Skip to content
Home » Artículos » El dividendo del mentiroso: siempre cobra el Sr. Cobranza

El dividendo del mentiroso: siempre cobra el Sr. Cobranza

Por Bernardo Borkenztain | OPINIÓN

Estamos en plena era de la inteligencia artificial y nos obsesionamos con la mentira. Que las máquinas inventen datos, fabriquen imágenes, escriban textos para engañarnos. Pero ahí nos equivocamos de enemigo. La mentira no es el verdadero problema. Lo que pasa es peor, mucho más grave: la verdad va perdiendo su fuerza social, esa capacidad que tenía de obligarnos a hacer algo.

Este fenómeno tiene nombre: el “dividendo del mentiroso”. Y es paradójico, casi perverso. Mientras más fácil resulta fabricar audios, imágenes y videos que parecen reales, los que realmente cometieron abusos o crímenes sacan una ventaja gratis. Un dividendo que les cae del cielo, cortesía de la tecnología.

La mecánica es perversa justamente por lo simple que resulta. Ya no hace falta probar inocencia. No hacen falta coartadas elaboradas ni equipos de abogados creativos. Alcanza con sembrar duda. La simple existencia de los deepfakes les habilita una respuesta devastadora ante cualquier evidencia incómoda: “Esto es falso, esto lo hizo una IA, está manipulado”. Y listo.

La parálisis del escepticismo

El mecanismo funciona en silencio. Primero la tecnología expande lo que puede falsificarse. Después el público aprende —con toda razón, eh— que no todo lo que ve o escucha merece confianza. Para cuando aparece evidencia auténtica, el terreno ya está minado. La discusión ya no gira en torno a los hechos sino a la imposibilidad misma de verificarlos. Ya no se discute lo que pasó. Se discute si es posible saber qué pasó.

El resultado no es que la mentira triunfe, sino que la verdad pierde su capacidad de generar consecuencias.

Pensemos en los archivos de Epstein, por caso. Dejemos de lado si tal documento particular es real o trucado. Lo devastador es el efecto acumulativo del ruido. Listas que se contradicen, filtraciones a medias, archivos auténticos revueltos con otros de origen sospechoso. Cuando todo podría ser falso, curiosamente, nadie termina dándose cuenta de nada. El dividendo del mentiroso no busca convencer a nadie. Busca paralizar. Y funciona.

La lección de Arendt

Antes de meternos en casos concretos, paremos un segundo. Hay una advertencia que viene de lejos y conviene escucharla. Hannah Arendt, con esa lucidez que duele, vio todo esto mucho antes de que existiera la IA. Cuando estudiaba el totalitarismo, Arendt escribió algo que me sigue pareciendo brutal: para el dominio totalitario, el sujeto ideal no es el nazi fanático ni el comunista doctrinario. Es la persona que ya no distingue entre hecho y ficción. Para quien verdad y mentira dejaron de ser categorías diferentes.

Arendt captó algo fundamental: la propaganda moderna no busca venderte una mentira específica. Busca destruir tu sentido común, esa capacidad básica que tenemos para percibir la realidad. Y cuando eso se quiebra, la verdad deja de servir. Ya no moviliza a nadie. Ya no obliga a rendir cuentas. Lo que aparece no es una sociedad engañada en el sentido tradicional. Es una sociedad tan escéptica que quedó paralizada. Cínica porque sí, casi por costumbre.

Lo que Arendt vio en el totalitarismo del siglo XX, ahora la tecnología lo puso en cadena de producción. Los “deepfakes”, los algoritmos, la desinformación industrial. Son herramientas nuevas para conseguir algo viejo: que nadie se preocupe más por la diferencia entre verdad y mentira. Miremos cómo funciona cuando nos acercamos.

El dividendo local: tienen el poder y ¿lo van a perder?

