de países árabes y musulmanes (c. 850.000 personas, 1948-1970s): documentación demográfica estándar.
- Benny Morris, “The Birth of the Palestinian Refugee Problem Revisited” (2004): expulsiones y huidas de 1947-1949, casos de Deir Yassin y Lydda; declaración de Azzam Pasha a Akhbar al-Yom (11 de octubre de 1947).
- Setiembre Negro (Jordania, 1970-1971). Carta fundacional de Hamás (1988), artículo 11. Restricciones legales a refugiados palestinos en el Líbano, documentadas por ACNUR y Human Rights Watch.
- Comisión Kahan (Israel, 1983): matanza de Sabra y Chatila (setiembre de 1982). Guerra de los Campos (1985-1988).
- CIJ, “Aplicación de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio en la Franja de Gaza (Sudáfrica c. Israel)”: medidas provisionales del 26 de enero de 2024; contramemoria israelí presentada en marzo de 2026.
- Amnistía Internacional, “‘You Feel Like You Are Subhuman’: Israel’s Genocide Against Palestinians in Gaza” (diciembre 2024).
- Alto el fuego en Gaza vigente desde octubre de 2025: cobertura de ONU, OCHA, Médicos Sin Fronteras y agencias.
- Human Rights Watch, “A Threshold Crossed” (abril 2021); Amnistía Internacional, “Israel’s Apartheid Against Palestinians” (febrero 2022); CIJ, opinión consultiva del 19 de julio de 2024.
- Población árabe de Israel (c. 21% de la ciudadanía): participación electoral, judicial y gubernamental (ingreso de Ra’am a la coalición, junio de 2021).
- Mariana Contreras, “125 soldados uruguayo-israelíes están participando del genocidio en Gaza”, Brecha, edición 2102; “El brazo largo de la ley”, Brecha, edición 2115.
- Daniel Claramunt, “De paseo por el apartheid” (Brecha 2087) y “La solidaridad, esa provocación terrorista” (Brecha 2110).
- la diaria: Adel Mirza, “Antisionismo y antisemitismo” (mayo 2026); Marcos Adorver, “Gaza, Israel y el problema para hablar de genocidio” (junio 2025); textos de Fernando Burstin (abril 2024).
Ensayo de opinión. Toda la responsabilidad de este texto es del autor.