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El dolor del apróstata

“Cuando tu identidad es tu ideología, felicitaciones, oficialmente te jodiste.” —George Carlin

Cuando la camiseta política se te pega a la piel hasta volverse tejido vivo, arrancártela duele. Y ese dolor tiene consecuencias sociales mucho peores que el fanatismo: la muerte de la duda.

Hace poco circulaba en redes un video de Pablo Iglesias —cofundador de Podemos, ese partido español que se llenó la boca con la pureza de los ideales y el asalto a los cielos— admitiendo con una frialdad pasmosa, en una entrevista televisiva, que sus principios eran flexibles si el fin (o el cheque) lo justificaba “Todo es negociable”, decía con esa sonrisa de quien sabe que su tribu no le pedirá cuentas. No es novedad, dirán ustedes. Maquiavelo ya nos avisó hace quinientos años. El problema no es el cinismo del líder, que es casi un requisito profesional del rubro; el problema, el verdadero drama epistemológico, es la reacción de la tribu.

O mejor dicho, la ausencia de reacción.

De tener a ser

Esa ausencia de reacción no es casualidad. Es el síntoma de una transformación más profunda: cuando la ideología deja de ser algo que tienes para convertirse en algo que eres.

El apróstata, ese ser doliente que insiste en que dos más dos son cuatro aunque el Partido decrete que son cinco (o que el resultado es una construcción social opresora), es hoy más necesario que nunca. Necesitamos reivindicar el dolor de la duda. Necesitamos normalizar que cambiar de opinión no es debilidad, sino higiene mental.

Porque hemos llegado a un punto de la evolución cultural —o involución, según qué tan optimista me levante— en el que las ideas han dejado de ser herramientas para interpretar el mundo y se han convertido en prótesis identitarias. Ya no tengo ideas de izquierda o de derecha; soy de izquierda o de derecha. Y en ese cambio de verbo, en ese deslizamiento semántico del “tener” al “ser”, se nos va la capacidad de pensar.

George Carlin lo entendió hace décadas cuando analizaba la religión. No se limitaba a burlarse de las contradicciones (“Dios te ama… pero te torturará eternamente”; “Es todopoderoso… pero necesita dinero”). Lo que Carlin identificaba era el mecanismo fundamental: el problema surge cuando uno permite que su ideología se vuelva su identidad, cuando uno se convierte en lo que él llamaba “otro robot religioso sin mente, creyendo sin pensar, sin rumbo y ciegamente”. En ese momento, las contradicciones dejan de importar porque cuestionarlas significa cuestionarse a uno mismo.

La transformación es brutal: las ideas se fusionan con el yo hasta volverse indistinguibles de la propia existencia. Y cuando eso ocurre, cuestionar la idea se vuelve tan impensable como cortarse una extremidad. ¿Quién duda voluntariamente de su propia realidad?

La identidad como búnker

La filósofa Hannah Arendt, que sabía un par de cosas sobre cómo la gente decente termina justificando atrocidades, advertía sobre el peligro de renunciar al diálogo interno. El pensamiento, decía, es esa conversación silenciosa del yo consigo mismo. Pero, ¿qué pasa cuando esa conversación se vuelve peligrosa para la propia integridad del yo?

Acá es donde entra ese concepto que ya desarrollé en una columna anterior, tomado del genial Darwin Desbocatti: el apróstata. No el apóstata religioso que abandona la fe, sino esa condición de quien está demasiado arraigado en la realidad material —o demasiado obstinado en su lógica anticuada— para aceptar una realidad donde el principio de no contradicción no tiene validez. Es la posición incómoda de quien no puede aceptar que A sea igual a no-A, que dos más dos puedan ser cinco si así lo decreta el líder carismático, o que defender mujeres y aplaudir regímenes que las apedrean sea coherente.

Para el militante identitario moderno, la contradicción no existe. Si mi líder dice “blanco” hoy y “negro” mañana, no hay contradicción, hay “evolución estratégica”. Si mi partido defiende a las mujeres pero calla ante regímenes teocráticos que las tratan como ganado, no hay hipocresía, hay “geopolítica”. La mente del creyente identitario funciona como un teflón cognitivo: nada que contradiga la identidad se pega. Resbala y mancha el piso, y, como toda mancha, la idea herética (y su portador) deben ser erradicados.

Carlin lo resumió con su habitual acidez:

“Cuando tu identidad es tu ideología, felicitaciones, oficialmente te jodiste. Porque ahora no es solo una idea, ahora eres tú. Y cuando la idea es desafiada, no escuchas desacuerdo, escuchas un ataque.