No hace falta irse lejos. Pensemos en Gustavo Salle, en Uruguay. Obtuvo dos bancas parlamentarias en 2024 con un discurso sistemático y repetitivo de afirmaciones imposibles de refutar. Salle no necesita probar absolutamente nada sobre sus denuncias de “golpes de estado técnicos” o contratos “coimeros”. Sus afirmaciones están construidas para escapar a cualquier lógica contrastable por la evidencia empírica. Como buen ex abogado penal, es un hábil declarante, aunque menos de lo que cree…

En su audición radial “El Poder Real”, Salle repetía que “la partidocracia está diseñada para que en el poder exista alternancia y no alternativa”. Llamaba al Frente Amplio “Fraude Amplio”. Denunciaba “élites internacionales” que supuestamente imponen agendas inamovibles. Acá opera algo interesante: un mecanismo retórico que podríamos llamar distinción sin diferencia. Salle presenta esas frases como si fueran revelaciones trascendentales. Pero cuando las examinás con cuidado son tautologías vacías vestidas de denuncia profunda. “Alternancia sin alternativa” suena profundo. Pero no señala nada específico, no identifica actores concretos, no propone ni un criterio para verificar si es cierto o falso. Es humo semántico puro y duro.

Pensalo un segundo: ¿cómo demostrás que no existe una conspiración planetaria? ¿Cómo probás la ausencia de “fuerzas oscuras”? ¿Cómo refutás una “distinción” que en realidad no marca ninguna diferencia real? Ahí está el dividendo, justo ahí. No hace falta convencer a nadie con pruebas. Alcanza con generar ruido retórico, con desplegar una jerga que suene a pensamiento crítico sin comprometer ni una sola afirmación verificable. El 2.8% que lo votó —sobre todo hombres jóvenes— termina considerando que “algo raro hay”. Sin poder precisar qué cosa exactamente, dónde estaría, ni cómo operaría. La duda hace todo el trabajo pesado. Y esa distinción sin diferencia lo hace parecer, curiosamente, intelectualmente respetable.

En ese espacio de incertidumbre las instituciones van perdiendo legitimidad. Salle calificó de “claramente inconstitucional” el nuevo Código del Proceso Penal. Presentó recursos ante la Suprema Corte de Justicia. Lo rechazaron por unanimidad, 5 a 0. ¿Importó? Para nada.

La semilla de desconfianza ya había caído en tierra fértil. Su distinción —entre lo constitucional y lo inconstitucional según él lo lee— no genera ninguna diferencia en el mundo jurídico concreto. Pero sí genera una diferencia enorme, gigantesca, en el mundo simbólico de la desconfianza colectiva.

Y ahí está la trampa: quienes tienen evidencia real de irregularidades terminan ahogados en el mismo océano de sospecha que Salle fabrica. Un océano que, por cierto, resultó lo suficientemente rentable como para que Salle eligiera asumir por Canelones —desplazando a quien venía en la lista de ese departamento— y así habilitar que su hija Nicolle, dentista de profesión, asumiera la banca por Montevideo. Literalmente le arrancaron las muelas a la suplente de Canelones. Como diría Darwin Desbocatti: “no es digno, pero es legal”.

El dividendo global: tres variantes del Sr. cobranza

Miremos ahora a Jair Bolsonaro. Durante meses —meses, eh— antes de las elecciones brasileñas de 2022, el tipo sembró sistemáticamente la duda sobre el sistema de votación electrónico. Sin presentar ni una prueba técnica. Sin evidencia de nada.

Cuando finalmente perdió frente a Lula, millones de brasileños ya creían en un fraude que nunca existió. El Tribunal Superior Electoral hizo auditorías exhaustivas. Organismos internacionales verificaron que todo fue transparente. Expertos técnicos confirmaron la integridad del sistema.

¿El resultado? No importó nada. Sus seguidores atacaron las instituciones democráticas de todos modos. El dividendo ya estaba cobrado. La evidencia técnica quedó sepultada bajo la montaña de duda que Bolsonaro había construido metódicamente.

Consideremos ahora el caso de Putin y Bucha. En marzo de 2022, cuando las tropas rusas se retiraron de esa ciudad ucraniana, aparecieron cientos de cadáveres de civiles tirados en las calles. Había evidencia satelital mostrando esos cuerpos antes de que llegara ningún periodista. Había análisis forense completo. Testimonios de sobrevivientes. Fotografías con georreferenciación precisa.

La respuesta del Kremlin fue de una simplicidad brutal: “Son actores. Un montaje de Occidente”.

Y a pesar de toda esa evidencia científica —satelital, forense, testimonial— la negación funcionó. Funcionó perfecto para su audiencia doméstica. El dividendo del mentiroso a escala geopolítica. La verdad quedó neutralizada por la simple acusación de falsificación. Porque no importa cuánta evidencia acumules si tu adversario puede gritar fake a todo y su gente le cree.

