La firma que fuera coprotagonista, junto con Microsoft, de la película “Los Piratas de Silicon Valley” busca repetir el golazo de media cancha que significó el I-pod, hoy desvirtuado por reproductores chinos de apenas unos 30 dólares los más baratos, pero que tuvo un lapso inexplicablemente largo sin competencia significativa en el mercado. En un “rizar el rizo” del superexplotado mercado de los “gadgets” sale la versión Apple de teléfono multifunción. En efecto, la película muestra bien (desafortunadamente no cubre este siglo) como Steve Jobs (Mac/Apple) vivió a la sombra de Bil Gates (Microsoft) y cómo éste le robara la idea de sistema operativo que luego sería el Windows, el cual luego inspiraría sentidas metáforas como “colgados como dos computadoras” por su fabulosa tendencia a bloquearse y no obedecer, debiéndose reiniciar la máquina para poder trabajar (la versión ’98 se colgó en su lanzamiento). Esto se prolongó, más allá de que un grupo minoritario pero sustentable de usuarios “Mac” permitió sobrevivir a la compañía, hasta el lanzamiento de la revolución del nuevo siglo: el reproductor digital de música portable. El “I-pod” se relanza ahora fusionado con un teléfono celular buscando así reinventar la rueda de estos sofisticados aparatitos que tienen tres características principales: 1) a nadie le importa qué tal sirven para hablar con otros aunque sea la telefonía lo que las empresas cobran mensualmente en sus contratos. 2) la “obsolescencia planificada” introducida por diseño en la ingeniería de los mismos se queda corta ante la velocidad con la que la validez de un modelo caduca en tanto mercncía. 3) Se han convertido en los “bienes posicionales” por excelencia compitiendo incluso con los autos. Pero vayamos por partes.
Hola, te estamos llamando…
Si bien los celulares tienen un costo mensual (por contrato o por pago de tarjetas de prepago) que involucra a su función de teléfonos, recientemente se han incorporado tasas por servicios auxiliares tales como los mensajes de texto, acceso a Internet y el increíblemente recesivo “ptt” (apriete para hablar) que convierte al celular en un “walkie talkie”, algo así como convertir la aspiradora en escoba y pagar por ello… Pero además de los diseños atractivos de sus carcazas, las funciones adicionales endulzan el ojo de los promitentes compradores y estos aparatitos sacan fotos (de baja resolución), filman (entrecortado), son agendas (de baja capacidad de memoria) y reproductores musicales (carísimos comparados con los chinos, y además de baja memoria). El objetivo parece delinearse: dios no permita que uno sólo de estos dispositivos llegue a crear el Frankestein que el neoliberalismo no puede permitirse: un consumidor satisfecho con lo que tiene y que por lo tanto deje de ambicionar imbecilidades que prometen una felicidad que no pueden sustentar, ente otras cosas porque la felicidad no reside en tener un aparatito, y menos en uno que, de romperse o perderse implicaría que su ex – poseedor se quedase sin todas las prestaciones juntas…
Sic transit gloria mundi
Los primeros celulares fueron construidos noblemente, y eran casi indestructibles. Esos no llegaron aquí más que en su versión “ladrillo”, unos teléfonos enormes y carísimos de usar (entre otras cosas porque se cobraban las llamadas salientes y las entrantes) pero fueron rápidamente sustituidos por una generación más abaratada que sin embargo se usaba varios años sin más que un par de cambios de antenas y pilas (además de los “flexos” en las versiones con tapas) que por supuesto eran oportunamente facturadas por las dos empresas que proveían servicios de telefonía en Uruguay. Pero en todo paraíso existe una serpiente y en el cómodo reparto del mercado se entrometió una serpiente que obligó a redistribuir el mercado, junto con importantes bajas en las tarifas y las exigencias por parte de las compañías. Esta baja en la rentabilidad se dio en todo el mundo, obligando a activar la otra fuente de ingresos: la rotación de equipos. El leviatán publicitario bufó, arrancó y hoy somos bombardeados por piezas que nos intentan convencer de cambiar esa porquería que fue la última novedad de hace seis meses, que no se ha roto, que sigue sacando sus pésimas fotos o que reproduce música al costo de dejarme sin batería a mediodía y lejos de cualquier enchufe cercano, pero que por alguna razón metafísica no puede proveer el paraíso prometido por ese otro que saca las mismas fotos horribles pero que no reproduce música sino que digitaliza las tarjetas de visita de mis clientes (¿?)… ¿hablar? Sí, también, pero ya dijimos que eso no importa…
Tengo, luego existo
El problema reside en que la verdadera función de estos aparatitos tiene menos que ver con sus prestaciones y más con, al decir de Serrat, lo bochornoso que resulta verles fanfarronear a ver quién es el que la tiene más grande…
Así, tener el último celular se ha vuelto, en una sociedad dominada en su comportamiento por una estética del consumo que ha suplido a la ética del trabajo. De la misma manera en que la generación de nuestros abuelos obtenía el reconocimiento social por su trabajo y de éste sacaban orgullo, hoy este reconocimiento sin el que no se puede vivir proviene de tener plasma, dvd y por supuesto, el último celular.
Una necesaria salvedad debe hacerse aquí, ya que si bien los pobres sufren el mismo bombardeo publicitario que les genera idénticas necesidades que la resto de los burgueses, éstos deberán atenerse a sus necesidades de pobre y seguir comprando alpargatas, fideos y polenta. ¡¡Dios nos libre del día en que un pobre aspire a ser reconocido por la sociedad en la que vive y que niega su existencia y por intentarlo se gaste la plata (que le pertenece) obtenida del plan de emergencia!!
Por suerte el sacrosanto mercado, el que todo lo regula y lo puede y al que no se le deben imponer restricciones so pena de provocar el Apocalipsis ya tiene previsto que el celular que se compren hoy ya no le sirva para nada en apenas seis meses…duerma tapado que los sacrosantos derechos de la burguesía no corren peligro.
Bernardo Borkenztain