Entonces, ¿qué haces? Construyes una burbuja, una linda burbuja suave y acolchada, donde todos están de acuerdo contigo, usan las mismas palabras, odian a las mismas personas, y aplauden en los momentos exactos. Y defenderás esa burbuja a toda costa, incluso si te hace sonar increíblemente estúpido. Los hechos ya no importan.

La lógica se fue. El humor, muerto. Porque admitir que estás equivocado significaría admitir que tú estás equivocado, y eso es inaceptable.

Así que doblas la apuesta, más fuerte, más enojado, más estúpido. Y así es como terminas defendiendo sinsentidos como si fueran escritura sagrada. No porque sea verdad, sino porque sin eso, tendrías que desarrollar una personalidad propia.”

Por eso vemos fenómenos tan absurdos como “feministas” defendiendo culturas que apedrean mujeres adúlteras por “antiimperialismo”, o “defensores de los derechos humanos” justificando dictaduras por “soberanía nacional”. La contradicción es evidente para cualquier observador externo, pero invisible para quien la vive desde adentro.

Pero hay personas que siguen siendo alérgicas a sostener contradicciones y no comprenden un mundo en el que un asesino es mejor que otros según el color de su piel o el dios al que le reza. Y de ellas (y su dolor) va esta columna.

Esto ocurre porque atacar la idea ya no es atacar un argumento: es atacar a la persona. Si yo soy mi ideología, cuando me demuestras que mi ideología está equivocada o es incoherente, no estás corrigiendo un error en mi mapa del mundo; me estás matando simbólicamente. Estás negando mi existencia. Y ante una amenaza existencial, el cerebro no debate: ataca.

Cuando la práctica y la teoría no van juntas

Este mecanismo no es abstracto. Tomemos el caso del antisemitismo.

Hace poco leí una columna de Emiliano Pereira Modzelewski sobre el antisemitismo. Bien pensada, sólida.

El problema no está en lo que dice, sino en lo que calla. Pereira se queda en la semántica del término “antisemitismo” —qué significa, cómo se define— sin profundizar en la pragmática: cómo funciona en la realidad, cómo lo viven quienes están de cada lado.

Acá está la diferencia enorme: tener ideas sobre algo versus que ese algo sea parte de tu identidad.

Para muchos judíos que viven en la diáspora, el vínculo con Israel no es una opinión política. Israel es identidad. Es parte de quiénes son, de su supervivencia como pueblo después de dos mil años de exilio y persecución. Después del Holocausto, después de que seis millones fueran asesinados por el simple hecho de existir, Israel se convirtió en la garantía existencial de que “nunca más” no es solo un eslogan.

Entonces viene el término “antisionismo”. Semánticamente, se presenta como algo distinto del antisemitismo: “estamos en contra del proyecto político del sionismo, no de los judíos”. Pero en la pragmática, cuando tu identidad está entrelazada con Israel, cuando Israel es la diferencia entre “tenemos un lugar donde ir si vuelve a pasar” y “estamos completamente vulnerables”, el “antisionismo” no se siente como una crítica política. Se siente como un ataque existencial. Como decir “no deberías existir”.

Lo que Pereira omite es este abismo entre la definición técnica y la experiencia vivida. Una distinción relevante a nivel de la semántica se vuelve en algo peligroso para la filosofía, a nivel de la pragmática: una distinción sin diferencia.

Cuando en la práctica el “antisionismo” termina legitimando los mismos ataques, las mismas exclusiones, la misma violencia que el antisemitismo histórico, la distinción semántica se vuelve irrelevante para quien la vive.

Este es el peligro de quedarse solo en la semántica: puedes tener razón técnicamente y estar ciego a la realidad práctica. Puedes ser brillante y estar equivocado al mismo tiempo.

Esto no es exclusivo del caso judío. Pasa cada vez que un análisis ignora que para el otro lado no se trata de ideas, se trata de identidad. Cuando no entendemos esa diferencia, cuando minimizamos la pragmática para quedarnos cómodos en la semántica, perdemos la capacidad de comprender por qué la gente reacciona cómo reacciona. Y sin esa comprensión, el diálogo es imposible.

Ahora, esta mitad del asunto, como “sionismo” es algo identitario para los judíos es fácil de entender, pero ¿por qué decimos que existe el mismo problema con “antisionismo”?

Un movimiento que en la semántica predica oposición racional a las políticas del Estado de Israel, en la práctica deriva en prédicas antisemitas. Basta ver a ese ejemplar ionesquiano que es Gustavo Salle: empieza con “sionismo internacional” y termina en “judeo sionismo internacional”. O la infame “Coordinación por Palestina”, que pidió cadena nacional para “contextualizar” el 7 de octubre mientras difunde que Israel es un proyecto “colonial, genocida y de apartheid” —no para cuestionar su política, sino para deslegitimar su existencia. Semántica cobarde que esconde una pragmática de odio.

Porque nunca jamás algo que empezara con “anti” fue otra cosa que una maquinaria de odio. A ambos lados tenemos el mismo problema: si uno quiere refutar una idea, la otra persona siente un ataque personal, sea sionista o antisionista. Por eso lo ocurrido en Irán no levantó las rodajas de sandía indignadas: apoyar la revuelta del pueblo iraní implica reconocer que la teocracia de los Ayatolahs es “mala” y se cae el principio universal de la mentalidad simplista. Si el islam puede ser malo entonces occidente no es necesariamente malo y por eso Israel, la quintaesencia de lo occidental, a lo mejor no es otra cosa que humana. Inadmisible.

El síndrome del paquete sellado

Hay algo particularmente insidioso en cómo funciona la mentalidad identitaria. No es solo que las ideas vengan agrupadas; es que vienen selladas. Abrir el paquete para examinar cada componente por separado se considera una violación del contrato tribal. ¿Cómo puedes ser feminista y estar a favor del mérito individual? ¿Cómo puedes ser libertario y apoyar políticas sociales? ¿Cómo puedes ser de izquierda y criticar la inmigración ilegal?

Estas preguntas generan una incomodidad tan intensa que la mayoría prefiere no hacérselas. Y así es como terminamos con “ecologistas” que apoyan regímenes petroleros, “pacifistas” que justifican la violencia revolucionaria, y “defensores de la democracia” que celebran golpes de estado cuando favorecen a su bando.

Irving Janis llamó a esto pensamiento grupal: el deterioro de la eficiencia mental, la evaluación de la realidad y el juicio moral que resulta de las presiones grupales. Los síntomas incluyen la ilusión de unanimidad, la autocensura, la presión sobre los disidentes y la creencia en la moralidad inherente del grupo.

Pero hay algo aún más perverso en este mecanismo. La resolución de la disonancia cognitiva no pasa por aceptar que la contradicción es imposible en el mundo real. Pablo Iglesias lo dijo con una claridad cínica que daría risa si no diera asco:

“¿Por qué aceptáis hacer un programa para un gobierno como el de Irán? Que es una teocracia… ¿O para una televisión financiada por el gobierno de Putin? Pues mira, la geopolítica es así y no vamos a ser los únicos imbéciles que no hagamos política cuando todo el mundo hace política. […] Para mí, quien haga política tiene que asumir, cabalgar contradicciones, y nosotros estamos dispuestos a cabalgarlas. ¿Son contradicciones? Por supuesto que sí.”

Pero la resolución de la disonancia para el creyente identitario en general, es decir, la pragmática de esa semántica amoral de Iglesias, no pasa por “cabalgar las contradicciones” con ese cinismo infame, sino por atacar al atrevido que tuvo la insolencia de señalarla.

No se soluciona el problema; se elimina al mensajero. No se corrige el error; se cancela a quien lo menciona. Porque admitir la contradicción implicaría reconocer que el paquete está roto, que la identidad tiene grietas, que quizás no somos tan coherentes como creíamos. Y eso, para el creyente identitario, es literalmente intolerable.

Así que el apróstata que señala “oye, estás defendiendo A y no-A simultáneamente” no recibe una explicación o una justificación. Recibe un ataque. Se lo acusa de traidor, de vendido, de agente del enemigo. Porque el problema no es la contradicción; el problema es quien tiene el descaro de hacerla visible.

El exilio del disidente

Ese ataque tiene consecuencias dolorosas.

Lo perverso del sistema tribal actual no es solo la ceguera hacia los errores propios, sino el castigo ejemplarizante hacia quien se atreve a señalar que el rey está desnudo (y que además, está cobrando por exhibirse). El que se baja del tren, el que dice “hasta acá llegué”, no se convierte simplemente en alguien que cambió de opinión. Se convierte en un traidor.

El dolor del apróstata es el dolor del miembro fantasma. Cuando se amputa una extremidad, el cerebro sigue recibiendo señales de esa zona durante meses o años. El dolor es real, aunque el miembro ya no exista. Cuando alguien se separa de su identidad tribal, sigue sintiendo la presencia de esa pertenencia perdida. Salirse de la tribu implica un frío siberiano. Afuera de la identidad grupal hace frío. Mucho frío. La diferencia es que la amputación fue voluntaria: el apróstata eligió cortarse el brazo antes que usarlo para aplaudir mentiras.

Hoy no necesitamos hogueras ni gulag: tenemos la cancelación digital, esa muerte social administrada por algoritmos. El hereje moderno no desaparece; simplemente deja de existir en el mundo que importa.

Vemos videos de líderes políticos reconociendo sin pudor que son comprables, que todo es negociable, que la ética es un estorbo burgués. Y sus seguidores aplauden. ¿Por qué? Porque la pertenencia al grupo ofrece una recompensa neuroquímica —dopamina, oxitocina, el cóctel de la felicidad gregaria— mucho más potente que la satisfacción austera y solitaria de tener la razón.

Pero hay algo más: defender la identidad tribal no solo gratifica, acumula capital narcisista. Cada post compartido, cada grito en la marcha, cada enemigo señalado suma puntos en el marcador interno del yo. El apróstata no solo abandona esa fuente de gratificación; peor aún, amenaza con erosionar el capital acumulado por todos. Sus palabras no aportan, corroen. Por eso no basta con ignorarlo: hay que erradicarlo.

La tribu perdona el crimen, el robo y la mentira. Lo que la tribu no perdona es la duda. Porque la duda es contagiosa. La duda es la grieta en el casco del submarino. Y todos sabemos lo que pasa cuando entra agua: o sellamos rápido la falla o nos hundimos todos. El problema es que la tribu en cuestión se apura a sellar, revocar y decorar cualquier falla que aparezca en su hábitat, que no es otro que la famosa caverna de Platón.

La lobotomía voluntaria

Convertir la ideología en identidad es, en el fondo, una operación de economía cognitiva. Una lobotomía voluntaria para dejar de sufrir la complejidad del mundo. “Dime quién eres y te diré qué piensas sobre la reforma jubilatoria, el conflicto en Medio Oriente y la última película de Barbie”. No hace falta preguntar. El pack viene cerrado.

Pero el precio es la estupidez colectiva. Nos volvemos incapaces de ver lo obvio. Vemos la incoherencia paseándose desnuda por la 18 de Julio y nadie se ríe, porque reírse implicaría quedar fuera del desfile.

¿Hay salida? La hay. Pero exige algo que se ha vuelto casi revolucionario: pensar por uno mismo de manera crítica. Esto significa, por ejemplo, no caer en el relativismo absoluto, en la falacia de que todas las opiniones son igualmente válidas. Significa distinguir entre las ideas que sostenemos y la identidad que construimos. Significa tratarnos unos a otros como seres pensantes capaces de crecimiento intelectual, no como representantes inamovibles de posiciones políticas fijas.

La única forma de romper este hechizo narcisista donde la ideología es un espejo y no una ventana, es volver a separar el “ser” del “pensar”. Uno no es sus ideas. Sus ideas son cosas que usted tiene, como tiene zapatos. Y cuando los zapatos le quedan chicos, o se rompen, o se llenan de barro, se los cambia. Nadie se corta los pies para que sigan entrando en ellos. Las ideas deben servirnos para navegar la realidad, no para definirnos. Cuando dejan de funcionar, si ya no sirven para describir la realidad, por ejemplo, deberíamos poder abandonarlas sin sentirnos traidores.

El costo de la anestesia tribal

La anestesia tribal nos está volviendo incapaces de pensar con claridad, de tolerar que las cosas sean complicadas, de cambiar de opinión cuando los hechos nos contradicen. Estamos criando generaciones que confunden gritar fuerte con tener razón, que creen que sentir algo intensamente lo vuelve verdadero.

Y la tribu no los va a salvar. La realidad, esa vieja fascista que no negocia con nadie, siempre cobra. Y cobra caro. Las ideologías pueden chocar con los hechos todo lo que quieran: al final, los que se quiebran no son los hechos.

Quizás sea hora de aceptar que la coherencia duele. Que la honestidad intelectual condena a cierta soledad. Pero prefiero ese dolor, el dolor punzante y real del apróstata que se niega a comulgar con ruedas de molino, a la anestesia dulce y pegajosa de la manada que marcha alegremente hacia el abismo, convencida de que su identidad los salvará del golpe.

Al final, de eso se trata: de elegir entre el dolor de crecer y la comodidad de permanecer. Entre la soledad de la verdad y la calidez de la ilusión grupal. Entre ser un individuo pensante y ser una célula más del organismo tribal.

Es una elección difícil. Pero, por ahora, es nuestra.

Bernardo Borkenztain

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