Más cerca de nosotros está Javier Milei. El presidente argentino lanza afirmaciones económicas imposibles de verificar en tiempo real. “Evitamos la hiperinflación”. “Salvamos millones del déficit”.

Cuando organismos técnicos independientes —o el mismísimo INDEC— presentan datos que contradicen su narrativa, la respuesta ya la conocemos: manipulación del “establishment”, de la “casta estadística”.

Esa imposibilidad de verificar las cifras macro en el momento exacto le da un espacio perfecto para cobrar su dividendo. Para cuando la evidencia real aparece, el relato ya echó raíces.

Y acá hay algo que vale la pena notar: la corrección técnica que llega tarde nunca alcanza la viralidad del anuncio original. El que mintió primero ya ganó.

En la selva se escuchan gritos: las cámaras de eco

Pero —y acá viene lo inquietante— el fenómeno muta, evoluciona. Ya no se trata solamente de que el culpable niegue la evidencia. Durante el conflicto en Gaza y el actual de Irán, las redes sociales se inundaron de videos falsos diseñados para exacerbar un bando u otro. Algunos francamente absurdos: un supuesto edificio donde Israel “estacionaba” aviones que después son destruidos (¿en serio?), ataques con efectos visuales más propios de videojuegos, bombardeos reciclados de otros conflictos. Pero ojo: el problema no es solo que existan esos materiales falsos. El verdadero problema es el algoritmo.

El algoritmo detecta inmediatamente las preferencias del usuario. Si interactuás con un video pro-israelí, el feed se llena de más contenido pro-israelí. Si te detenés en material pro-palestino, el algoritmo interpreta esa pausa como preferencia y ajusta tu flujo de información en consecuencia.

En ambos casos mezclando material real con material fabricado, sin que puedas distinguirlos en el desplazamiento frenético y adictivo de la pantalla.

El resultado es devastador: cada usuario termina habitando una realidad diferente, irreconciliable con la del vecino que consume el flujo algorítmico contrario.

Aquí el dividendo ya no se cobra: se multiplica. Millones de personas construyen su versión completa de un conflicto geopolítico a partir de una dieta informativa que el algoritmo diseñó específicamente para ellas. Un algoritmo optimizado para retener la atención, no para aproximarse a la verdad. Estas cámaras de eco algorítmicas generan burbujas impermeables. Dentro de cada burbuja, la mentira no necesita convencer. Le basta con llegar primero, generar emoción intensa y viralizarse con velocidad. El algoritmo hace el resto.

¿Y ahora qué? ¿Qué nos queda?

Cuando ese cinismo se vuelve la norma —y ya se está volviendo— los que tienen el poder, político o económico, se benefician como locos. La lógica es simple: si nada es verdad, vale todo. Arendt lo anticipó estudiando el totalitarismo del siglo pasado. Nosotros lo vivimos en primera persona en la era digital.

El desafío que tenemos enfrente —y que vamos a tener por años— no es de tecnología. Es de ética y de política. Recuperar la fuerza social de la verdad no va a venir de algoritmos más sofisticados que detecten fakes. Va a venir de reconstruir la confianza básica que hace posible vivir juntos. De aprender a separar el escepticismo sano del cinismo que te paraliza. De exigirle pruebas a quien denuncia, no solo frases que suenan lindas. De no dejar que esa “distinción sin diferencia” se haga pasar por análisis crítico cuando es justo lo opuesto.

Salle y su hija lucran con su 2.8% de votitos. Bolsonaro ataca instituciones democráticas enteras. Putin niega masacres con las pruebas literalmente sobre la mesa. Milei lanza números que nadie puede verificar en tiempo real. El algoritmo, entre tanto, nos encierra a cada uno en su burbuja hermética. Y mientras todo eso ocurre, el mentiroso cobra su dividendo, todos los meses, como si fuera un sueldo.

Y lo más inquietante es que funciona.

Al final, llega un punto en que nadie sabe qué creer. Verdad y mentira terminan siendo indistinguibles. ¿El resultado? Gana quien mintió desde el arranque. Así de simple. Y ese tipo cobra tranquilo su dividendo.

Y nosotros pagamos. Cada mes. Con nuestra credulidad, con nuestro cinismo, con quedarnos paralizados. Todavía seguimos debatiendo si la factura que nos llegó es real o si es “fake”.

Tags:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *